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David Bowie, una vida de magia en constante transformación

El camaleón ha muerto. Larga vida al rey de la metamorfosis en el pop

En el universo de Bowie no hay respuestas, solo interpretaciones . No hay certidumbres, solo lecturas, vislumbres, intuiciones .

Y la intuición nos dice que Bowie lo sabía. Que hace unos días, cuando celebró su 69 cumpleaños con el streaming público de su nuevo álbum, estaba, en realidad, escenificando una última burla a una muerte que él sabía cercana. Su propia muerte.

Hace unas  horas se confirmaba su fallecimiento. Desde el entorno del artista se nos cuenta que Bowie ha muerto en paz, rodeado por su familia después de 18 meses de batalla contra un cáncer que logró mantener en secreto.

“Siento tener que decir que es verdad”, alcanzaba a decir su hijo en Twitter.

 

Volver hoy al vídeo de Lazarus, el primer sencillo de su nuevo álbum, es puro escalofrío. Ver a Bowie postrado en la cama de un hospital abandonado, como un hombre lunático y enfebrecido, reflexionando en voz alta sobre la muerte y la resurrección... como en un réquiem premeditado.

Cómo el propio Duque dijo una vez: "Mi música explica lo que siento por mí".

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Nadie ha vivido más vidas que Bowie en el pop. Desde que en 1969 lograra su primer gran éxito con Space Oddity, la reinvención ha sido el principal motor creativo de su carrera.

A lo largo de las últimas seis décadas, Bowie fue Ziggy Stardust, Aladdin Sane, Major Tom y The Thin White Duke. Antes ya había sido mod en el efervescente "swinging London" y hasta hippie.

Se presentó ante el mundo como un alien pansexual, un rockero andrógino, un aristócrata frío con delirios filonazis o un expatriado seducido por la bohemia que bebía y reía de espaldas al eterno zumbido de la Guerra Fría en la falsa isla del Berlín Occidental

Bowie rompió fronteras y canibalizó tendencias. Demostró una habilidad inata para detectar los sonidos y estéticas adecuadas en cada momento. Con cada nuevo giro, con cada nueva etapa, Bowie no sólo transformó el sonido de sus discos, sino toda su persona.

A lo largo de los años se presentó ante el mundo como un alien pansexual, un rockero andrógino, un aristócrata frío con delirios filonazis o un expatriado seducido por la bohemia que bebía y reía de espaldas al eterno zumbido de la Guerra Fría en la isla sombría del Berlín Occidental. Eso y más. Mucho más.

Como su admirado Warhol, Bowie siempre fue cambiando el guion de su personaje según le ha convenido. Y (casi) siempre salió ganando en sus envites.

"Soy un coleccionista de personalidades", decía el artista en una entrevista en 1972.

Bowie se vistió y maquilló como un camaleón demente. Se enfundó en ceñidísimos, escotados y coloridos trajes. Se subió a tacones imposibles. Como un kamikaze del estilo sin nada que perder, quiso llamar la atención de todos sin que, aparentemente, le importara la opinión de nadie.

Esas metamorfosis llegaron a forjar la idea de Bowie como un enviado del futuro, una ilusión visionaria potenciada por él mismo en momentos como The man who fell to earth, la película de 1976 en la que interpreta a un extraterrestre que recala en la Tierra.

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El Bowie de los 70 siempre fue un personaje sexualmente ambiguo, con rímel en los ojos y la ropa llena de brillos. Un hombre que hizo desaparecer los límites entre masculino y femenino, heterosexual y homosexual, realidad y ficción.

A ningún otro artista pop se le puede atribuir el haberse anticipado a esa idea del género fluido de la que tanto se ha hablado en las últimas temporadas.

Bowie nos deja convertido en prototipo del artista pop total. Alguien que exploró antes que nadie la idea del artista como atracción visual. Alguien capaz de apostar por la feminización de la actitud masculina cuando nadie lo hacía.

Pero la influencia de Bowie va más allá de la música, la moda y el género. Como explicaba hace unos meses el productor Tony Visconti al hilo de la publicación del libro que Taschen dedicó al inglés, Bowie nunca se vio a sí mismo simplemente como una estrella del rock. “No limita su arte a ese contexto. Así es capaz de pensar mucho más allá”.

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Bowie nos deja convertido en prototipo del artista pop total. Alguien que exploró antes que nadie la idea del artista como atracción visual. Alguien capaz de apostar por la feminización de la actitud masculina cuando nadie lo hacía. Alguien capaz de anticiparse en más de una década a la moda del micromecenazgo poniendo en circulación acciones de sí mismo.

La persona como obra de arte, como un producto con valor de mercado. "Siempre he tenido una repulsiva necesidad de ser algo más que humano", llegó a decir.

Porque David Bowie siempre fue una construcción ficticia. David Bowie fue una gloriosa performance, la invención genial de un David Jones listísimo, que siempre valoró su vida privada por encima de la fama.

Toda su carrera ha sido un gran acto de desvanecimiento. Y su influencia llega a lugares que cuesta imaginar.

“No sé a dónde iré desde aquí, pero te prometo que no será aburrido”, dijo Bowie en una ocasión preguntado por su idea de la muerte, o de la vida tras la vida.

Quédemonos con eso.

No hay manera de atrapar en un gesto simple, o en unas pocas líneas, al hombre de las mil caras. Ni después de muerto.

Porque Bowie tenía un don muy raro de ver en este mundo: el don de ser un icono perenne.

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El mañana pertenece a aquellos que pueden oírlo venir (David Bowie)

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