PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

Auge y caída del fenómeno Informer: del gossip al mercado de la carne

H

 

Escribimos la historia no autorizada del invento que revolucionó la comunidad universitaria

eudald espluga

09 Enero 2014 09:34

No hace ni trescientos sesenta y cinco días que un acontecimiento eclipsó la atención de los usuarios de Facebook. Acababa de nacer el Informer, un instrumento brillante cuya simplicidad era un insulto a las grandes mentes consagradas a alumbrar apps. Bastaba con crear una página de Facebook para convertirla en el ágora de la sociedad. Todo el mundo podía mandar un mensaje a un administrador desconocido para que se publicara de forma completamente anónima en el muro de la página. Por supuesto, la realidad terminó siendo otra: al Informer se iba a pillar cacho, a trolear tanto a los compañeros como a los archienemigos y, excepcionalmente, a reclamar los smartphones que la melopea del jueves noche había extraviado en discotecas varias.

Un año después, pocos se acuerdan del Informer. Quienes aún no le han hecho un unfollow, hartos de que sus publicaciones le colonizaran el feed, ya nunca se detienen a leer los comentarios. ¿Quiénes son esos pocos espartanos que se resisten a abandonar el campo de batalla? ¿Son acaso los mismos que cierran las discotecas acechando como hienas por si alguna cría despistada se ha retrasado? ¿Queda algo de la vitalidad de una propuesta que durante muchas semanas fue el juguete favorito de la parroquia universitaria?

Un fantasma recorre la universidad

Invención casera, el Informer vio la luz como un apéndice universitario, aunque terminó por salir de la academia y conquistar la península entera. En poco más de una semana, se abrieron un centenar de Informers distintos —algunos compitiendo por el mismo target de población— que contaban por millares el número de usuarios. El misterio y la novedad se mezclaban para engendrar una vorágine de participación que, al menos al principio, se propagó gracias al noble arte del boca oreja.

Como concepto, el Informer se convirtió en un fenómeno viral que se contagió sin cesar. En cambio, como realidad, siempre era un acontecimiento local, pues su éxito dependía de que cada página delimitase un radio de acción. Esa fue precisamente una de las claves de su triunfo: hasta ese momento, uno debía conformarse con cotillear a nivel micro —amigos y amigos de los amigos— o bien a nivel macro, gracias a la prensa rosa y las redes sociales; el Informer acotaba un escenario distinto, y la comunidad universitaria era la víctima perfecta para este tipo de monotorización viciosa. El milenario templo del conocimiento convertido en un gran reality-show donde los jóvenes acudían calientes como las puertas del infierno para convertir el voyerismo en deporte olímpico.

Este nuevo invento daba en el blanco al recuperar el valor en alza del anonimato online. Los Informers consiguieron recuperar el espíritu aún presente de los Fotologs y homenajear las históricas cuentas falsas de Messenger: su fórmula ganadora permitía combinar la cultura del trol, que se había desarrollado a expensas del anonimato, con la crudeza de las guerras cainitas que otrora libraron los adolescentes en los comentarios del Fotolog. De la noche a la mañana éramos libres de burlarnos de todo sin necesidad de dar la cara: la única restricción era tu ingenio.

El realismo sucio como una forma de madurez

Los primeros compases del Informer quizá dieran esperanzas a quienes lo veían como un instrumento inocente al servicio de la comunidad. Es cierto que existió un momento en que el jocoso comentario intrascendente, la reivindicación política y el flirteo amable tuvieron su lugar en la historia del fenómeno. Fue un bonito espejismo mientras duró, ya que pronto las tendencias se extremaron.

En los Informers de pueblos y ciudades, el fenómeno supuso un desafío tan grande a la idea de privacidad que llegó a preocupar a las autoridades. En estos caso, el bullying y la difamación eran la regla: se propugnaban insultos, acusaciones de infidelidad, se ridiculizaba masivamente a algunos individuos. Por supuesto, fueron los primeros Informers en desaparecer, aunque su testimonio es quizá el mejor experimento hobbesiano nunca realizado: el estado de naturaleza —la guerra del todos contra todos— duró el tiempo que sus participantes tardaron en comprender que la hostilidad generalizada y la inseguridad crónica a nadie beneficiaba.

En los Informers 'más civilizados', algunos administradores llegaron a publicar una suerte de código deontológico. En ellos los trols agotaron pronto su repertorio, dejando el camino llano a las huestes de desesperados que vieron en el Informer una forma digna de encontrar pareja. Se generalizó la oferta y demanda de favores sexuales. La gente acudía en masa a ofrecer penosas descripciones —'facultad de ciencias, moreno, metro setenta, ojos marrones'— para llegar a descubrir el nombre del chico o chica cuya mirada les había secuestrado la razón. Algunos también vieron en el Informer el chivo expiatorio de sus patologías mentales, y convirtieron sus muros en la consulta de su psiquiatra, pidiendo asesoramiento a quien quisiera dárselo.

Poco tiempo después de convertirse en un fenómeno, la nueva plataforma ya había encontrado la forma de exceder sus propios límites digitales: aparecieron las Fiestas Informer. Una vez arreglado el acuerdo con las discotecas, el administrador se colocaba en la palestra, junto al DJ, y desde allí ejercía de dealer de la relaciones afectivas. Al entrar en el garito, todo el mundo era identificado con un número, para que así los demás pudieran dirigirse a él a través del Informer, mandando mensajes con sus smartphones. Eras el numero 78 y sabías que una chica estaba loquita por ti. ¿Era tu amigo troleandote? ¿Era esa chica del vestido azul? Pese a toda la incertidumbre, tanto las declaraciones reales como los fakes acababan por generar una espiral de tensión sexual.

Tras las fiestas se pedía a los triunfadores que contaran las hazañas sexuales que la página había lubricado. Se encomiaba a las parejas que dios había creado, y que el Informer había juntado, a que explicarán su romántica historia. Todo el mundo estaba eufórico y creían haber encontrado la herramienta definitiva para ligar.

El Second Store del sexo y el amor

Tras muchos meses en acción, la gente se había cansado del nuevo juguete digital, abandonándolo como acababan de hacer con el Angry Birds y como pronto harán con el Candy Crush. La euforia había dejado lugar a un tipo de ofertas sexuales menos pasionales y más eficientes: 'Tengo una amiga con buena delantera esperando a que alguien se la tire a lo grande. Interesados poner me gusta'. El Informer se había convertido en el Second Store del sexo, en el Badoo de los tiempos modernos.

Paralelamente, empezaron a destacar los chicos y chicas que se definían como cándidos, tranquilos y amables, que pregonaban a los cuatro vientos que tenían el corazón roto, repitiendo obcecadamente que ellos habían venido a 'conocer gente', no a follar despiadadamente. Los likes encumbraron el discurso pagafantas como el más legítimo para reclamar la atención romántica. Lo cual indicaba que tampoco el amor —en su versión disneyficada— quedaba fuera de las rebajas del Informer: se vendía a precio de saldo.

En un panorama semidesértico, con la gente haciendo sexting por SnapChat, o ligando a través del couchsurfing, al Informer ya sólo le queda esta mezcla de desamparo sexual y aspaviento emocional que parece contener graves cantidades de autohumillación. Un paseo por los últimos comentarios de estas páginas permite comprobar la existencia de individuos que responden con un 'me gusta' a las proposiciones de todos los calibres. Sin la pátina irónica que le puedes suponer al trol, la realidad del Informer ha tocado fondo.

share