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Artisteo kamikaze: una odisea precaria en el paraíso

Quién dijo que la emprendizaje iba a estar exento de lagartos y actuaciones en casas de ministros a cambio de víveres. Contamos la historia de Mariano y Carles, 'What a Hard Project'

Todo empezó en un guateque en Barcelona. Mariano, un trotamundos de 32 años nacido en Argentina, conoció a Carles, que a sus 28 años nunca había dejado de estudiar: como si de dos gemelos separados al nacer se tratase, el autodidacta de amplio espectro artístico encontró una potente conexión con este catalán recién graduado en Coreografía en Amsterdam. Venían de caminos distintos pero paralelos, y aquella noche se enamoraron.

Tenían claro que no querían asentarse ni empezar a acumular objetos y necesidades: “Hay mucho espacio en el globo para andar peleándose en las ciudades hipster de creación contemporánea, ¿no crees? Eso sí, antes hay que soltar el deseo de ser el más cool del barrio”, explica Mariano desde algún punto de Malasia. “Queríamos empaparnos del mundo. Eso sí, sin dejar de bailar, actuar y divertirnos. La idea era sacar dinero por el camino para seguir viajando”, añade Carles.

El centro cívico El Sortidor de Barcelona les cedió un espacio para que empezaran a gestar el artefacto artístico que les iba alimentar en una expedición sin fecha de retorno. Organizaron mercadillos y se deshicieron de todo. Para cuando llegaron a Tailandia el pasado 28 de diciembre tenían los bolsillos medio vacíos y una performance inacabada.

Cobras y maquillaje derretido

What a Hard Project!

Carles y Mariano empezaron por Ko Pa Nghan, “la Ibiza de Tailandia, con sus playas paradisíacas, su selva y sus 300.000 personas por metro cuadrado”. En medio de la vorágine turística encontraron una playa solitaria con “pequeños escorpiones, grandes cobras negras y atardeceres de fuego”. Allí plantaron una tienda de campaña y empezaron dos meses de ensayos relajados: “What a hard life!, gritábamos desnudos en una tumbona después de nuestra dura jornada laboral...”. Sin embargo, el sentido irónico de la frase cambió, bautizando finalmente esta aventura artística: “Empezaron a surgir problemas técnicos, el Internet ultra lento, la arena, la insolación, el dolor de espalda tras dos meses durmiendo en el suelo, la ducha que nunca existió, los mosquitos... pasamos a llamarnos What a Hard Project!”.

Carles y Mariano se sacudieron la arena y fueron a presentar su performance, por primera vez, pasando el platillo: “Después de cruzar las rocas y la selva hasta alcanzar la moto, con pestañas postizas y ya con el vestuario azul, llegamos al market con el maquillaje derretido y nos dimos cuenta de que el equipo de sonido no iba a llegar”. Se las ingeniaron para hacerse con la megafonía de una calle comercial, y sus gritos se oyeron como una alarma nuclear. En Ko Lanta, una población de la costa, casi les atropella un camión en plena acrobacia callejera: “Algunos nos ven como superestrellas, nos gritan y aplauden. Otros deben sentir vergüenza ajena y no les culpo. Buscamos un poco eso, explosión, sorpresa, fricción, provocación”, explica Carles.

Lagartos y resorts

Malasia fue el siguiente destino de esta gira imredecible, y al poco de llegar Carles y Mariano aparecieron en el Borneo Post, el periódico local, gracias a una colaboración con el colectivo TACKit en su evento Eclectic Esctatic: “Dimos con el punto de encuentro más cool del artisteo de Sabah”. Sin duda, uno de los momentos más simbólicos de esta aventura fue cuando llevaron su espectáculo a Mantanani: “Actuamos en un resort para el Ministro de Agricultura a cambio de comida para toda una semana y varios viajes con snorkel a las islas vecinas. ¡Hemos bailado hasta en bodas musulmanas!”.

What a Hard Project!

En el momento de esta entrevista, llevaban un mes colaborando con la ONG Blue Life como profesores de inglés en la escuela de la isla de Pulau Mantanani; también daban clases de yoga. Estaban montando una coreografía con un grupo de niñas en conmemoración del Día Internacional de los Océanos cuando sucedió algo inesperado: “Todo iba genial, ¡nuestras niñas nos amaban! Hasta que un día vinieron hombres con palos, nos querían pegar, nunca entendimos qué había pasado. Pasamos de ser los profes guays a perder a nuestros alumnos sin saber por qué”. Después de preguntar por la zona, Carles y Mariano han llegaron a la conclusión que la ONG no goza de muy buena prensa: “Ahora mismo no sabemos qué va a pasar, estamos solos en la casa y no tenemos traductor”.

La precariedad detonante

What a Hard Project!

“Nosotros lo llamamos el cuenco de la precariedad: en él está el sistema de subvenciones, la competencia excesiva entre jóvenes insatisfechos que sueñan vivir del arte y que se dejan la piel currando; el mercado que paga poco y si paga, y los círculos de contactos, openings, galerías de arte… las sonrisas terminan súbitamente cuando uno se gira”. Para Carles y Mariano es muy duro ser un artista independiente en Europa, por eso decidieron cambiar de escena y huir de la mera supervivencia enfurruñada: “Ahora nos sentimos agradecidos por poder trabajar a nuestro aire haciendo lo que nos llena”. Pero, ¿no es un poco kamikaze? ¿No tienen miedo de vivir sin saber qué sucederá manaña?: “El kamikaze vuela rápido y explota. ¡Nosotros también! Pero él pierde la vida. Nosotros, con cada actuación, vemos la nuestra aumentada”.

Mariano y Carles eligieron el puente de madera, el que se tambalea, para conocer circuitos inexplorados y huir de la saturación. Para los momentos difíciles, que los hay, se encomiendan a su propio mantra: “El miedo te aleja del amor. Si hay amor, no hay miedo, es una balanza”. En dos semanas, What a Hard Project se traslada a Indonesia: “Pensamos hacernos ricos, comprarnos una casa, un loro, un perro y calzoncillos nuevos”.

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