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Por qué quedarte en la cama sin hacer nada puede mejorar tus relaciones

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Virus publica El derecho a la pereza de Paul Lafargue, un clásico de la literatura subversiva del que podemos rescatar ideas valiosas para nuestro tiempo

Ignacio Pato

16 Abril 2016 12:22

Fotografía de Yulia Spiridonova

I. JORNADA LABORAL DE 3 HORAS

¿Qué pasaría si nuestra jornada laboral durase 3 horas?

Seguramente, el primer pensamiento que les sobrevenga a muchos sea ¡¿y qué voy a hacer con tanto tiempo libre?!

Hasta tal punto está la cultura laboral inoculada en nuestras almas.



En 1880, Paul Lafargue publicaba El derecho a la pereza, un clásico que reedita ahora la editorial Virus.

Trabajar 3 horas y "holgazanear y gozar el resto del día y la noche" es una de las propuestas del activista y pensador marxista.

Lafargue culpa a la sobreproducción capitalista de la miseria. Una sobreproducción que es fruto a su vez de la "pasión de los obreros por el trabajo". Estos habrían aceptado así "el dogma del trabajo", una imposición capitalista que actualizada a nuestros días podría encontrar acomodo en la expresión "el trabajo es un chantaje social para la existencia".

El francés nos estaba hablando desde finales del XIX de modernas burbujas que todos conocemos, desde la de la vivienda a la del entretenimiento pasando por, sí, la del periodismo viral.



II. NO ME APETECE

¿Qué papel juega la pereza en todo esto? Ya llegamos a eso. Porque Lafargue toma la máquina del tiempo para hablar desde 1880 y sonar alto y claro en 2016: el paro tiene la culpa.

Si hubiera desempleo cero, "los obreros no tendrán ya celos entre sí, ni se pelearán por arrancarse el trabajo de las manos y el pan de la boca. Así, descansados de cuerpo y espíritu, empezarían a practicar las virtudes de la pereza".



En efecto, trabajar menos para trabajar todos sería el pasaporte a una vida mejor. Al bálsamo de la pereza. Al fin y al cabo, ¿hay alguien más perezoso que el presunto creador de todo esto? Jehová dio el ejemplo ideal de pereza: seis días de trabajo y reposo por los siglos de los siglos.

Porque si hay algo impensable hoy en cualquier fábrica, oficina o cocina de restaurante es alabar la pereza. Basta imaginarse a un trabajador llegando a su lugar de trabajo gritando ¡PREFERIRÍA ESTAR, Y QUIZÁ EN ROPA INTERIOR, EN UN LUGAR QUE YO HAYA ELEGIDO LIBREMENTE!

Más bien al revés, las frases que han hecho fortuna en torno a ese momento son un jocoso 'hay que levantar el país', un protocolario 'después de tantas vacaciones ya os echaba de menos, compañeros' o un pretendidamente vitalista '¡manos a la obra!'.

La pereza esconde una verdad que, por mágica, es también incómoda. Y aquí ya no solo hablaríamos, con permiso de Lafargue, de trabajo.

Cuando no nos apetece 100% ir a una comida familiar, o al cumpleaños de un amigo, o ducharnos, rápidamente bloqueamos la pereza.



'¡VAMOS, LEVANTA DEL SOFÁ, QUE LLEVAS TODO EL DÍA SIN HACER NADA!'. Frases como esa tienen el don de sonar en nuestros oídos sin que nadie las pronuncie. Reprimimos nuestra pereza por pura culpa anticipada.

Llevamos tatuado en el cerebro que no hay que ser perezosos, que si alguien nos pregunta '¿qué hiciste ayer?' no podemos responder 'nada que no me apeteciese hacer'.



III. UNA OFICINA EN TU CAMA

Lafargue decía que cuanto más trabajo, menos vida. Es cierto que no tenemos a mano una ouija para preguntarle cómo subsistiría hoy en día un trabajador que cambiase la alienación de su trabajo por la pasión de una vida 100% elegida.

Sin embargo, es fácil conectar su frontal crítica al trabajo con la defensa de la pereza. La censura social de la pereza y la vida de 2016, regida por los horarios laborales, a menudo extendidos más allá de lo razonable, y de lo sano, se complementan a la perfección.

El sociólogo César Rendueles nos decía hace poco que "cuando en una entrevista de trabajo te preguntan por tu vida personal es para asegurarse de que va a quedar aparcada cada mañana junto a la máquina de fichar. La cosa es aún peor en las llamadas profesiones creativas, donde se supone que vas a dejar que el trabajo colonice tu vida personal".



Soñar cada noche con aspectos relacionados con tu trabajo o despertarte los fines de semana a la misma hora en que tu despertador suena de lunes a viernes, por no hablar del constante estímulo de notificaciones en el móvil a deshoras relacionadas con tu actividad laboral, son ejemplos de conquista fisiológica totalmente asumida.

Pero que nuestra cama sea una prolongación de nuestra oficina no suele parecer tan terrible de justificar como pasarnos 5 horas tumbados en ella, por ejemplo leyendo. Simplemente porque nos apetecía.



IV. MÁS PEREZOSOS, ¿MEJORES PERSONAS?

Basta sacar a colación el argumento de la renta básica universal en cualquier foro virtual, tratar de defender una de las estrategias que nos permitiría reevaluar nuestros intereses laborales, generando espacio para los intereses personales, permitiéndonos trabajar menos y mejor, para tener reacciones del tipo: ¡EL MUNDO SERÍA ENTONCES UNA POCILGA LLENA DE VAGOS, EGOÍSTAS E INMADUROS! 

Mmmm... ¿Y si la cultura de la no pereza, en combinación con kilométricas jornadas laborales, deficiente conciliación con la vida familiar, tenso presencialismo en centros de trabajo en la era de internet y una larga y amenazante cola de aspirantes a tu puesto de trabajo contribuye a hacernos personas más aisladas y temerosas de perder lo que para Lafargue solo era el privilegio de ser explotado?

¿En qué momento la madurez y la responsabilidad se comenzó a calibrar con la cantidad de obligaciones y cargas laborales que pesan en nuestros hombros?

¿Y si pequeñas y cotidianas renuncias "por pura pereza" contribuyesen a acumular un tiempo de calidad que dedicaríamos a nosotros mismos, pero también a nuestros familiares, amistades y compañeros?

Entonces, ¿no nos haría la despenalización moral de la pereza personas mejor preparadas para encarar relaciones afectivas y sociales?


No disfrutamos en el paro, ni disfrutamos trabajando (Evaristo Páramos)



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