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Cuerpos desnudos, rostros ausentes: relato de una juventud incómoda

La fotógrafa Evelyn Bencicova crea bodegones de cuerpos que invitan a reflexionar sobre distintos aspectos de nuestra vida social

Ecce Homo, he aquí el hombre. Esas fueron las palabras que pronunció Poncio Pilato al presentar a Jesús de Nazaret ante la muchedumbre hostil que debía decidir sobre su destino. Y la muchedumbre habló: a la cruz con él. Cientos de años después, en el prólogo de su obra Ecce Homo. Cómo se llega a ser lo que se es, Nietzsche afirmaba que un hombre de conocimiento debe ser capaz no sólo de amar a sus enemigos, sino también de odiar a sus amigos. Tanto la escena bíblica como la cita del filósofo aluden a las dinámicas y las tensiones violentas que se dan en la relación entre la persona y el grupo, entre el individuo y la sociedad que habita, y esas parecen ser también las ideas de fondo que explora la fotógrafa de origen polaco Evelyn Bencicova en su serie Ecce Homo.

Bencicova retrata a hombres y mujeres que se nos presentan privados de su identidad; cuerpos sin rostro que aparecen dispuestos en espacios que aluden a situaciones comunes en el desarrollo social de cualquiera. Vemos estancias que parecen aulas, gimnasios, consultas médicas, piscinas, dormitorios compartidos, juzgados... A veces esos cuerpos-objeto aparecen esculpidos en formas simétricas que transmiten la idea de una armonía compleja; otras veces se nos muestran simplemente amontonados, como si hubieran sido olvidados, o incluso sacrificados... ¿en aras del orden social?

Vemos escenas que parecen aludir a situaciones de esfuerzo, de competencia dentro de un grupo, que dejan los cuerpos exhaustos. Otras, sin embargo, nos hablan de la necesidad de encajar, como piezas de un gran puzle inanimado, desprovisto de alma. Son reflejos de una juventud dura e incómoda, que todos conocemos. Guiños a una sociedad rectora que tiende a anular el color del individuo, que nos convierte en números, en carne para la máquina. Y al final acabamos tragando. No vaya a ser que, por el simple hecho de ser o pensar demasiado diferente, la muchedumbre venga a crucificarnos.

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