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Conoce a los apaches, la fascinante subcultura del terror y la anarquía

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'Apaches, los salvajes de París' es la guía definitiva de una de las subculturas más salvajes e interesantes del siglo XX

Ignacio Pato

21 Enero 2015 11:00

“Participan en batallas feroces con cuchillos en las vías públicas y a plena luz del día. No tienen miedo a la policía, sino que la desprecian. Están unidos contra la sociedad”.

¿De quién habla el diario norteamericano National Police Gazette en este artículo de 1905? La respuesta está en los apaches de París, subcultura antagonista o pandilleros salvajes que hicieron suyas las calles de la capital francesa durante la primera década y media del siglo XX.

Con ellos, nos adentramos en un viaje fascinante de la mano del lumpen armado, policías ensangrentados y mujeres de la burguesía atraídas por los tugurios.

Su origen como grupo hay que buscarlo en la prensa de la época. Es ella quien configura la identidad apache y da forma así a un aura audaz y desafiante de la que quieren formar parte determinados jóvenes de los barrios parisinos. Estamos en el París de la Belle Époque, posteriormente idealizado por la burguesía europea. En 1900, aparece por primera vez la referencia a una “tribu de apaches” en la prensa de sucesos. Se comparaba la ferocidad callejera de algunos jóvenes de la ciudad con la atribuida a los indios del sur de EEUU en la literatura de la época. Rápidamente, “apache” se convirtió en sinónimo del delincuente de la peor calaña.

Un ejército de criminales improductivos, con sus propios códigos de silencio y lealtad e incluso con una indumentaria que acabaría dictando moda entre los habitantes de París. La invención de una jerga y de una forma propia de luchar cuerpo a cuerpo contribuyen a su mistificación por parte de las clases acomodadas y de la policía francesa. El uso de un armamento particular es el colofón definitivo a este proceso. Anillos acabados en punta, bastones afilados, brazaletes con pinchos para dificultar su detención... siendo el objeto más célebre la pistola apache, un híbrido de siete milímetros, estilete y puño americano inventado en 1860 que hoy en día seguiría siendo útil si quieres ser un hors-la-loi.

Su historia, como la de toda subcultura, está llena de rincones excitantes. La editorial La Felguera ha recogido en Apaches, los salvajes de París textos de la época y análisis posteriores sobre esta asombrosa cara B europea. Layla Martínez es, entre otras muchas cosas, escritora y autora de uno de estos ensayos: “El terror que producen los apaches en las clases dominantes viene de la posibilidad de que generen una subcultura con códigos que se basan en el desprecio del orden, el enfrentamiento con la ley, la vida al margen de todo lo que la moral burguesa considera aceptable”.

Yo entiendo las ciudades como campos de batalla, como el lugar por excelencia de lo político, del conflicto”. Sin disciplina no hay orden y sin orden no hay productividad capitalista. Cuando los apaches delinquen están desafiando a todo un sistema. La autora prosigue: “Toda delincuencia es política, aunque no persiga en sí misma objetivos políticos. La dominación necesita poder predecir y controlar nuestros actos, necesita de pautas que se repitan, una reproducción constante de unos mismos movimientos, porque sin eso no puede darse la reproducción del capital”.

Entramos de lleno en el quid de la cuestión. Los apaches son temidos porque demuestran que se puede vivir sin trabajar. “En una época en que los obreros se veían obligados a trabajar doce o catorce horas diarias para no tener ni para comer, los apaches se pasean por París viviendo de pequeños robos y del trapicheo, sin otra cosa que hacer en todo el día que deambular por las calles, planear atracos y emborracharse en antros de mala muerte hasta la madrugada. Eran un ejemplo indeseable”. 

¿Podemos establecer algún paralelismo externo a esta subcultura? Para Layla, hay uno cercano: “Los apaches fueron los canis de su época. El principal problema para el sistema es que no son productivos, son elementos indeseables de la sociedad en tanto que no son productivos, que no hacen nada”.

La chusma, la peste, la plaga de París. Los gritos de alerta de los diarios de la burguesía anunciaban la perdición: “Más de 30.000 rufianes contra 8.000 policías”. Los reyes de la ciudad, convertida ahora en un campo de batalla. Como en agosto de 1904, cuando en plena Bastilla se produce una gigantesca reyerta entre dos bandas de Apaches que dejaba tres muertos cuando apareció la policía. Entonces, los dos clanes rivales unieron sus fuerzas e hicieron causa común contra las fuerzas del orden, cuyas filas acabaron con varios agentes tiroteados.

Los Apaches ofrecían un reto visual que además ejercía magnetismo sobre la burguesía. Sus cuerpos tatuados, especialmente en brazos y pecho, les emparentaban con el lumpen marinero y presidiario. En la prensa española, se pudieron leer en 1911 las palabras “pinacotecas móviles” para referirse a este fenómeno.

En la prensa francesa no faltaban historias sobre escapadas de mujeres burguesas a los antros donde se abandonaban a la virulenta “danza apache”. Layla Martínez alerta: “Se entiende a la mujer como lo salvaje, lo irracional y lo pasional frente a lo contrario, que sería el hombre. Las burguesas se dejan llevar por sus bajos instintos cuando van a buscar al apache, al salvaje. Con esas historias están creando la cobertura ideológica que justifica la dominación del cuerpo de las mujeres, que tiene que ser sometido para poner coto a esa sexualidad desbordante y amenazadora”.

El apache es, entonces, el arquetipo de enemigo de las personas de bien: "Es el que “representa el terror burgués, les obliga a vigilar a sus hijas para que no se escapen por la noche, a cerrar con llave su casa, a esconder las joyas cuando pasean por la calle. Pero el capitalismo tenía un enemigo mucho más preocupante en aquella época: el movimiento obrero”, reconoce Layla.

La Primera Guerra Mundial acabó con los apaches. En el prólogo a la novela Los señores apaches, de 1928, el escritor Wenceslao Fernández Flórez lo resumía así: “Y ante las primeras víctimas inocentes despedazadas en las calles de la ciudad con una granada caída del cielo, se dieron cuenta con amargura de que ya no cabía esperar que impresionase a la gente el cadáver de un burgués limpiamente herido por un estilete en el corazón”. Y es que puestos a destruir, nada mejor que los propios estados, claro. 

Layla Martínez acabará este año un libro que situará atentados, incendios y magnicidios en los mapas de Barcelona, Madrid, Argel o San Petersburgo. Mapas de batallas perdidas de antemano, capas de ciudad enterradas en el subsuelo. Toda una cartografía terrorista, una anti-guía urbana que conecta crimen, instinto y revolución. Ciudades enteras al borde del abismo, como aquel París de la chusma apache.



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