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Bienvenidos al bazar de las especias eléctricas

Nos asomamos a la cara oculta del festival: su lado menos fiestero y más tekkie

A las 10 de la mañana el césped artificial está desolado, pero en las interioridades de la Fira de Montjuïc ya late el Sónar +D. Decenas de hackers desenfundan sus portátiles (o sus torres fluorescentes), y se instalan en alguna de las múltiples mesas del Music Hack Day, una de las actividades paralelas más importantes de Sónar +D.

Todo está dispuesto para cubrir las necesidades básicas de este nuevo colectivo protagonista: bollería gratis, aire acondicionado, conexión a Internet, muchos interruptores y una valla que separa a los programadores del público general. Music Hack Day es, sobre todo, una nueva edición del hackatón que se lleva celebrando desde 2009, en el que los participantes deben crear proyectos de software o hardware relacionados con la música en un frenético plazo de 24 horas.

Music Hack Day

A un lado de las mesas, en un pequeño escenario, representantes de las grandes multinacionales de la música en la nube como Spotify o Deezer tienen 10 minutos para exponer las novedades de sus productos y, con un poco de suerte, llamar la atención de alguno de los abstraídos desarrolladores de la sala. También se presentan startups como Maschine o Patchblocks, pero son los proyectos con licencia Creative Commons, como Freesound o MusicBrainz (es decir, aquellos construidos en base a la filosofía hacker), los que se llevan los escasos aplausos con un poco más de entusiasmo. Robert Kaye, creador la enciclopedia musical abierta MusicBrainz y de la Metabrainz Foundation, ni siquiera tiene Power Point: cuando llega su turno, coge el micro y señala su mesa. Famoso en la comunidad por sus estridentes peinados, Kaye también hackea este Sónar+D con su cabeza rapada: lleva el pelo teñido como una gran bandera republicana.

Mercadillo avanzado

Un público ansioso de estrenar las primeras horas del Sónar de Día se abalanza sobre el césped y ejecuta la pose Maja Desnuda, gafas de sol y birra en mano. Mientras la canción de Jaume Sisa Qualsevol nit por sortir el sol les da la bienvenida, los curiosos empiezan a pasearse por la zona más creativa y fresquita de la Fira: Market Lab, el mercadillo de cachivaches electrónicos avanzados.

En esta zona del Sónar +D se encuentra el AppCafé, un self service musical formado por unas primorosas mesas redondas con tablets y cascos. Muy cerca, las gafas de realidad virtual Oculus Rift, una de las grandes protagonistas transmedia del salón, generan la imagen futurista que atrae a las cámaras de televisión. Sin embargo estas gafas son más que un dispositivo de realidad aumentada: el documental interactivo Clouds, que se estrena en España en el marco del Sónar, es la experiencia audiovisual diseñada para las Oculus, el juguete más deseado en Silicon Valley.

Oculus Rift

Las casetas que atraen a más gente son la de Littlebits y Superbe. Los primeros presentan un montón de módulos fosforito del tamaño de un micromachine: se trata de diminutos sintetizadores con diferentes funciones que permiten conectar elementos tan dispares como un móvil, un piano y un altavoz, y que ponen en manos de cualquiera el potencial infinito de la música electrónica. La idea es sencilla y se está trasladando a escuelas gracias al software libre Arduino: hay que disfrutar la programación como si fuera un set de Lego.

Los belgas Superbe presentan la evolución de las cajitas de música con manivela: los Minimom son aparatos diseñados para crear obras de arte cotidianas, pequeñas cajas que permiten al usuario tocar con sonidos grabados en 8-bits. “Graba una palabra y el sistema creará un ritmo random con ella”, explica Gaetan Libertiaux. El ingeniero de Superbe construye al momento estos dispositivos de bolsillo y suelda los circuitos ante el público: “todas son artesanales”.

Entre las propuestas locales está la de Barcelona Supercomputing Center. Mar Calvo y Fernando Cucchietti, del departamento de visualización científica, están testeando su gran investigación desde su stand. Se trata de la herramienta online A.track.tion, que está accesible en la red desde hace 15 días y consiste en una inmensa base de datos musicales que abarca desde 1955 hasta 2012: “Es como un despliegue científico de la música. Permitirá hacer comparativas entre géneros, subgéneros, artistas y épocas”, cuenta Luz acerca de lo que podría convertirse en una Wiki indispensable para la crítica musical en un futuro no muy lejano.

Superar el futurismo

En el Market Lab conviven equipos de científicos e ingenieros con empresas que presentan productos más comerciales. Hay stands con azafatas caracterizadas como Alaska que bailan cansinamente para que los sensores de movimiento creen divertidas figuras stick en una pantalla. La gente les dedica unos segundos y se va; ellas ponen cara de estar en el gimnasio. En una de las salas oscuras construidas con cortinas de terciopelo negro es posible probar una aplicación que detecta el movimiento facial y activa ruidos: “No, tienes que mover de lado pero así. Ahora has lanzado un sonido, va con retraso de unos segundos. Ahora no te detecta, es que hay caras que no las detecta. La suya sí”, dice el representante de Xavislab, un departamento de la compañía GlassWorks, señalando al chico de al lado.

Otras propuestas, a primera vista mucho más caóticas, son las que están generando una mayor interacción con el público. Es el caso de Interface Culture, en el que uno encuentra frutas y trozos de hielo conectados a cables y emanando sonidos mientras se espachurran. Enrique Tomás es el profesor de tecnologías interactivas y videojuegos de la Universidad de Arte y Diseño de Linz, Austria. Y es el profesor guay. Ha traído proyectos de sus estudiantes aventajados, como el Acidable, de Veronika Krenn, un exprimidor de naranjas con las que uno puede remezclar su canción favorita mientras se hace un zumo. “Hay que superar las formas de visualizar datos y hacer hacks a las que estamos acostumbrados. Sólo se trabaja con elementos muy científicos y en pantalla. A mis alumnos les ha dado por la comida, algo tangible”. Interface Culture ha creado Taste of data, un proyecto de visualización de datos a través de objetos cotidianos, como “unas salchichas que miden la corrupción de los países” o los cortadores de manzanas y plátanos con los que se visualizan gráficos sobre sexualidad masculina y femenina. El público se acerca preguntando qué es eso analógico; cuando lo entienden, sonríen con sorpresa.

Luego anochece y las cervezas empiezan a asomar peligrosamente sobre los dispositivos electrónicos del Market Lab. El Sónar +D se convierte en un lugar de tránsito hacia el Village, donde empiezan a estallar los grandes conciertos de la noche. Llegados a este punto, podría parecer que la parte más seria del Sónar es una ruta obligatoria como la de los supermercados de las gasolineras. Sin embargo, seguramente muchas personas se han acercado a la tecnología de una forma más activa a lo largo de esta primera jornada: la han sentido más como algo que se puede tocar que como un milagro que debe ser admirado , más presente que futuro. Un poco más hacker.

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