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Los Charlines, Saviano, ETA: la mafia que hay en ti

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El último "Salvados" sitúa a España como paraíso del narcotráfico y a los españoles como meros camioneros

Alba Muñoz

17 Marzo 2014 12:30

La droga es eso que se sabe y no se toca. Lo que da más dinero que problemas. Sustancias que dilatan las pupilas de todas las clases sociales. A nuestro lado, por todas partes. Más lejos, tan cerca.

Esta vez la intro de Drogas S.A, el nuevo capítulo de “Salvados” hizo reconocible guiño a The Wire, una serie que ya es de culto y que está ambientada en los suburbios de Baltimore, EEUU. The Wire narra la vida de un barrio convertido en supermercado de la droga. Pero es mucho más que eso, y el "Salvados" de ayer también podría serlo: puede que Évole nos hablara de la mafia interior; la mafia que hay en mí, la mafia que hay en ti.

The Wire habla de la cotidianeidad del mal, de los grises en los que habitamos, de las frágiles fronteras entre la subsistencia y la legalidad: una de sus temporadas se ambienta precisamente en un puerto de mercancías en horas bajas, y trata chanchullos de sus trabajadores con las mafias que les darán de comer. Évole nos lleva al puerto de Algeciras, una de las principales entradas de droga al por mayor en España. El hombre se encarga de escanear algunos de los contenedores que llegan, funcionario de Hacienda, es franco con Évole y revela una de las claves de este negocio global: es humanamente imposible radiografiar las 45.000 cajas que entran a España. “Luchar contra el narcotráfico es interrumpir el comercio en general”, confiesa. A eso hemos llegado si es que nos habíamos ido: el negocio de la droga es imparable porque los flujos de la economía mundial también son. Cualquier puerto que perdiera ese tiempo en sistemas de seguridad sería un puerto muerto. De modo que la economía mundial es un caldero en el que muchos ingredientes se cuelan sin avisar, o a escondidas. Pero hay que comer, qué remedio queda.

Entre el blanco y el negro hay viajeros, facilitadores, topos y arrepentidos. Como el ex narcotraficante Manuel Fernández Padín, hombre de confianza de una de las grandes sagas de la droga gallega, los Charlines. Évole se encuentra con él en un bar anónimo, y Padín ya suda antes de empezar. El que fue testigo protegido del juez Baltasar Garzón durante veinte años y que sigue en el punto de mira volvió a correr el riesgo de salir en televisión para recordar a la sociedad (pero sobre todo al Estado que dejó de protegerle) su acto valiente, su firme paso mal al bien. Padín traicionó a su capo y ello supuso la apertura de la Operación Nécora, que se saldó con 30 detenidos. El ex narco dirá que "para ellos”, para sus jefes, los billetes eran simples papeles y que “el hachís tenía un pase, pero la coca no”. Padín vive en los grises, como todos, pero sabe que en los discursos que guían nuestra sociedad sólo caben los colores puros, y extremos. “Les doy las gracias por no haberme matado aún. Gracias. No puedo decir lo mismo de las autoridades que han dejado de protegerme”.

The Wire también destapa las vergüenzas de la política local, de la policía, de los periodistas. De todos los actores que representan la lucha contra el mal y que chapotean en él cada día, placa, bastón o micro en mano. Évole se cita en este capítulo con el gran periodista Roberto Saviano, que hace ocho años se enfrentó a la camorra napolitana a través de la publicación de su esencial superventas “Gomorra”. Desde entonces, vive escondido y permanentemente escoltado, haciendo de su propia muerte una espera que consume escribiendo nuevos libros.

Roberto Saviano

Saviano iluminará a Évole: la coca mueve el mundo, los narcos ya no utilizan los paraísos fiscales, sino la banca europea. Los italianos, entre otras mafias, regentan el negocio en España y los españolitos lo mueven, porque una de las ventajas de nuestro país (además de la situación geográfica, la relación con Hispanoamérica, la falta de voluntad política y las leyes laxas) es la inexistencia de una camorra made in spain. Somos los camioneros de la droga, y nuestras fronteras llevan siendo puerta de entrada a Europa 20 años. Nos enteramos de poco, si es que nos queremos enterar: “La pela es la pela”, resumirá el italiano.

Pero Évole dio en talón de Aquiles de Saviano, una motita oscura en su aureola de héroe inmaculado que se presenta como salvador del periodismo, y –no lo olvidemos, como una historia viva, un mártir anunciado–. En agosto de 2009, Saviano aseguró que ETA trafica con droga de las FARC para conseguir armas, pero este tema, que generó una gran expectación hacia su nuevo libro, “CeroCeroCero” (Anagrama), apenas aparece en sus páginas. Y Saviano nos culpa. Los españoles no queremos creerle, a la izquierda española no le interesa el dato y por ello no ha podido avanzar en la investigación: “¿Hacer la paz con narcotraficantes? No es posible”.

El argumento de Saviano, que se presenta con una pureza moral poco común, no cuela; o no debería colar. Es cierto que su capacidad de movimiento se ha visto mermada como consecuencia de las amenazas y que su acceso a las fuentes -más allá de las oficiales- es difícil. Es probable que se haya topado con gruesos muros a la hora de investigar un tema tan espinoso y que a muchos dirigentes no les interese abrir ese melón. Pero no se puede culpar a los demás. No hay caso más suculento para un periodista de investigación que aquel que muchos pretenden alejar de la luz. Y Roberto Saviano se dice obsesionado con la verdad.

Y en este lodazal, como diría alguno de los polis de The Wire, todo se mezcla. El mal y el bien bailan y se toquetean: Saviano es un capo, pero del periodismo. Padín, el ex narco gallego, fue drogadicto y por ello terminó suplicándole a los Charlines un trabajo. Y el trabajador del puerto de Algeciras tiene “chivatos” en las grandes mafias de la droga que le avisan de cuándo llega un contenedor. Un trato cotidiano.

La cuestión de trasfondo, demasiado basta y filosófica para abordar en el tiempo que dura un “Salvados”, es que la droga –cualquiera de ellas – es el motor de muchos estratos de las sociedades occidentales. Hasta a nuestro Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, se le escapó la risa cuando el diputado del PNV Emilio Olabarria dijo en el Congreso: “Le podría citar, y no lo voy a hacer, nombres de ministros, de jueces, de altos funcionarios policiales que han consumido sustancias de esta naturaleza”. La droga como cultura, como moda, como medicación necesaria, como carbón para seguir con el ritmo; la droga para no pensar, para no cometer, para ser feliz. En el aire flota la coca, primos y derivados. Nadie parece sorprenderse. A la cruda realidad no estamos enganchados.

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