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David Byrne advierte: las desigualdades económicas han matado la creatividad de Nueva York

“Si la ciudad sigue en esta dirección, me marcho”, escribe el ex-Talking Heads

No hay peor enemigo para el aspirante a artista que un alquiler elevado. A lo largo de las últimas décadas, Nueva York se ha saneado, gentrificado y ha disminuido drásticamente la peligrosidad de sus calles. Es un lugar más agradable para vivir pero, en contrapartida, la élites se han apropiado del pulso creativo de la ciudad a base de fortificar ciertas áreas con precios fuera del alcance de la mayoría. Si en Barcelona las calles se han convertido en un parque temático pensado exclusivamente para los turistas, en Nueva York el talento y el pulso creativo ha quedado reprimido y sometido al dictado de los poderosos. Al menos, así lo cree David Byrne.

El ex Talking Heads ha publicado un artículo de opinión en Creative Time Reports y The Guardian en el que analiza los cambios que han afectado a Nueva York en los últimos años. Según Byrne, el 1% más rico de la población ha aplastado la energía creativa de la ciudad. El artista rememora el espíritu que en los años setenta sirvió de caldo de cultivo para el nacimiento de Talking Heads y cómo esa escena hubiera sido imposible con los precios actuales. En su opinión, si “jóvenes talentos emergentes de todo tipo no logran asentarse en la ciudad, la ciudad será un lugar más cercano a Hong Kong o Abu Dhabi que el espacio fértil que históricamente ha sido”. “Esos sitios quizá tienen museos, pero no tienen cultura. Ugh. Si Nueva York sigue en esta dirección, me marcho”, añade.

Describiendo la fisonomía actual de la ciudad, Byrne escribe:

"La ciudad es un cuerpo y una mente, una estructura física, así como un deposito de ideas e información. El conocimiento y la creatividad son recursos. Si las partes físicas (y financieras) funcionan, el flujo de ideas, creatividad e información es más fácil. La ciudad es una fuente que nunca cesa: genera energía de las interacciones humanas que tienen lugar en ella. Desafortunadamente, estamos llegando a un punto en el que muchos ciudadanos de Nueva York han sido excluidos de esta ecuación durante demasiado tiempo. La parte física de nuestra ciudad -el cuerpo- ha sido mejorada de manera considerable. Estoy totalmente a favor de los carriles bici y del programa para compartir bici, las nuevas plazas públicas, los parques frente al agua y el eficiente sistema de transporte público. Pero la parte cultural –la mente- ha sido usurpada por el 1% en la cima".

Sobre cómo la predominancia del sector financiero ha afectado a la actividad artística:

"La ciudad ya no crea cosas. La creatividad, de cualquier tipo, es un recurso al que debemos agarrarnos, ya sea como ciudad o como país, para poder sobrevivir. En el pasado reciente, antes del crash de 2008, los mejores y más brillantes se sentían atraídos por el mundo financiero. Muchos chicos brillantes que se graduaban en la universidad sabían que podían hacerse ricos casi instantáneamente si encontraban un empleo en un hedge fund o una institución similar. Antes, en una situación en la que el sector financiero no dominara el mundo, quizá habrían creado cosas: en edición, fabricación, televisión, moda, lo que quieras. Tal y como ocurrió en muchos otros países, el cebo del dinero fácil se llevó a ese talento e inteligencia, haciendo muy complicado que otros tipos de negocios pudieran acceder a los mejores talentos".

"Se estableció la cultura de la arrogancia y el orgullo, en la que el ganador se lo llevaba todo. Ya no era cool ser pobre o pasar dificultades. El abusón era celebrado y vitoreado. La fuente de talento se convirtió en un recurso limitado para cualquier industria, menos para Wall Street. No estoy hablando de artistas, escritores, directores de cine o músicos -su trayectoria no pasaba por Wall Street-, sino de negocios que podrían haber empleado a gente creativa y que tenían dificultades para sobrevivir. Naturalmente, los perfiles artísticos también tenían problemas para encontrar trabajo... A diferencia de Islandia, donde el gobierno deja caer a los bancos con comportamientos reprobables y donde los chicos con talento están menos interesados en formar parte del pozo financiero, en Nueva York no ha habido ninguna reprimenda publica a la cultura que nos llevó a la crisis financiera".

Finalmente, Byrne cree que la ciudad aún está a tiempo de salvaguardar su espíritu artístico:

"¿Puede Nueva York cambiar su trayectoria, volverse más inclusiva y financieramente equitativa? ¿Es eso posible? Creo que sí. Sigue siendo el lugar más estimulante y excitante para vivir y trabajar en el mundo, pero está en peligro de dejar atrás sus mayores fortalezas. Las mejoras físicas están ocurriendo, a pesar de que muchas de las infraestructuras aún deben arreglarse. Si la situación social y económica puede solucionarse, estaremos a medio camino. Podría haber un modelo para crear una ciudad grande, económicamente sostenible y creativamente enérgica. Quiero vivir en esa ciudad".

Aunque se trate de reflexiones directamente ligadas a las particularidades de la ciudad de Nueva York, no cuesta ver que muchas otras grandes ciudades del mundo, otrora epicentros en materia de creación y producción cultural, adolecen de males parecidos. Londres, Berlín, París, Madrid o Barcelona deberían hacerse las preguntas que plantea Byrne, si no quiere acabar convertidas en ciudades " quizá tienen museos, pero no tienen cultura". En nuestras manos está empujar en el sentido adecuado.

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