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'Cuando sueño no pienso' o por qué todos los grandes poetas están locos

10 años sin Christophe Tarkos

En noviembre de 2004 apareció una nota en El País en la que se anunciaba la muerte prematura de un joven y desconocido escritor francés. Un tumor cerebral había acabado con el que entonces era uno de los pocos poetas franceses contemporáneos que realmente estaban haciendo cosas novedosas, extrañas e interesantes. Su nombre, Christophe Tarkos; sus ojos, de un azul intenso; su voz, la de un loco que perteneció a la llamada corriente neovanguardista de los poetas “sonoros”. Esa que los críticos utilizaban para designar lo que en realidad sólo quería decir riesgo y libertad.

Autor de varios libros de poesía y ensayo poético, Tarkos consiguió reunir una buena cantidad de poemas difíciles y brutales en los que el lenguaje, la burla y los sueños eran sus temas principales. La célebre editorial P.O.L fue la encargada de publicar la gran mayoría de sus obras. Este 2014, con motivo del décimo aniversario de la muerte del poeta, el sello ha editado una selección de sus mejores recitales, en donde la voz de Tarkos permanecerá inmortal y eterna, tal y como esta se merece.

Radiografía de un poeta loco

No hace falta buscar mucho en la memoria literaria para encontrarse con aquellos poetas a los que uno suele llamar locos. La familia de los escritores delirantes es grande y productiva, y es probable que ellos sean de los pocos a los que todos miramos con cariño, pues sus mentes nos parecen de una maravilla brutal. Ahí están por ejemplo nombres como los de Leopoldo María Panero, con su oscuro corazón lleno de babas, y un mito que a principios de este año también abandonó el mundo. Pero de entre los más locos, el nombre que más resuena y vence siempre será el Antonin Artaud, con sus cejas despeinadas y su voz de brujo antiguo.

Circula por YouTube una pista de audio de Artaud, en la que el autor dedica un poema a la caca. No es casualidad que entre los primeros vídeos relacionados del reproductor siempre se nos aparezca el nombre de Christophe Tarkos, con la pista de un recital en el que el autor leyó en voz alta su cochino poema “El hombre de mierda”. Podría decirse que Tarkos es una suerte de Artaud moderno. Ambos nacieron en Marsella, ambos murieron de cáncer en París, ambos revolucionaron las letras francesas de su tiempo, amos pivotaban entre la poesía y el teatro, y ambos guardaban en sus cuerdas vocales la rabia y la fuerza necesarias como para hacer enloquecer no sólo a sus palabras improvisadas, sino también a quienes religiosamente les escuchamos.

«Je suis né en 1963. Je n’éxiste pas»

Christophe Tarkos. (1963-2004) Nací en 1963. No existo. Fabrico poemas. 1. Soy lento, de una gran lentitud. 2. Inválido, en invalidez. 3. Pasé estancias regulares en hospitales psiquiátricos durante 10 años. Tarkos es un poeta de la sonoridad.

Las líneas que se pueden leer aquí arriba las transcribimos directamente desde una nota que encontramos en uno de los ejemplares de su obra, escrita a mano quizá por algún librero generoso que quiso explicar en pocas palabras quién era este genio olvidado. Y cuando decimos olvidado, nos referimos a que tristemente su obra ha quedado sepultada quizá bajo su propio mito, impidiendo que sea difundida no ya más allá de sus fronteras, sino también en su propio país. Poner un pie, de hecho, en una librería francesa y preguntar por su nombre puede que sólo provoque muecas de desconcierto. Y aunque se hayan realizado ciertos homenajes desde 2004 hasta la fecha, su talento sigue siendo accesible sólo para unos pocos.

En España la obra de Tarkos permanece prácticamente inédita, sin embargo, hace tan solo unas semanas el poeta y traductor Antonio F. Rodríguez publicó en Revista Kokoro un pequeño fragmento del francés en nuestro idioma. Este gesto por parte de la joven revista literaria, sumado a la publicación en P.O.L de todos sus recitales, y al inminente aniversario de la muerte del autor, quizá terminen por convertirse en pequeños empujones para que la poesía salvaje y obsesiva de Christophe Tarkos comience a resurgir de sus cenizas. Para que nosotros podamos de una vez contradecir al autor y corregir su trazo: «Naciste en 1963. Sí existes.»

Mientras tanto, para los curiosos y los enamoradizos, la red guarda algunos vídeos y algunos poemas que nos permitirán recordarlo. Su poesía, su locura, su enorme capacidad de enlazar imágenes reales, con sueños y con trabalenguas. Incluso si no lo entendemos: lo entendemos. Incluso si sus ojos están cerrados: podemos verlos brillar muy azules.

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