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Confesiones de un 'Drone Warrior'

O cómo pilotar drones y aniquilar humanos a distancia puede convertirte en un personaje de ficción

En “El Juego de Ender”, una de las grandes obras de la ciencia ficción contemporánea (de la que está a punto de estrenarse una adaptación cinematográfica) escrita por Orson Scott Card, seguíamos la historia de un chavalín -el Ender del título- al que se entrenaba en una serie de simuladores de guerra para combatir a los Insectores, una raza alienígena que, supuestamente, amenazaba la Tierra. La sorpresa (y la tragedia) venía cuando Ender descubría que en realidad ese planeta que había reventado con un megarrayo láser no era una simulación sino el verdadero hogar de los Insectores, a los que había exterminado sin compasión desde detrás de una mesa de controles, como quien juega a la Playstation.

El ex-piloto de drones Brandon Bryant, 27 años, conoce bien esa novela. O mejor dicho, conoce bien, y de primera mano, una historia muy cercana a la que ahí se narra. Como persona que pasó seis años delante de una pantalla comandando máquinas voladoras mortales, Bryant ha vivido en sus carnes lo que esa novela en el fondo relata: la alienación y el absurdo, la tecnificación del dolor, lo abstracto de la noción de enemigo, la rutina de la administración de muerte, la culpa, las pesadillas, la búsqueda de redención. Él es un ' drone warrior', y sus revelaciones han servido de materia prima para un un amplio artículo de Matthew Power para la revista GQ.

Bryant también conoce bien la obra de Card porque durante las largas horas que pasaba junto a su pareja de vuelo (los drones se pilotan entre dos, uno que se encarga del vuelo, el otro que se encarga de la vigilancia, de señalar los objetivos y apuntar, el ojo del depredador: éste era el papel de Bryant) se dedicaba a otras tareas para no aburrirse, ya fuera echar pequeñas siestas, picar snacks o leer novelas. Cayó la de Card, claro, pero también leyó a Asimov, padre de las leyes de la robótica, una de las cuales afirmaba que un robot nunca podrá herir a un humano. La duda llega cuando este robot está efectivamente comandado por uno de esos humanos. ¿Qué pasa entonces?

Bryant, como tantos otros, se alistó en las Fuerzas Armadas un poco por desidia, un poco por la paga (venía de una familia humilde de un pueblo perdido llamado Missoula, pura decadencia faulkneriana, y sus expectativas de vida no eran muy halagüeñas), un poco por convencimiento de las bondades de su ejército y su labor. Puntuó bien en las pruebas de aptitud y pronto fue asignado a un equipo de pilotos que operaban desde el desierto de Nevada, haciendo volar drones por los cielos de Irak y Afganistan.

Su primer disparo llegó poco después, recién cumplidos los 21 años. El año era 2006. Para entonces ya pasaba seis días a la semana, doce horas al día en su cubículo estanco, junto a su compañero, dentro de una gran caja de metal sin ventanas donde los pilotos podían incluso contar los pedos de sus compañeros (muchas veces lo hacían por matar el tiempo). Formaban parte del equipo que estaba llevando a cabo los primeros ensayos experimentales con drones a control remoto, una tecnología por entonces en ciernes, que hoy juega un papel clave en la política militar exterior norteamericana. Los drones llevan años surcando los cielos de Pakistán, Yemen o Somalia, llevando a cabo guerras secretas en las que los servicios de inteligencia están igualmente implicados.

En principio, y aunque tras ese primer disparo (pronto llegarían muchos más) sintió extrañeza y desazón, había una gran distancia entre su experiencia cotidiana y las consecuencias de sus actividades, a muchos miles de kilómetros de su asiento. Sentados ante siete pantallas, todo era performance y teatro. Enfundados en sus monos de vuelo, a pesar de que nunca fueran a sentarse en la cabina real de un avión real, escrutaban pantallas de infrarrojos en un loop de observación constante que adormecía su percepción. La sensación era de una constante duermevela, un sueño en el que nada acaba de ser real, como la sensación de estar en el cine.

Cuando algo malo pasaba, cuando había que disparar contra objetivos que nadie estaba seguro de haber identificado correctamente, o cuando había bajas amigas, nadie hablaba de ello. “Simplemente te vas a casa. Nadie hablaba de cómo se sentía después de nada. Había un acuerdo tácito sobre no hablar de tus sentimientos.”, relata Bryant. Al fin y al cabo lo negativo era algo que ocurría dentro de una pantalla. Todo ahí se percibe como una representación. Como le dijeron en tono jocoso al joven Brandon cuando recién se integraba en el equipo de Inteligencia, ellos, chicos listos, serían “como esos tipos que le dan a James Bond toda la información que necesita para llevar a cabo la misión”. Cine de espías representado en el guapo James Bond, ese espía que nunca muere, la representación del glamour con pistola, del matar sin despeinarse y llevándose a la chica. No podían haber recurrido a un referente más apropiado.

Pero poco a poco la coraza, el “modo zombie” que la distancia había acabado de activar en su mente, empezó a dar muestras de flaqueza. Las preguntas empezaron a emerger mientras las bajas difusas y nunca suficientemente explicadas se acumulaban. La evolución clásica desde el pensar “estoy haciéndome cargo de los tipos malos” al “¿cómo me sentiría yo bajo la sombra de un ojo robótico 24 horas al día?”. De alguna manera, Bryant consiguió aislar esas preguntas durante seis años, hacer su trabajo y vivir, según sus palabras en un “estado mental de fuga”. Hasta que el velo de la irrealidad se rasgó y no pudo más.

La performance de su retirada también siguió la lógica del espectáculo tecnificado, del videojuego. Cuando presentó su dimisión (negándose a recibir un jugoso bonus económico por continuar) le dieron una lista con sus logros, muy similar al resumen en el que, tras terminar un nivel de un videojuego bélico, se te informa de tu puntería, tus capturas, tus pérdidas, los objetivos conseguidos, las bajas causadas. En el caso de Bryant, la cifra era abrumadora: 1.626 enemigos muertos en acción. Tras seis años encerrado en sucesivas instalaciones aquel era su historial, su legado. Bryant terminó con una terrible sensación de vacío y una depresión severa que lo llevó a dar tumbos por su ciudad natal, beberse todos sus ahorros y considerar incluso el suicidio.

Su caso no es el único. Recientes estudios demuestran que en los pilotos de drone, los niveles de alcoholismo, depresión o suicidio, derivados del estrés post-traumático de sus acciones en “combate” son prácticamente iguales que los de sus compañeros pilotos que han entrado en acción sobre el terreno. En el caso de Bryant, gran parte de esta sensación de tremenda culpa no provenía del uso en sí del drone, que el soldado considera útil para algunas tareas (vigilancia, extinción de incendios), sino del “quién los usa, y para qué fines”. Fines que no siempre estaban claros. “Tiene que haber transparencia. La gente tiene que saber que están siendo usados y cómo para que el uso sea responsable”.

No parece ser esa, sin embargo, la intención de la administración Obama, que mantiene los ataques sobre Pakistán, Yemen y Afaganistán, mientras sigue alimentando una industria que tiene una previsión de crecimiento de 82.000 millones de dólares en los próximos diez años. Ni parecen ser los drones ni el bienestar de sus controladores un asunto que preocupe en exceso a la población estadounidense, la cual se muestra en un 61% a favor de su uso, que consideran adecuado como manera de no poner vidas de soldados en peligro.

Como de costumbre, poco importan las secuelas de sus veteranos de guerra. Y, por supuesto, poco importan aquellos que quedan más allá de la pantalla de sus iPads. Han pasado ya demasiados años desde la primera guerra televisada de la Historia (la del Golfo, espectáculo del bueno) como para que algo al otro lado pueda siquiera hacer mella en el entendimiento, más allá del puro infotaiment.

Brandon Bryant parece tenerlo claro ahora, después de su calvario particular. Él ya se cansó de ser un espectro digital. Pasó por lo más oscuro de una depresión terrible y se dio cuenta de que necesitaba explicar lo que vivió, lo que muchos como él vivieron y viven. Demostrarse a sí mismo que no es un robot, que no vive en una abstracción, y que las mismas manos que pudieron apretar botones para acabar con la vida de más de 1600 personas, pueden ahora servir para ayudar, para salvar. Él, el espectro, el ojo en el cielo. Alguien que fue pantalla y que quiere volver a ser ojos, a mirar a los otros a la cara. Cueste eso lo que cueste en una época distópica como la nuestra.

Puedes leer el revelar artículo de Matthew Power siguiendo este link.

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