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Una ciudad privada para que dé comienzo el apartheid climático

La distopía urbana definitiva se está construyendo en el corazón de Nigeria

Lagos es una de las ciudades más pobladas de África, si no la que más (las estadísticas oficiales no se ponen de acuerdo), uno de los grandes puertos del continente y hogar de cientos de miles de personas que sobreviven en barrios chabolistas con menos de 50 céntimos de euro al día. Es además una de las capitales costeras del mundo que más expuesta se encuentra a la subida del nivel de los océanos provocada por el cambio climático.

El mastodóntico proyecto Eko Atlantic pretende poner remedio a esto, levantando un núcleo urbano de última tecnología altamente sostenible frente a la zona de costa hoy conocida como Bar Beach. Se espera que la nueva ciudad traiga prosperidad a la zona, genere miles de puestos de trabajo y frene las acometidas del mar y la erosión que éste provoca en la costa. ¿El problema? Esta es sólo la versión oficial. La realidad podría ser muy distinta.

Es cierto que las autoridades nigerianas están preocupadas por el océano que amenaza la ciudad. Por ello se está construyendo la Gran Muralla de Lagos, un muro de contención marítima formado por unos cien mil bloques de hormigón de cinco toneladas cada uno. También es cierto que en otro trecho de tierra costera de la ciudad descansa la hiperpoblada barriada de Makoto, construida de manera informal y precaria directamente sobre el mar, un lugar que sufre un constante acoso institucional y expropiaciones masivas. Y cierto es que sus habitantes raramente acabarán viviendo en Eko Atlantic.

Y es que sus edificios serán demasiado lujosos, sus tiendas demasiado caras, sus puertos antes pensados para yates de lujo que para pequeñas embarcaciones, sus bulevares demasiado limpios… Se dice que las miles de hectáreas ganadas al mar alojarán a unas 250.000 personas, pero sólo a las que puedan pagar los elevados precios inmobiliarios. Se dice también que su construcción tendrá un impacto medioambiental beneficioso, pero el primer edifico proyectado sobre la zona, que lleva en desarrollo desde 2009, es un rascacielos de quince plantas propiedad de una importante empresa británica de gas y petróleo.

Entonces uno se pone a repasar la lista de responsables del proyecto, y ve grandes bancos, prestigiosas firmas de arquitectura multinacional, importantes constructoras... Y en especial al Chagoury Group, que recibe su nombre de Gilbert Chagoury, asesor del régimen de Sani Abacha, el corruptísimo general que gobernó y expolió el país de 1993 a 1998 y fue responsable de la muerte de cientos de manifestantes y prominentes ecologistas como Ken Saro-Wiwa.

Y entonces empieza a atar cabos.

Ensanchando la brecha

Aún sin esos antecendentes, sin embargo, ya habría motivos para arrugar el morro: Eko Atlantic será una ciudad de construcción cien por cien privada, y de gestión cien por cien privada, cerrada de facto al resto de Lagos. Y no sólo eso: su apariencia es demasiado similar a muchos otros planes urbanísticos de grandiosos presupuestos que proliferan en los cinco continentes. Acero y cristal, zonas verdes acotadas, grandes espacios comerciales y de ocio...

Reductos de armonía consumista que además suelen vender una serie de conceptos similares, como sostenibilidad, tecnología, limpieza, seguridad. Un Dubai nigeriano, o, en palabras del director del Banco Mundial Africano, “el futuro Hong-Kong de Africa”. Nunca se dice, eso sí, a costa de qué se logran esos brillantes objetivos, ni qué pintan todos esos guardias con metralletas en la entrada del recinto.

Como otros complejos urbanos de nueva planta que han entrado dentro la euforia turbocapitalista de las smart city globales, Eko Atlantic es una propuesta medioambientalmente responsable que contribuye a la homogeneización urbana, deja a cientos de miles de personas a su suerte frente, genera enormes gastos económicos y energéticos, discrimina a franjas amplísimas de la población y aumenta la polarización entre ricos y pobres.

Dentro de sus muros, calidad de vida para aquellos cuya actividad ha contribuido más a acelerar el cambio climático. Fuera de ellos, personas que apenas tienen electricidad o agua potable y que muy seguramente verán sus casas arrasadas por los embates de tormentas o inundaciones.

Este es el sueño megalómano y despiadado de quien ha perdido todo contacto con lo colectivo o con el bien común, verdadera base histórica de la convivencia en las ciudades. Como las clases pudientes de Sao Paulo que viajan de edificio a edificio en helicópteros privados, ignorando por completo sus calles. O como los oligarcas rusos que diseñan una marina en el puerto de Barcelona rodeada por un muro de tres metros de alto.

Es este un sueño en el que no caben propuestas como la del arquitecto Kunle Adeyemi, quien diseñó para Makoko una escuela flotante construida a partir de madera local y plásticos reciclados. Su idea a largo plazo sería construir un entorno respetuoso con la población autóctona, que se sirviera de materiales baratos, generase escasos residuos y fuera asequible para gran parte de la población. Una población a la que tal vez le va llegando la hora de empezar a soñar por su cuenta.

En muchos casos, de ello dependerá su propia supervivencia.

Las ciudades que sueñan los ricos no pueden convertirse en la pesadilla de los pobres

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