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Colmillos, sangre y tetas todo el rato: ¿por qué nos gusta tanto la peor serie del mundo?

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True Blood ha vuelto y sigue siendo la reina de las series basurillas pero, ¿quién no quiere un poco de fast food de vez en cuando?

Luna Miguel

02 Julio 2014 18:22

Parece que la HBO tuviera una batalla interna para ver cuál de las dos rubias más bajitas de nuestras pantallas ganaría en un combate de desnudos. ¿Daenerys Targaryen o Sookie Stackhouse? Si contáramos los minutos de metraje en los que cualquiera de las dos aparece mostrando glúteo, podríamos pasar toda la tarde sin movernos de la pantalla. En cualquier caso, ellas nos son las únicas que se desnudan ante la cámara, pues las dos series que protagonizan son un festival de carne, sangre y sexo.

De hecho, en los dos primeros capítulos de la séptima temporada de True Blood que se acaba de estrenar, encontramos escenas de fornicio hasta el aburrimiento. Desde esos polvos de reconciliación que parecen ser los únicos que reconforten a la pobre Sookie, hasta esa maravillosa apertura del segundo episodio, en el que una escena picante entre Eric y Jason ha puesto los pelos de punta a los espectadores e incluso, según conocemos por BuzzFeed, ha provocado que Luke Grimes, uno de los últimos actores en incorporarse, abandonara el reparto por no querer “interpretar escenas gays”.

True Blood

Parece que Grimes no tuviera ni idea de dónde se había metido, porque lo único cierto de True Blood es que aquí todos se besan y se rozan con todos, e incluso los que parecían más mojigatos acaban entrando en ese torrente de sensualidad creciente con la que los vampiros arrollan a los humanos durante cada capítulo. Colmillos con mortales, hombres lobo con telépatas, tías que se convierten en caballo con tíos que se convierten en perro, y hadas del bosque con malvados vampiros otra vez. Después de tanta curiosa mezcla, ¿cómo pueden escandalizarnos unos simples besuqueos entre los actores más fornidos de la serie?

Más allá de la pornografía, lo que engancha de True Blood es el horror vacui de sus escenarios y de sus tramas. Da la impresión de que desde el primer capítulo hasta el último hubiera ocurrido de todo. Religión, política, intrigas amorosas, crítica a la sociedad americana actual, pobres lecciones de historia con los flashbacks de las vidas de los viejos vampiros, un poco de ciencia ficción y, sobre todo, malos efectos especiales de esos que hacen la televisión un poco más humana.

Cuando se habla de True Blood, los fieles seguidores de la HBO se echan las manos a la cabeza. Con series tan exquisitas como las que suelen entregarnos, esta se encuentra un poco alejada de la sofisticación y de la grandeza de las producciones que les caracterizan. Quizá ahí resida la gracia: todo canal necesita su sucio pero sabroso culebrón para llegar a otros públicos y alcanzar cuotas insospechadas.

El final de la serie ha entristecido a sus seguidores, la mayoría de ellos jóvenes que llevan siete años enamorados de los pectorales de estos vampiros tan distintos a aquellos que Crepúsculo nos entregaba en el cine. Cuando Sookie y los suyos nos dejen solos, quizá porque todos habrán muerto en un ataque zombie (sí, ahora también hay zombies), o quizá porque juntos habrán vencido a la Hepatitis V y acabarán felizmente emparejados cada uno en su casita de Bon Temps; dejarán un enorme vacío en el corazón de todos los que buscamos descansar el cerebro con el equivalente a la comida basura del mundo de las series.

Ni todo van a ser emociones fuertes a lo Breaking Bad, ni complicadas y lentas tramas a lo Mad Men, ni críticas sociales a lo Orange is The New Black, ni mucho menos brevísimas píldoras de risa a lo Bob’s Burger. Necesitamos series malas, y las reclamamos con urgencia. ¿Cuál será la que sustituya con sexo, sangre y tetas todo el rato a esta que durante tanto tiempo nos ha enganchado? Si existe, que la estrenen ya.

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