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Aventuras en la base militar: así son los ‘boy scouts’ de Israel

Cada año, 4.600 extranjeros se convierten en voluntarios del ejército de Israel, y las cifras de jóvenes inscritos van en aumento. David, un español de 20 años, es uno de ellos.

David no se considera “el típico adolescente” y quienes le conocen tampoco piensan así. Él es uno de los españoles que han viajado a una base militar del ejército de Israel como voluntario. Además ha repetido.

David no es judío. Tampoco tiene ninguna conexión familiar con Israel o la cultura hebrea. Tiene 20 años, estudia una carrera científica en la Universidad de Zaragoza y se propuso aprovechar su mayoría de edad para conocer mundo. Mientras navegaba por la red se topó con una llamativa propuesta de turismo militar: “Me puse a buscar programas de voluntariado y encontré algo de Ghana. Habían enlaces a kibutz; no me interesaban demasiado. Pero luego encontré el Sar-El”. Lo que David encontró fue el Proyecto Nacional de Voluntarios para Israel, así que el verano pasado se embarcó a la aventura en una base militar de un país desconocido. Tuvo que pagar billete y visado.

El voluntariado civil en el ejército de Israel, también conocido como Tsahal, no es un nuevo programa turístico ideado por el gobierno para aumentar su popularidad en horas bajas: se trata de una maquinaria oficialmente apolítica y sin ánimo de lucro que lleva funcionando a todo gas desde 1982. El Sar-El surgió en plena guerra del Líbano, cuando muchos colonos fueron llamados a filas como reservistas y la escasez de mano de obra supuso que se echaran a perder un muchas de cosechas de granjas judías.

La solución la halló alguien que hoy es recordado como un héroe sionista: el General Aharon Davidi, quien tuvo la idea de enviar una comitiva a Estados Unidos para que hicieran campaña. Al cabo de unas semanas, 650 voluntarios estadounidenses llegaron dispuestos a sudar en los campos de Israel.

Todo muy normal

Cada año es posible encontrar a españoles de todas las edades en las bases militares que el ejército israelí tiene en su territorio, pero también en países como Jordania, Irak y Siria. Aunque sea época de inscripciones, resulta imposible acceder a Baruj Hernández, representante de Sar-El España, así que me pongo en contacto con el Capitán Rony Kaplan, portavoz de las Fuerzas de Defensa de Israel.

Tras varias semanas de negociación, Kaplan me facilita el correo del joven David. Entonces empezamos a escribirnos y de pronto no parece tan joven. David habla del Sar-El como si fuera un campamento en el que boy scouts de todas las partes del mundo conviven con soldados en activo y jubilados israelíes. Se refiere a la base militar como un lugar poco emocionante, más bien “aburridillo”. Sin embargo, se niega en rotundo a darme algún dato que me confirme que es quien dice ser, aunque me comprometa a no publicarlo. Después de intercambiar más de 50 correos electrónicos, accede a que nos veamos en una cafetería de Barcelona.

David aparece vestido con ropa deportiva y una extraña bolsa negra. En efecto, tiene 20 años. Cuando voy a darle dos besos, extiende el brazo rápidamente para estrecharme la mano. Pide té y empieza a contarme que no se admiten voluntarios en bases aéreas o situadas en zonas inestables. Tiene prohibido decir su nombre y localización: “Hacemos cosas repetitivas junto a los soldados. Plegar carpas y paracaídas, limpiar, preparar botiquines. Israel se ahorra mucho dinero porque no tiene que llamar a reservistas”. De hecho, la “contribución a la economía israelí” es uno de los objetivos descritos en la web oficial el voluntariado, además de “fomentar la amistad” y “crear embajadores de buena voluntad de Israel”.

Campamento juvenil en Trip Advisor

Los jóvenes extranjeros de entre 16 y 25 años representan el colectivo que más crece en el Sar-El. Según fuentes de las FDI, ya suponen el 40% de la fuerza de trabajo: “Hay alemanes y holandeses, y los franceses tienen un programa especial sólo para ellos”.

Este verano, 500 jóvenes franceses se han desplazado a Israel para vivir la experiencia Sar-El. Junto a los estadounidenses, forman el grupo más numeroso. Suelen inscribirse a través de organizaciones como Volunteer for Israel y Volontariat Civil Israel (UPI) y, como si se tratara de un verano como cooperantes, cuelgan imágenes en las redes. Para ellos, ayudar al ejército de Israel es un servicio a la comunidad.

No es ninguna novedad que el ejército israelí utilice las redes sociales de una forma convencida y sin rodeos. Sus operaciones militares se pueden seguir al minuto en Twitter, los memes y gráficos con sesgo político son habituales. Las fotografías cotidianas e incluso eróticas de los soldados más jóvenes se han convertido en tendencia en Internet, y nada de esto parece ser un inconveniente en la estrategia del IDF.

A pesar de las críticas internas por los bombardeos en Gaza, del rechazo internacional y de las crecientes deserciones y suicidios de soldados en sus filas, las redes son un gran bastión de propaganda del Tsahal, y los jóvenes voluntarios del Sar-El representan una de sus mejores caras. De hecho, el ejército de Israel se oferta en páginas de turismo como TripAdvisor.

Cómo confundirse con los soldados

David se reconoce “un poco adicto” a los lugares con conflictos políticos o bélicos pero al mismo tiempo afirma que siempre ha viajado desde una “perspectiva humanitaria”. Ha estado en otros sitios más duros, pero no va a decirme cuáles. Él niega un interés particular por Israel o por la adrenalina: “He conocido gente que busca ese fragor, gente que busca emociones fuertes a cualquier precio, están zumbados y nunca están satisfechos. No es mi caso”.

David explica así sus motivaciones para apuntarse al Sar-El: “Se trata de conocer Israel no como un turista con chancletas y calcetines, sino desde dentro. El tema militar forma parte de su cultura; es una parte que hay que entender para comprender Israel. Conocer gente que ha estado en combate te permite tener una visión mucho más amplia que ir a un museo”.

A pesar de la distancia que de forma constante David interpone entre su ideología y sus dos temporadas trabajando para el ejército de Israel, en las bases encontró un pasatiempo singular: confundirse entre los soldados. “Durante las horas de comida siempre me ha surgido el dilema. ¿Me quedo con los compañeros del grupo o me intento acoplar en una mesa de soldados para hablar con ellos?”

Voluntarios y soldados comparten uniforme, espacios de trabajo y rutina diaria. A los primeros sólo se les diferencia por una insignia azul en el hombro, pero a la hora de comer los voluntarios son obligados a formar una fila diferenciada y sentarse antes a la mesa: “Cuando lograba estar de incógnito y podía hacerme pasar por un soldado en etapa de entrenamiento sin idea de hebreo, lo cual era bastante difícil —ríe—, hablaba con ellos. Están metidos en un servicio militar obligatorio de tres años, y me gustaba comprender mi frustración si yo estuviera en su lugar. Si no lo hubiera hecho de incógnito me da la impresión de que no me hubieran contado las mismas cosas. Era divertido”.

Los soldados con los que David ha hablado entienden el servicio militar como si se tratara del colegio: “Todos decían lo mismo: no les gusta estar allí pero creen que forma parte de su formación y que es necesario para Israel. Algunos decían que era como la escuela, les tocaba y sólo esperaban que pasara cuanto antes”. Así, algunas bases militares del ejército de Israel tienen alma de colegio estricto o de campamento de verano.

Para participar en el Sar-El sólo hay que rellenar un cuestionario en el que se preguntan cosas como: “¿Qué países ha visitado los últimos cinco años?” Para los no judíos hay un apartado específico que incluye cuestiones religiosas: “numerosos cristianos creen que los judíos tienen que creer en Jesús o Yeshua como su mesías. ¿Está de acuerdo con esa posición?”.

El ejército se reserva el derecho de realizar entrevistas a los candidatos vía Skype, pero a David no se lo pidieron: “No sé si se puede distinguir a una persona que esté mal de la olla con el formulario. Imagino que por eso en las bases no tocamos armamento”.

Hay patrullas de vigilancia y los voluntarios tienen muy delimitados los espacios en los que pueden estar. Para evitar el robo de información secreta, en todos los accesos a espacios restringidos es obligatoria la identificación: “No importa que hablen hebreo y tengan nariz de judío. Es imposible robar información confidencial, aunque nosotros sabíamos en qué habitaciones se estaba hablando de cosas secretas”.

No deja de ser llamativo que una democracia militar como Israel, que ha hecho de la política defensiva su motivo de existencia y con un servicio de inteligencia casi insuperable como el Mossad, permita que un voluntariado se convierta en un coladero de personas non gratas. Al Tsahal no le faltan enemigos en la región, y sin embargo es el único ejército regular del mundo que admite extraños en sus bases. Debe haber, pues, otros motivos.

Diáspora y fuerzas armadas

Diáspora y fuerzas armadas son dos de los pilares sobre los que se fundó el estado de Israel. De hecho, fue en 1948, poco antes de que se fundara Israel, cuando surgieron las fuerzas armadas judías clandestinas, que tenían como misión hacerse con el control del territorio que no figuraba en el plan de partición de las Naciones Unidas. Esas milicias cometieron actos terroristas contra objetivos árabes y británicos, y fue el inicio del plan de expulsión y limpieza étnica de palestinos. Tanto la diáspora como las fuerzas armadas coinciden ahora en la Aliyah, el concepto que alude al retorno de los judíos a la tierra que creen que les pertenece.

Pues bien: de forma oficial, el Sar-El promueve la Aliyah. Desde su fundación y hasta finales de 2010, al menos 132.000 voluntarios se han convertido en ciudadanos israelíes a través una etapa inicial de trabajo en las bases. No es necesario ser judío para convertirse en ciudadano de Israel a través de este “bautizo militar”.

El difunto y venerado general Davidi inventó un sistema de ahorro que provee, regularmente, de nuevos ciudadanos que engrosan la población, y por tanto, las colonias. La política expansiva israelí sobre territorio palestino necesita ser justificada, con un crecimiento demográfico equivalente. Se construye a destajo y hacen falta familias.

Sharon, la ‘boy scout’ sionista

Sharon Ebein Jaim es un ejemplo de Aliyah. Ella tiene 19 años, es judía colombiana y hace uno que es madrijá, instructora de voluntarios del Sar-El. Las dos mantenemos una entrevista telefónica autorizada por el ejército entre España y un punto indeterminado de Israel: “Es un sueño hablar hebreo, hay algo mágico y lindo en esta tierra. No te imaginas el orgullo que supone llevar el uniforme. Los niños te dan las gracias por ayudar al país”.

Eben Jaim es la encargada de organizar las actividades culturales para los voluntarios extranjeros al final del día: aprendizaje del hebreo, historia de Israel y de las Fuerzas Armadas, festividades judías, geopolítica y sociedad: “Los llevamos a un museo o a un lugar especial, como donde mataron al presidente, y les explicamos por qué sucedió eso”. Se refiere al asesinato del primer ministro Isaac Rabin en Tel Aviv en 1995, por parte de un estudiante judío extremista.

Según Eben Jaim, estas actividades ayudan a los voluntarios a “conectarse al judaísmo” y a entender la importancia de la logística en el ejército. La joven instructora confirma que muchos que se convierten al judaísmo y se ruboriza cuando le pregunto acerca del amor: “Sí surgen amores en las bases, pero durante el voluntariado está prohibido. Tiene que ser después”, ríe, “aquí puedes hablar con soldados convalecientes, aunque está prohibido hablar sobre política”.

Una de las normas indiscutibles, tanto para soldados como voluntarios, es la de no hablar sobre política y religión. Eben Jaim explica que se realizan entrevistas a voluntarios y se pone mucha atención a las ideologías: “Gente antisemita no puede venir. Quien no esté de acuerdo y hable mal de Israel no puede venir”.

Cuando le pregunto si alguna vez hablan de lo que sucede en Palestina, una voz desconocida irrumpe en la conversación telefónica: “Lo siento, pero está prohibido hablar de este tema. Podéis seguir, chicas”.

No sabía que la llamada estaba siendo espiada.

Blanca neutralidad

Si hay algo que Israel ha conseguido es infiltrar al ejército, y por lo tanto la consciencia de la amenaza, en la vida de sus ciudadanos. Ejemplo de ello es la táctica militar de la geometría inversa, ideada por generales de las Fuerzas Armadas Israelíes durante una década de ataques contra ciudades palestinas. Como Eyal Weizman explica en A través de los muros (Errata Naturae, 2012), el ejército israelí ha utilizado y desarrollado una táctica absolutamente inédita:

—En lugar de progresar por las tortuosas calles de los distintos barrios o campos de refugiados, los soldados avanzaban pasando de casa en casa, atravesando muros, suelos, techos, salones, habitaciones y cuartos de baño, sin pisar nunca las calles. De este modo se protegían del punto de mira de los combatientes palestinos y convertían los hogares de los civiles en el verdadero campo de batalla.

De modo que puede resultar difícil abstraerse de una sensación colectiva de peligro constante.

“Las convicciones son de cada uno, y aunque está bien discutir para tener otros puntos de vista, no creo que una base militar sea el lugar más objetivo para hacerlo”. Al contrario, la opinión de David es que trabajar en las bases del ejército sirve para curar de la manipulación y la desinformación: “La gente que ha participado en el programa no sólo ha oído las historias de terror de boca de los soldados, sino que después de estar allí se molesta en buscar las noticias y ve que aquí no se dice ni la décima parte de las cosas que pasan”.

Niega haber sido adoctrinado: “Las actividades culturales son de corte general. Vimos un vídeo de la operación Entebbe, ese sí creo que no lo hubiera visto por mi cuenta”. Cuando le entrevisto en Barcelona, hace semanas que han empezado los ataques en Gaza: “ No me gusta tener opinión sobre los conflictos, son tragedias. No son algo racional, no es algo que admita una opinión, así que no la tengo. Todo el mundo tendría que vivir tranquilamente en sociedades sin violencia”.

David, que es pacifista, considera el Sar-El una simple experiencia cultural, y el ejército un espacio común y neutro en el que hay que respetarse: “Una persona no hace que cambie nada, no es gran cosa desde el punto de vista del individuo y a mí personalmente me ha servido para tener más visiones. De hecho apoyo la ayuda humanitaria en Gaza”.

David se levanta, se estira la camiseta y extiende la mano con firmeza. Su pulcritud recuerda a la que exhiben los políticos israelíes cuando hablan de que son la única democracia en la región y del derecho a defensa, la misma que se usa al dibujar un tablero político claro, blanco y neutral en el que israelíes y palestinos son interlocutores del mismo tamaño que negocian sentados en la misma mesa. David se marcha diciendo que no sabe si volverá al Sar-El, pero convencido de que la política es algo íntimo, y la maquinaria bélica algo necesario, lógico e incuestionable.

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