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El día en que Ben Affleck explicó a Vice cómo conquistar Corea del Norte

Dennis Rodman ha vuelto a Pyongyang para regalarle a Kim Jong-un un partido de baloncesto con figuras de la NBA

La realidad le otorga incansablemente la razón a Joseph Nye, quien afirmó que el poder del Tío Sam no descansa en sus pepinos nucleares (ni en los drones que ahora reparten la comanda de Amazon), sino en lo que dio en llamar soft power. Esto es, en el poder de persuasión ideológica que encarna el american way of life, una receta que contiene a partes iguales superación personal, espectáculo en vena y la promesa de redención moral.

La última reedición de este escenario lo estamos viviendo en la paulatina conquista de la Corea del Norte de Kim Jong-un por parte del Imperio del Bien. La lógica del show ha triunfado donde la diplomacia internacional ha fallado —y por diplomacia debemos entender la coacción militar-económica que ejerce Norte América mediante la OTAN, Naciones Unidas y el fantasma de las guerras humanitarias. Dennis Rodman, estrella de los Bulls, icono de la contracultura de bolsillo y aclamado bad boy de la NBA, se ha convertido en el capitán de la única expedición yanqui que ha logrado abrir desde dentro las puertas de un país secuestrado por la megalomanía de su marshall.

Poco después de que Kim Jong-un lanzara a su tío a los perros, el ex jugador ha vuelto a llevar el ojo de occidente a las entrañas de Corea. Muchos se preguntarán cómo llegó Rodman a ser el tío que le organiza fiestas de aniversario al gran líder. Aquí tratamos de entender qué está pasando.

Un Oscar a la mejor estrategia de marketing diplomático

A nadie se le escapa el valor simbólico de ver al dictador norcoreano conmoviéndose como lo haría un niño al contemplar por primera vez a los Harlem Globetrotters. Era el entertainment torciendo el brazo del frío autoritarismo antiamericano. ¿Cómo había llegado Dennis Rodman a convertirse en el embajador de la paz a expensas de la Casa Blanca? ¿Por qué nadie está elucubrando sobre los tejemanejes de la CIA? ¿Estarían los ex agentes del KGB pisando de nuevo tierras comunistas?

Esta vez la fórmula ganadora no se gestó en los despachos de Agencia de Seguridad Nacional, ni fue el resultado de una campaña gubernamental para vestir la invasión con los patrióticos colores de la lucha contra el eje del mal. Antes bien, la ecuación que convirtió en oro la fría piedra de las relaciones internacionales se forjó en la mente de los directivos de la revista Vice, y fue financiada por la HBO. Sin embargo, resulta tentador pensar que el demiurgo que dirigió la función tras las bambalinas no fue otro que Ben Affleck.

El actor, director y guionista era coronado en la gala de los Oscars del pasado año por la película 'Argo'. El argumento del film puede resumirse como sigue: la CIA tiene que rescatar rehenes estadounidenses secuestrados en Irán; ante la imposibilidad de entrar en el país por vías oficiales, recurren a un estratagema más elaborado. Su intención es conseguir que el Sha de Persia autorice la entrada de unos supuestos cineastas para que filmen 'Argo', quienes, en la práctica, deberán encargarse de traer de vuelta a los diplomáticos secuestrados.

La revista Vice tejió un plan semejante. A través de la figura de Dennis Rodman consiguieron que Kim Jong-un autorizara un partido benéfico entre los Harlem Globetrotters y la selección de baloncesto de Corea del norte. Lograron también que el periodista Ryan Duffy, de Vice, estuviera presente con las cámaras de la HBO para filmar un capítulo de la serie documental que su revista realiza para la cadena. El evento constituía en sí mismo un cuadro pintoresco y digno de ser reseñado en la prensa de todo el mundo. Pero los de Vice consiguieron ir más allá, pues sabían del fetichismo que Kim Jong-un profesaba por el baloncesto y, en especial, por los Chicago Bulls. El marshall no pudo resistir el canto de sirena de su propia libertad y terminó por regalar al Mundo Libre la foto de su persona junto a Dennis Rodman y una Coca-cola.

Además, en Corea del Norte seguía preso Kenneth Bae, un misionero norteamericano que había sido acusado de crímenes contra el Estado, y la opinión pública empezó a presionar a Rodman y a los suyos para que utilizaran su influencia con el dictador con el fin de liberar al rehén. Todo el mundo hablaba de la "diplomacia del baloncesto" como una nueva y genial estrategia política: era el sueño de Ben Affleck elevado a la máxima potencia.

Vice, la revista que mejor sabía cómo vender la política, convirtiéndola en un show, se había aliado con la HBO, la cadena que reinventó la ficción televisiva haciendo del realismo sucio un superventas. El resultado fue quizá la mejor performance política de 2013: el espectáculo del Gran Dictador de Oriente sucumbiendo a la "lógica Super Bowl". Las relaciones internacionales se habían visto eclipsadas por la estrategia de marketing de Vice.

... y terminaron rodando 'Inland Empire'

La película no ha terminado. Dennis Rodman se encuentra de nuevo en Pyongyang. Esta vez va acompañado por un séquito de viejas glorias de la NBA, entre las que destacan Kenny Anderson, Cliff Robinson, Vin Baker y Doug Christie. Lo sorprendente, esta vez, es que el velo de 'partido benéfico' ha desaparecido por completo: el encuentro fue el regalo de cumpleaños que Rodman le había preparado a Kim Jong-un. A la vista del revuelo que se levantó por el nuevo viaje de Rodman, la única cosa de la que podemos estar seguros es que no se trató de una fiesta sorpresa.

La visita se ha producido poco después de los rumores sobre la inestabilidad del régimen norcoreano, que se saldó con la grotesca muerte del tío de Kim Jong-un. La influencia del soft power yanqui no fue suficiente para persuadir al dictador de que su reinado tenía que tener un final Disney. Los espectadores se dan cuenta de que a Dennis Rodman le empieza a sentar mal el traje de embajador de la paz: se sentía el pavo real de la industria, y quizá desplegó demasiado sus plumas cuando afirmó que todo lo que hacía falta para resolver las diferencias diplomáticas USA-Corea era una simple llamada desde el Despacho Oval.

Esta vez ya no estaban las cámaras de la HBO, ni los de Vice habían preparado un guión a lo grande. Todas las imágenes que nos llegan tienen la calidad técnica de una porno casera y están empañadas por un halo de decadencia. El mismo Rodman se descubrió ante el mundo como una bestia descontrolada cuando fue preguntado por el caso de Kenneth Bae en una entrevista para la CNN. Luego, el ex jugador de baloncesto ha acabado disculpándose públicamente a través de un comunicado en el que explica que había estado bebiendo. Estaba claro que a Kim Jong-un no le iba a decir ni mu sobre el rehén. Las tramas de contraespionaje mejor verlas en el cine con un buen cuenco de palomitas entre las manos.

Además, al público se les está haciendo larga la película. Desde que no salen los cowboys de Vice entrevistando a sonrientes adoradores del Gran Líder, ya no saben quiénes son buenos y quiénes no. No comprenden que Rodman deba regalarle a Kim Jong-un nada que no sea un pastel gigante con un agente doble en su interior, vestido de Marilyn, que le dispare entre ceja y ceja mientras el público entona en perfecto inglés el happy birthday. En lugar de eso se encontraron con un Rodman convertido en el bufón de la corte, cantando un "Cumpleaños feliz" con su voz ronca por toda orquesta, haciendo aspavientos que iban desde una reverencia fallida al éxtasis de quien cree haber hecho historia.

Pensaban divertirse hasta morir con él, pero ahora se sienten como Laura Dern en 'Inland Empire': vagando por las calles de Los Ángeles, con las inefables letras de HOLLYWOOOD en el horizonte, perdidos a ambos lados de la industria cinematográfica.

Acaban de descubrir que la realidad es el cruel reverso de la ficción.

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