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¿Amas a tu ciudad? Pues ella te odia a muerte

Madrid o Barcelona son ejemplos cada vez más claros de lugares hostiles para las personas

Estoy llegando a la oficina para escribir este artículo. Cruzo las Ramblas para tomar la calle Escudellers. En sus primeros 100 metros veo esto:

Sentarse en un bordillo pronto será sólo un recuerdo. Intentar resguardarte mínimamente del frío para dormir si careces de techo, un lujo. Pero esto no sólo está pasando en Barcelona. En Madrid, hace sólo unos días el colectivo del barrio de Moratalaz Distrito 14 proponía una intervención rápida, sencilla y eficaz contra las nuevas marquesinas de autobuses, que incorporan un polémico reposabrazos en sus asientos.

¿Qué nos están diciendo, o más bien gritando, las ciudades? ¿De qué tratan de defenderse? ¿Por qué pueden llegar a sentirse agredidos por ellas sus propios habitantes? Para tratar de clarificarlo, hablamos con Ana Méndez de Andes, arquitecta y urbanista perteneciente al colectivo Observatorio Metropolitano de Madrid.

Lo primero que nos preguntamos es si esta arquitectura disuasoria (llámenese pinchos, púas, estructuras, etcétera) tiene una función más allá de la de presentar una cara muy determinada de la ciudad. "Es una cuestión de imagen, ya que son medidas que no van a la raíz del problema, a la razón de por qué hay gente que duerme en la calle, sino a sus consecuencias estéticas. Pero también es, de una manera importante, una cuestión de control del espacio público que demuestra quién puede decidir lo que se puede y no se puede hacer en la ciudad".

Si una ciudad fuera una persona relacionándose con sus habitantes, podríamos pensar que a la primera, por decirlo así, no le caen demasiado bien los segundos. Los malestares, tensiones o incomodidades causados por el espacio, su falta o su uso son fruto de agresiones concretas y constantes:" Desde la preponderancia del automóvil a la disposición del mobiliario público, desde la ausencia de bancos y sitios donde sentarse a la tremenda agresividad física y visual de los soportes para carteles comerciales", recorre Ana.

Ciudad hostil, ciudad marca, ciudad tienda

Las ciudades se están convirtiendo poco a poco en grandes almacenes, en parques temáticos que eliminan cualquier heterogeneidad o atisbo de espontaneidad. Todo se diseña en base a lo previsible a la vez que se mercantiliza el espacio público. ¿Hemos pensado por ejemplo alguna vez en las tan concurridas terrazas? "El modelo de espacio público que se impulsa es puramente comercial: se entiende la calle como una 'oportunidad de negocio', sea como escaparate comercial, sea como espacio directamente privatizado por terrazas o eventos comerciales privados. Esta concepción del espacio público se corresponde con un modelo de ciudad que busca de manera constante el acomodo de las intervenciones públicas a los intereses privados".

A su vez, dentro de la dinámica competitiva por atraer el negocio del turismo, las ciudades compiten entre sí. En el caso de Madrid y Barcelona no es difícil notar sensibles diferencias entre cada uno de los modelos que tratan de venderse de cara al exterior. Diferentes en forma pero, en el fondo, iguales en hostilidad: " Madrid tiene un modelo tan hostil como el de Barcelona, aunque menos explícito, que se basa en un desarrollo sin modelo definido. Su modelo cambia a merced de los intereses de empresas e inversores. Es una vorágine en la que lo mismo cabe el desarrollo desmedido de viviendas de los años de la burbuja, unos improbables Juegos Olímpicos con equipamientos millonarios e infrautilizados, la gentrificación de muchas áreas del centro de la ciudad o el intento de replicar el modelo comercial de Barcelona".

En definitiva, una ciudad que se cierre agresivamente sobre sus habitantes y que se abra al turismo como en un cuento de hadas en el que nunca pasa nada "malo". Dirigida no a quien la vive, sino a quien la usa, estableciendo una relación puramente mercantil con ella. En estas ciudades no caben, por ejemplo, las personas sin techo. O mejor dicho, sí caben, pero que no se las vea. Que no ensucien el paisaje urbano de tiendas y bancos.

Al fin y al cabo, si el propio ayuntamiento de una ciudad lleva años tratándola como "la mejor tienda del mundo", no podemos esperar otra cosa que el paso consumado de ciudadanía a clientela.

Puede que cada vez que te sientas en una terraza, estés haciendo de tu ciudad un lugar peor para vivir

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