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Drogarnos para ganar la puta guerra: historia del dopaje bélico

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Un viaje por las drogas a través de su íntima relación con las guerras

Ignacio Pato

26 Abril 2016 06:00

Matar no está en la naturaleza humana. La guerra no es una necesidad biológica.

Si seguimos estas tesis, defendidas por especialistas como la antropóloga Margaret Mead, la ensayista social Barbara Ehrenreich o a David Grossman, exteniente coronel del ejército estadounidense y ensayista sobre la psicología de matar, llegamos a esta pregunta:

Además del propio instinto de conservación en combate y del castigo a la deserción, ¿cómo se las han arreglado entonces los estados para normalizar nuestra capacidad de matar a otros seres humanos?


La respuesta está en las drogas. Es lo que sostiene Lukasz Kamienski, profesor de Política Internacional en la Universidad de Cracovia (Polonia), en su documentada historia sobre el doping bélico en el libro Shooting Up (Oxford University Press).

Kamienski divide el uso de las sustancias entre las que son administradas directamente por los ejércitos a sus soldados, las que estos mismos se autoprescriben y las utilizadas como arma psicoquímica sin autorización del administrado.

Siempre con un doble objetivo, normalmente combinado. Por un lado, aumentar el rendimiento en el campo de batalla, y por otro, escapar del horror que conlleva la omnipresencia de la muerte.

En cada conflicto armado, el guerrero se ha construido farmacológicamente, pero cada droga, de la rama depresora, estimulante o alucinógena, ha tenido su momento y sus razones.


ALCOHOL, LUBRICANTE ORIGINAL DE BATALLA

Si bien es un depresor, el alcohol en cantidades moderadas puede ayudar al soldado a recuperar fortaleza mental, autoconfianza y reducir el estrés del combate, por no mencionar su capacidad calórica como alimento fisiológico.

El alcohol era el lubricante de batalla de los héroes griegos, según recoge en su libro Kamienski. Para el imperio romano, también resultaba mucho menos arriesgado regar a las tropas con vino que con agua de dudosa procedencia. El ron en el imperio británico o el vodka en el ruso son ejemplos relativamente recientes del uso de la sustancia dopante más antigua de la guerra.

Sigue siendo usada hoy: en EEUU el número de soldados que han estado en Iraq o Afganistán tratados por alcoholismo se ha redoblado, según datos de Kamienski, en la primera década del siglo XXI.


OPIO, EL BÁLSAMO MÁGICO

Mezclado con vino y miel, no solo servía para hacer rendir mejor a los atletas de las Olimpiadas originales. El opio disuelto en alcohol —láudano—, aparece en los poemas homéricos. Así cura Telémaco sus heridas en un pasaje de La Odisea, por ejemplo.

El opio reaparecería con inusitada fuerza siglos después, desencadenado su propio conflicto armado. Las guerras del opio, entre 1839 y 1860, ganadas por el imperio británico y francés al chino supusieron apertura comercial de este potente narcótico extraído de la planta de adormidera.

El emperador chino perseguía su prohibición, pero paradójicamente sus soldados eran en gran medida adictos al opio. Les servía para olvidar el hambre, el frío y bloquearles emocionalmente.



HACHÍS, EL SUSTITUTO NAPOLEÓNICO DEL ALCOHOL

Cuando en 1798 el ejército napoléonico llegó a Egipto conoció dos noticias, una buena y una mala. La mala, que después de que se le diera a cada soldado 700 ml de vino al día en la expedición, resultó que en Egipto el alcohol estaba prohibido. La buena para ellos se llamaba hachís.

La resina de la planta Cannabis sativa fue rápidamente adoptada como calmante castrense, con la consiguiente preocupación de los generales. "Leones convertidos en escarabajos", como apunta una de las fuentes de la época. Cuando Napoléon lo prohibió, sus soldados ya habían introducido el hábito y la mercancía en Francia.

Fue también Francia, a través de la colonización de Argelia completada en 1847, quien acabó introduciendo la ruta magrebí del hachís hacia Europa por la vía militar.



DE LA COCA A LA COCAÍNA, UN ESTÍMULO PARA LA VICTORIA

En 1499 Américo Vespucio, y desde lo que hoy es Venezuela, había descrito así a los indígenas en su diario "Son muy brutos y tienen en la boca hojas verdes que continuamente mascan como bestias". Occidente acababa de descubrir la coca. Pruebas arqueológicas sitúan el uso de esta planta tan lejos como 6000 años de Cristo en la zona.

Los españoles propagaron su uso como estimulante de la mano de obra nativa, pero según Kamienski la coca no le faltaba a los guerreros incas. De hecho, reporta una anécdota de la época que habla por sí sola: en 1781 el líder indígena Tupac Katari tuvo que hacer frente a una rebelión interna de soldados en Bolivia. No iban a seguir luchando si no se les proveía de más hojas de coca.

Albert Niemann aisló por primera vez el alcaloide de la coca para producir cocaína en 1859. Sin embargo, no sería hasta finales de siglo, coincidiendo con el revival olímpico ateniense, donde también fue usada como primera sustancia dopante, que la cocaína hizo acto de presencia en los ejércitos occidentales.

Cuando la I Guerra Mundial estalló, Merck, la empresa alemana que lideraba su mercado, producía 9000 kilos de cocaína al año. Siendo aun legal, fue ampliamente usada en el frente occidental de la guerra.

Fue especialmente popular era entre pilotos e infantería alemana y francesa, "para eliminar la sensación de riesgo", según Kamienski, que se hace eco también de la posibilidad de que tabletas de esta droga fueran disueltas en las dosis de ron de los soldados sin conocimiento de estos.



ANFETAMINAS, CONQUISTAR EL MUNDO A BASE DE SPEED

Las autoridades acabaron abalanzándose legalmente sobre la cocaína, pero las siguientes guerras estarían dominadas por otro estimulante: las anfetaminas.

Con la capacidad de concentración mejorada, la fatiga eliminada del organismo y la dopamina a tope fue que los nazis fueron pioneros en usar speed a nivel colectivo y militar.

Conocida es la dieta de estimulantes y depresores que llevaba Adolf Hitler durante la II Guerra Mundial, pero no tanto que el Pervitin fue el combustible adicional de la Wehrmacht hasta el punto de que esta metanfetamina era conocida como "las pastillas de Herman Göring" en honor al presidente nazi del Reichstag.

Este precedente del cristal fue usado ampliamente por soldados nazis en las invasiones de Checoslovaquia, Polonia, Bélgica, Holanda y Francia. Existen incluso cartas de soldados a sus familiares pidiéndoles más Pervitin.

Los alemanes no fueron los únicos en combatir la contienda mundial puestos de speed. Británicos, americanos y japoneses, especialmente los pilotos, usaban tabletas de benzedrinas o Totsugeki-Jo. Por su parte, el Ejército Rojo soviético no era muy dado al uso de estupefacientes diferentes al vodka, excepción hecha de las ocasiones en las que lo mezclaban con cocaína.



ALUCINÓGENOS, SETAS VIKINGAS Y ÁCIDO PARA CONTROLAR MENTES

Si hablamos de alucinógenos, Kamienski mantiene, apoyándose en bibliografía desde finales del siglo XVIII, que los guerreros vikingos berserks luchaban bajo los efectos del hongo Amanita Muscaria.

Teóricos toxicológicos han manifestado también su hipótesis de que los vikingos usaran sustancias de la familia de la planta Solanaceae. Algunos de sus alcaloides, como la escopolamina o la atropina pueden ser responsables de delirios o psicosis que contribuyesen a su leyenda de ferocidad.

En la Guerra Fría, los ejércitos usaron LSD. EEUU y la URSS se miraban con recelo y buscaban una supremacía militar en la que el control mental, intuían, jugaría un papel fundamental. Según periodistas como Hank Albarelli, la CIA habría drogado contra su voluntad a casi 6.000 personas entre 1953 y 1965.

El bloque socialista también lo intentó. En 1970, cuenta Kamienski, oficiales del ejército checoslovaco fueron incapaces, bajo efectos del ácido, de cumplir las órdenes asignadas.

Tanto el LSD como la mescalina, un alcaloide del peyote, fueron usados con prisioneros, sin éxito, como parte de la búsqueda por encontrar la "droga de la verdad" que les hiciera confesar.



VIETNAM, UNA GRAN FARMACIA EN GUERRA

La de Vietnam (1955-1975) es la gran guerra farmacológica. Según el Departamento de Defensa, en 1971 el 51% de los soldados fumaban marihuana, el 28% consumían heroína y un 31% sustancias psicodélicas.

Si hablamos de las sustancias suministradas por el ejército, tenemos las anfetaminas, que seguían consumiéndose "como caramelos", según un veterano citado por Kamienski. Se incorporaron también neurolépticos antipsicóticos como las fenotiazinas.

El grueso del consumo, sin embargo, procedía de la autoprescripción de los soldados. Alcohol, marihuana, opio, heroína, LSD o anfetaminas como el Ritalin estaban a la orden del día en la trinchera estadounidense.

En 1973 el Pentágono confirmó que un tercio de sus soldados habían usado en alguna ocasión heroína en Vietnam. Un 20% eran adictos.



HOY, CAPTAGON Y WILD TIGER

Vietnam fue la última guerra moderna. La posmodernidad no solo ha traído nuevas maneras de hacer la guerra —tecnificadas, distantes, individualizadas— sino también nuevas sustancias.

Kamienski habla del Captagon, las pastillas estimulantes de fenitilina presuntamente usadas por yihadistas de Daesh. Redobla la energía, suprime el sueño y difumina la sensación de peligro.

La presencia estadounidense en Iraq está marcada por el uso de estimulantes como dexedrinas o modafinilo, pero también de bebidas energéticas que el ensayo de Kamienski no alcanza a reseñar, como la famosa Wild Tiger, descrita por el veterano en Iraq y Afganistán Adam Linehan como cocaína líquida.

Exsoldados y consumidores han escrito de ella en su punto de venta en Amazon con palabras como "es el poder de dios", el "sabor de la libertad" o, nada más y nada menos, "Wild Tiger me salvó la vida".

Porque al final todo va de eso, de salvar el pellejo.


Inter arma silent leges (Plutarco)



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