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Guía espiritual de Allen Ginsberg para perderse y encontrarse en la India

Viajar para dejarlo todo atrás; escribir para crear un nuevo mundo

Era marzo de 1961 cuando Allen Ginsberg tomó la decisión de dejarlo todo atrás y marcharse a la India. Su madre acababa de morir, sus amigos empezaban a alcanzar la fama y todo aquello que antes definía a los beats parecía estar desvaneciéndose. ¿Será que llega un momento en la vida de todo grupo literario en el que el éxito los corrompe?

Para no corromperse, ni destrozarse, ni quedarse estancado, Allen Ginsberg dio aquel paso que llevaba años planeando: el de viajar a un lugar en el que su espíritu se fortaleciera, refugiándose en una cultura y en una religión muy distintas a la de su procedencia. Pero Ginsberg no estaba solo en esta obsesión por el budismo, la filosofía oriental y la búsqueda de la regeneración del alma. De hecho, durante el año entero que pasó en la India estuvo acompañado de su pareja, Peter Orlovsky y también de los poetas Gary Snyder y Joanne Kyger.

«La mano azul»

Caminatas por un país que se debate entre la pobreza y la corrupción, drogas extrañas que ayudan a la evasión, la enfermedad, la locura, los celos, la escritura y también el germen del que terminaría por convertirse en uno de los más grandes estandartes de los beat se forjaron precisamente en ese viaje de un año que la escritora Deborah Baker narra en su libro La mano azul.  Publicado en 2008 en los Estados Unidos y traducido recientemente en España, este volumen es una especie de manual muy necesario para aquellos que se preguntan cómo fue aquella experiencia que según Ginsberg le cambió no sólo su propia vida, sino también la manera de pensar, escribir y actuar de sus compañeros escritores.  

Pero no se trata de una biografía al uso, ni tampoco de una novela. Aquí las vidas de Allen Ginsberg y demás beats transcurren como si fueran muy cercanas, muy tangibles, muy nuestras. Las cartas que Allen se cruzaba con Corso, los fragmentos de los diarios de Snyder, los bocetos de los primeros poemas de Kaddish con los que Allen pretendía dar voz a la pobre memoria de su madre, además de algunos testimonios encontrados en novelas y entrevistas son parte de las piezas de las que Baker dispuso para recrear esta historia. Un año completo contado no sólo a través de Ginsberg, sino también a través de otros autores, y de uno de los personajes más enigmáticos y olvidados de la generación beat: Hope Savage, la amante de Gregory Corso y una extraña viajera hippie de la que poco más se ha vuelto a saber.

¿Guía de viaje a la India o guía de viaje dentro de uno mismo?

La narración de Baker deviene confusa en ocasiones, quizá porque en apenas 300 páginas intenta reunir un año completo de vivencias, de anécdotas, de política y de enseñanzas que acaban por confundir al lector. Sin embargo, entre sus páginas también encontramos ciertas claves que sirven no ya de guía espiritual para viajar a la India, sino más bien de guía fundamental para perderse y encontrarse a uno mismo. A saber:

1. Huye. Huye y conoce lo inhóspito.

2. No te dejes llevar por la fama. Tu dignidad es la dignidad de tus futuros textos.

3. Se humilde. Porque quizá los más pobres tengan lecciones que enseñarte.

4. Estudia. Conoce otra cultura. Quizá sus dioses se parezcan más a tus dioses de lo que pensabas.

5. Y no alardees. Que tu experiencia sea tuya. Tu viaje no es una hazaña sino una transición absolutamente necesaria. Un regalo. O como concluye Baker en las últimas páginas de La mano azul:

«Lo que reconfortaba a Allen Ginsberg, y lo que le reconfortaría durante el resto de su vida, era la dulzura y la compasión que había encontrado entre los sashus, charlatanes, poetas y santos de la India. Le habían cantado y habían tomado la mano. Habían tocado a su amante y habían palpado sus pies; habían chasqueado la lengua con compasión cuando Allen les había confesado su miedo a los demonios, a no tener hijos, a la vejez, al abandono y a la muerte. “¡Cuánto daño, cuánto daño!”, había murmurado Devraha Baba. La mano azul a la que se aferraba no era necesariamente la del flautista Krisnha, la de la cenicienta Shiva o la de las maternales y furiosas Kali y Tara. La mano azul era algo más inefable, delicado y tierno. En el tren, Allen se dio cuenta de que después de todo no volvía a América con las manos vacías. La India iba con él.»

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