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Caras cansadas, rimmel corrido y mucha risa: conoce a las mujeres de Marjorie Salvaterra

Sus mujeres surrealistas son muy pero que muy reales

Envejecer. Ese proceso natural que la cultura se encarga de convertir en antinatural cuando se trata de las mujeres. Estamos rodeados de retratos que promueven una supuesta feminidad, signifique eso lo que signifique, y que, lejos de naturalizar la madurez, bloquean su curso apelando a poses perfectas y rostros perfectos, como si el paso del tiempo fuera un tabú social a evitar.

Ahí están las mujeres de Marjorie Salvaterra corriendo por la playa en ropa interior. No tienen cuerpos perfectos, ni llevan lencería de lujo, sino bragas altas y pelucas. Sus rostros, de la felicidad a la extenuación, rozan el histrionismo. Esa es la madurez que le interesa a esta fotógrafa, que se autorretrata junto a sus amigas dándole un giro cómico a las situaciones glamourosas.

Como si quisiera dar una vuelta de tuerca a esos retratos erotizados y cargados de connotaciones vouyers de Helmut Newton, las amigas de Marjorie aparecen semidesnudas en butacas, contemplando afligidas a una mujer desnuda y en tacones sobre el escenario.

En Her, esta serie de retratos con los que la artista revienta estereotipos sobre la feminidad y la madurez, ellas son musas histriónicas, modelos extenuadas o, simplemente, mujeres cansadas de ver cómo los medios desvirtúan su papel. Serían donnas sacadas de una película neorrealista si no fuera porque su pelo enmarañado, su rimmel corrido y su gesto aburrido les restan (con razón) cualquier tipo de perfección artificial. Serían modelos protagonizando un editorial de Alta Costura si no fuera porque sus lujosos vestidos son demasiado aparatosos. Serían los rostros vitales y sonrientes de una campaña publicitaria si no fuera porque esas extrañas poses con las que las marcas siempre quieren mostrar a sus personajes les resultan incómodas, y prefieren yacer bocabajo, hartas de tanta falsa exposición. Incluso serían la perfecta acompañante en una cena de lujo, pero les aburre soberanamente lo que su pareja les está contando.

Así se quiebran los pequeños moldes en los que la cultura encierra la madurez femenina, y se retrata el hastío de todas esas mujeres que, después de preguntarse por qué no encajan en el molde, han decidido responder a lo que se espera de ellas a golpe de surrealismo.

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