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Alberto Garzón o por qué cuando vas de bueno nadie te hace caso

Un líder político buena persona y fiel a un discurso. El candidato ideal sobre el papel, el marginado en la realidad

Le llaman outsider de la política, el líder díscolo de la izquierda que se presenta al 20-D como el gran olvidado.

Es Alberto Garzón (Logroño, 1985), rechazado en los debates de televisión, y a su vez ensalzado como el último líder purista de la izquierda, representante de 1.686.040 votos en las últimas elecciones de 2011 (el 6,92% de las papeletas).

Pese a la sangría que ha supuesto la aparición de Podemos, Izquierda Unida —que se presenta bajo el nombre de Unidad Popular-IU— obtendría, según las encuestas, un 5% de los votos, un 1,9% menos que en las elecciones de 2011.

En las elecciones municipales del pasado mayo, la formación de izquierdas obtuvo 1.054.376 votos. La pérdida con respecto a las generales de 2011 fue importante. Pero, a pesar de todo, sigue contando con más de un millón de personas que confían inamovibles en el discurso de IU.

La potencia actual de las nuevas fuerzas políticas y el siempre polémico reparto de escaños por número de votos que establece la ley D'Hont apenas le dejaría con representación parlamentaria.

Pureta de la izquierda

Sin embargo, y pese a los malos datos, el nuevo éxito de la política espectáculo y la vehemencia de Rivera e Iglesias no han conseguido mover un ápice su talante. ¿Un talante perdedor?

Garzón, más que por ganar o perder, siempre se ha preocupado por la pureza de un discurso y unas ideas que tienen fans inmutables, aún a riesgo de quedarse atrás.

Para su entorno, Garzón es un líder nato y carismático. Es incluso el líder político mejor valorado después de Albert Rivera, según la última encuesta de Metroscopia publicada esta semana para El País.

“Siempre que he ido con Alberto por la calle, la gente es simpática con él. Jamás ha recibido un insulto”, dice uno de sus más cercanos colaboradores para poner en relieve una personalidad abierta, sincera y transparente, que huye del enfrentamiento y prefiere la cocción lenta al fast food, la política del convencimiento y los argumentos a la política del espectáculo.

“Más que cautivar, lo que busca es hacer pedagogía”, nos dice, por su parte, su hermano Eduardo. 

Demasiado bueno

Sería, en definitiva, lo que todo ciudadano demandaría sobre el papel de un líder político en los tiempos actuales. Pero en el mundo real los resultados le siguen condenando a la parte baja de la tabla. Su renuncia al maquiavelismo quedaba patente en una entrevista publicada en El País:

“Lo que más [rechazo es] la hipocresía. Convertir la política en un instrumento maquiavélico [...]”.

Nos preguntamos: ¿no ganaría más votos si fuera más cabrón, más maquiavélico?

A Garzón parece pasarle lo que ocurre muchas veces en las parejas: en teoría, parece que lo tiene todo pero al final, nadie se queda con él.

Este colaborador nos cuenta que, si Garzón traicionara su estilo con el fin de alcanzar poder para luego cambiar las cosas, lo estaría traicionando todo:

Siempre se ha entendido la política como la práctica del maquiavelismo, pero no es la única forma que hay. Igual que en el mundo puede afrontarse la política exterior desde el enfrentamiento o desde la cooperación, o la economía mundial desde las prácticas agresivas de las multinacionales o desde el consumo responsable. Alberto siempre está en el segundo estilo, y eso también incluye a las formas de llegar al poder”.

Prometeo encadenado

Bajo el amparo del 15-M, cuando Rivera era solo un diputado de oposición en Cataluña y Pablo Iglesias un profesor universitario, Garzón se perfilaba como el líder joven que iba a encarnar la regeneración política en España.

Pero su estilo pulcro y silencioso le hizo convertirse en el candidato olvidado con la irrupción de las nuevas fuerzas.

Esto, unido a las estructuras tradicionales que encorsetaban a IU y la marginación a la que los medios han sometido tradicionalmente a la formación, le impidieron remontar.

“Cualquier fallo de IU siempre se ensalzaba, mientras que, en el origen de Podemos, eso no pasaba”, recuerda su hermano.

Garzón era el candidato ideal para la nueva política, pero que arrastraba el triple de peso que sus contrincantes naturales. Era el soplo de esperanza que todavía no había cruzado la meta. En parte por su virtuosismo, en parte por el contexto en el que se movía.

Además, la pureza de su discurso de izquierdas es la antítesis del discurso amplio con tendencia al centro hacia el que ha derivado Podemos con el objetivo de ser una fuerza política decisiva.

Garzón es alguien con talla humana e ideológica, pero quizá no una bestia política, si entendemos la política como lo que les está funcionando a Rivera e Iglesias.

IU y su líder quieren mostrar coherencia mediante una actuación del todo limpia, pero, ¿del todo ineficaz? Para él, al igual que para su entorno, no. Porque es mucho más importante tener a un votante convencido que a mil dubitativos.

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