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¿Puede que el próximo lehendakari esté ahora mismo encarcelado?

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Charlamos con el periodista Antoni Batista, autor del libro 'Otegi, la fuerza de la paz', para profundizar en la figura política del líder abertzale

Ignacio Pato

14 Diciembre 2015 06:00

Fotografía de Dani Blanco / Argia

No falta mucho. El próximo 28 de marzo, Arnaldo Otegi Mondragón volverá a ser un hombre libre. En poco más de tres meses habrá cumplido los seis años y medio de cárcel a los que le condenó el Tribunal Supremo. Una rebaja de la pena inicial de diez años que la Audiencia Nacional había dictaminado en octubre 2009.

La sentencia del caso Bateragune lo condenó por un delito de pertenencia a organización terrorista en grado de dirigente. También condenado a inhabilitación para ejercer un cargo público hasta 2022, ahora una revisión de la Fiscalía podría permitirle presentarse como candidato a lehendakari en las elecciones de 2016.

El periodista Antoni Batista (Barcelona, 1952) conoce bien a Otegi. Sobre su figura política acaba de publicar el libro Otegi, la fuerza de la paz.

Fotografía de Dani Blanco / Argia

1. EL MAR MUERTO Y LA EXTRADICIÓN

¿Cómo fue tu primer encuentro con Otegi?


Fue un día histórico, el 12 de septiembre de 1998, el día en que se firmó el Pacto de Lizarra que facilitaba la que hasta ese momento era la tregua más duradera de ETA, tres años sin violencia. Otegi firmó en nombre de la izquierda abertzale y estaba claro que esa firma era la que abría las puertas de la paz. Yo cubrí ese acto para La Vanguardia y pude entrevistarle.


Desde entonces tuvísteis innumerables encuentros. Has compartido pinchos y potes con él. ¿Cómo es?


Descubrí a una persona que rompía los moldes del arquetipo del radical vasco, incluso en el vestido. Es inteligente, irónico, culto y un excelente comunicador. Se licenció en Filosofía, se interesó especialmente por la filosofía de la ciencia y de las religiones, domina el apasionante tema de los esenios, los Manuscritos del Mar Muerto y el primer cristianismo. Fue futbolista de pequeño y mantiene todavía una afición muy viva.


Arnaldo estuvo casi diez años entre ETA político-militar y ETA militar. No se le ha podido probar ningún delito de sangre. ¿Crees que de lo contrario hubiera podido emerger como figura política de primera magnitud?


El delito de sangre permanece aún cuando penalmente se haya extinguido o penado con cárcel. Es un lastre demasiado pesado como para no influir en la configuración de un político. Pero eso tampoco es siempre así, y la historia está llena de personas que han saldado deudas morales de su pasado, desde San Pablo hasta Rabin y Arafat, que alcanzaron el Premio Nobel de la Paz.


En 1987 Felipe González convence a François Mitterrand para comenzar una política antiterrorista de colaboración y Otegi, que residía en Biarritz, es uno de los primeros en ser extraditado. En el libro narras también las torturas a las fue sometido en el cuartel de Intxaurrondo.


Es el capítulo que más me ha costado escribir. Arnaldo me pidió precisamente el off the record por no querer vanagloriarse de su sufrimiento. En el libro he tenido que recurrir al estilo indirecto.

2. LIZARRA Y LA TREGUA

Tras varios años en la cárcel, Otegi reaparece en la vida pública en 1995, pero esta vez como parlamentario. Su retórica sorprendió incluso dentro de las filas de Herri Batasuna.


La izquierda abertzale veía que apuntaba, pero desconocía sus recursos y hasta dónde podía llegar en política. Le dieron una oportunidad y el resultado fue extraordinario, porque Otegi es un líder que va más allá de sus propias siglas. Es un político de Estado.


Para la izquierda abertzale, ¿marca el asesinato de Miguel Ángel Blanco en el verano de 1997 el fin de un ciclo de violencia y el comienzo de una apuesta por la vía más puramente política?


Hay muertes, como las de Blanco, Gregorio Ordóñez, Ernest Lluch o el atentado de Hipercor que despiertan un plus de rechazo, que externalizan una protesta masiva y ETA ve que el pueblo vasco, del que se arroga su representación, le está diciendo que no les representa. En el fin de ciclo violento intervienen otros factores, como la implicación de las diplomacias y servicios secretos americanos a partir de la inclusión de ETA-Batasuna en la lista de organizaciones terroristas internacionales, y el autoconvencimiento de ellos mismos de que la violencia no llevará a la independencia de Euskal Herria, y en cambio con la democracia hay opciones.



Tú hablas del teorema "A más ETA, menos independencia". Otegi fue uno de los impulsores del Pacto de Lizarra, la base política de la tregua del 98. ¿La negociación verdaderamente difícil fue con los suyos?

Eso dijo Gerry Adams cuando el Sinn Féin empujó al IRA a la desmilitarización. Había sectores en ETA que no veían razón para dejar la lucha armada cuando la respuesta del Estado no contemplaba ni tan siquiera acercar a sus presos al entorno familiar.



Otegi se aproximó al PNV, al que él mismo calificaba de Partido de los Negocios Vascos, porque intuía que ahí estaba la clave de la paz. Tú dices que cambió al Che por Gandhi.


No cambia sino que añade, porque el Che está ahí siempre. El Che le inspira cuando toma las armas, y Gandhi le inspira cuando las deja.



Los réditos políticos no tardaron en aparecer. Euskal Herritarrok pulverizó su techo electoral tras Lizarra. Los firmantes del pacto sumaron más votos que PP y PSOE juntos. ¿Se encendió alguna alarma en Madrid?


Hay muchos Madrid, pero hay uno que teme el secesionismo, lo estamos viendo ahora en el proceso catalán, donde no se han pegado tiros ni quemado contenedores.


Fotografía de Jagoba Manterola

3. ERNEST LLUCH Y LA VIOLENCIA


ETA rompió la tregua un año después de Lizarra. Tú mantienes, como en su momento hizo el lehendakari Ibarretxe, que Otegi no se lo esperaba.


Una semana antes Otegi estaba en huelga de hambre, defendiendo métodos de lucha no violenta. La decisión de ETA fue inesperada, y eso le libera también de responsabilidad en una opción tan terrible.



En noviembre de 2000, ETA mató a Ernest Lluch. Durante la tregua, Otegi y Lluch se habían reunido, conversado, e incluso Lluch había entregado al dirigente vasco un balón firmado por los jugadores del Barça para su hijo Hodei. ¿Cómo lo vivió Otegi?


Los peores momentos de su vida han sido los que ha pasado en comisarías y cárceles y las marchas atrás del proceso de paz que ha liderado. No le he preguntado a Arnaldo por eso. Quería preguntárselo a Ernest, con quien yo mismo mantenía una vieja y enriquecedora amistad. Habíamos quedado para pasar juntos en su casa de Maià de Montcal, en Girona, el puente de la Constitución de 2000. Pero desgraciadamente le mataron unos días antes.



¿Por qué se instaló la idea en la opinión pública de que la izquierda abertzale, con Otegi al frente, debía “condenar la violencia”?


Porque si la izquierda abertzale no condenaba la violencia se la podía asociar al terrorismo y llevarla a los tribunales, como así fue. Pero ni nadie condena a su entorno, como el PP no condena los crímenes del franquismo, ni la izquierda abertzale pensó que condenando se iban a acercar a la paz. El planteamiento no fue el de criticar desde fuera sino el de propiciar una autocrítica en su entorno y conseguir que la mayoría asumiera que la violencia perjudicaba a todo el mundo, antes que nadie a sus víctimas, pero también al ideal independentista que la impelía.



Mucha gente se preguntaba si Otegi no podía o no quería hacer que ETA "lo dejara” definitivamente. No se fiaban de él.


Y siguen sin fiarse. Hace unos días la vicepresidenta del Gobierno español dijo que Otegi está donde tiene que estar. Y ya sabemos dónde está: en la cárcel. La gran mayoría de medios españoles han performado de una manera bastante monofónica la imagen del Otegi terrorista. Con mi libro quiero desmentirlo, devolverle su imagen real. La de un hombre que cree en la paz como valor ético, no únicamente táctico, y que la defiende hasta sus últimas consecuencias.


Fotografía de Andoni Canellada

4. PAZ Y LIBERTAD

 Con la vuelta de la violencia, muestras a un Otegi desesperado porque sabía que lo más difícil iba a ser convencer a todos, de nuevo, de lo urgente de la paz. Una paz que había demostrado ser políticamente eficaz para el independentismo.


El expresidente del PNV Xabier Arzalluz formuló la “teoría de la úlcera sangrante”, según la cual un Estado puede soportar unas cotas de violencia, aunque por supuesto no las desee y justamente las persiga, pero en cambio le es complicado soportar las revoluciones democráticas.



En su último juicio, por la presunta reconstrucción de Batasuna a través de la plataforma Bateragune, Otegi le dijo a la juez: "La violencia nos sobra y nos estorba". Sin embargo, fue condenado.


La sentencia puede servir para condenarle con la legislación en la mano, que es lo que hace la magistratura, pero su declaración podría servir para galardonarle hipotéticamene en un futuro por su contribución a la paz.



¿Cómo es su rutina en la cárcel de Logroño?


Estudia, lee, hace ejercicio, pasea, está con sus amigos o escribe. Supongo que saldrá habiendo mejorado su inglés, con una nueva licenciatura en Derecho para sumar a la de Filosofía y también con mucha energía para recuperar el tiempo que le han quitado.



Otegi sale de la cárcel pocos meses antes de las elecciones a lehendakari.


Puede que haya una presión internacional tan fuerte, y de personalidades tan significativas como las que le han apoyado hasta ahora (Mujica, Pérez Esquivel, Chomsky, Angela Davis o Žižek entre otros), que desbloquee su discutible inhabilitación. También jugará un papel clave lo que pase en las elecciones que están aquí al lado: será muy distinto que en España gobierne la derecha o gobierne la izquierda...


¿Cuál será la próxima estación política del preso número 8719600510?



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