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"Me dedico a ponerte muertos en el desayuno"

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Alberto Arce relata sus dos años de corresponsal en Honduras, el país más violento del mundo

Alba Muñoz

09 Febrero 2015 06:00

Fotografías de Alberto Arce. Ilustraciones de Germán Andino.

Durante dos años (de 2012 a 2014), Alberto Arce fue el único corresponsal extranjero en Tegucigalpa, capital de Honduras, el país donde se registran más asesinatos del mundo.

Su trabajo allí fue hacer lo que se conoce como "notas rojas", periodismo de sucesos e investigación, casi siempre vinculados al crimen. A partir de aquella experiencia, que no olvida ni quiere olvidar, escribió el libro de crónicas Novato en Nota roja, recientemente publicado por Libros del KO.

Arce acepta esta entrevista con la condición de que no le hagamos preguntas tópicas, de que no temamos fusilarle, y admite que hablar sobre lo que vivido tiene mucho de terapia.  

¿Tienes pesadillas sobre Honduras?

Tengo pesadillas violentas en general que nacen de escenas que he vivido o visto en internet y mi cerebro ha mezclado, en las que siento que un grupo de hombres me saca de la cama o me disparan en la cabeza. Las tenía antes de Honduras. Desde Gaza. Las tuve mientras viví en Honduras. Sigo teniéndolas después de salir. Lo extraño sería no tenerlas. Las veo como algo positivo. Así al menos el trauma se escapa por algún lado, el cuerpo te avisa de que algo no va bien. Es mejor tener pesadillas que comportamientos violentos y desubicados con tu entorno, que alcoholizarte o engancharte a la droga más allá de lo que puedas controlar.


Tienes miedo a que paren el coche y te lleven. Puedes acabar descuartizado, torturado y decapitado



El otro día me dijiste por chat que te ofrecieron una pistola y dudaste en comprarla. ¿Por qué no lo hiciste?

En América Central la gente tiene un arma en su casa, no es extraño, incluso algunos periodistas salen a reportear armados, están aceptadas socialmente. Sin embargo, ningún periodista que haya conocido cree que pueda defenderse con una pistola. Porque para eso hay que saber usarla y estar dispuesto a usarla. No va por ahí.

Tienes miedo a que paren el coche y te lleven. Puedes acabar descuartizado, torturado y decapitado porque has visto eso a menudo, porque sabes que los pandilleros lo hacen en sus "casas locas". Si ves que te van a llevar, haces algo con la pistola o bien para escapar o bien para que te maten rápido y ahorrarte ocho horas de dolor. Suena bestia, pero es lo que he hablado más de una vez con algún colega. Yo nunca he tenido una pistola propia, pero me han dicho que tenerla sirve para eso: escapar o terminar rápido.

¿Qué miedos recuerdas de tus dos años como corresponsal?

Quedarse atascado en el tráfico y asustarse por cada moto o cada coche con los cristales tintados que se para a tu lado. El miedo en un contexto como ese surge porque llevas un iPhone encima, o a veces dinero en efectivo para pagar el alquiler, por ejemplo. No necesariamente por ser periodista, sino por ser extranjero, porque pegado a mi cuerpo hay algo por lo que otra persona está dispuesta a matar.
Tuve miedo a vivir en las casas del barrio alto, a ser la imagen de la desigualdad, a pertenecer al 10% de la población que tiene infinitamente más que el 90%. Esa desigualdad te sitúa en condición de vulnerabilidad extrema al crimen común, el robo que muchos desposeídos sienten como única vía de salida posible a su hambre.

¿Tienes complejo de culpa?

Un reportero que tiene como materia prima el sufrimiento de quienes le rodean se somete a una autocrítica extrema. Piensas sobre la utilidad de nuestro trabajo y nuestra irrupción, gratuita y fútil en las vidas de los demás. Si no sirve de nada, no merece la pena molestar a los demás. Les molestamos mucho. Les pedimos los detalles de su hambre, de su pobreza, de su humillación, del asesinato de su hijo para exponerlos en un escaparate. Si no les sirve a ellos para nada, nosotros nos beneficiamos de esa realidad. No es justo.

Tú sufres, ellos sufren.

 Vivo en un mundo de machos alfa en el que si uno reconoce que tiene estrés post traumático, parece que no es capaz de hacer su trabajo. No es cierto, se puede. Sólo hay que mantener la capacidad de cuidarse para llegar a viejo sin perder el control. 

La cobertura de la violencia modifica el carácter, alimenta el cinismo, te obliga a combatir y centrarte en lo importante: no olvidar nunca que eres periodista por la gente, para convertirte en altavoz de la realidad. Si no crees en un motivo superior a ti mismo por el que estar ahí, a pie de fosa común, oliendo a muerto, sin ser forense o fiscal, no puedes cubrir realidades violentas durante períodos largos, porque te conviertes en un mierda.  


Regresas de escuchar a un adolescente asesino y te encuentras con una pared blanca, silencio, un montón de cajas de pizza vacía y a lo sumo un Skype. Muy poco épico


Dejaste los focos de actualidad, los conflictos abiertos como Gaza o Libia, para "meterte en el otoño de Honduras", un infierno poco mediático y que, sin embargo, es mucho más mortífero.

En una trinchera libia saqué una foto de mi hija, que tenía seis meses, y me dije, chaval, tienes que dejar de hacer esto. Había intención de parar. Pero de algo hay que vivir y acabé en Tegucigalpa. Al menos a Libia no arrastré a nadie conmigo, a Tegucigalpa, sí. En un contexto en el que el periodismo se ha precarizado mucho, la elección es dejarlo o agarrar lo que hay. Y lo que hay suele ser lo que nadie más quiere hacer. Yo no tengo ninguna historia épica que contarte. Soy un padre de familia que vive de su sueldo y vende su fuerza de trabajo. Podría ser mucho peor.

Ellas se marcharon al cabo de un año y pasaste el siguiente solo, haciendo notas rojas, periodismo de sucesos, investigación. ¿Fue distinto ese segundo año?

Soy un cabezón testarudo y orgulloso. Me dije que yo no tiraba la toalla como periodista y ya. Así que te privas del hogar, te pierdes el 50% de las primeras letras de tu hija y sigues creyendo que el periodismo sirve para algo. Regresas de escuchar a un adolescente asesino y te encuentras con una pared blanca, silencio, un montón de cajas de pizza vacía y a lo sumo un skype. Y se te cae todo también. Muy poco épico. ¿Me llegan a pegar un tiro y de qué le hubieran servido a mi familia las palmaditas en el hombro? Todo muy cutre.

Al final del libro, Jorge, un joven desarrollador de aplicaciones, te suelta la siguiente frase: “El crimen es solo la mejor optimización de los recursos disponibles del país, es imposible que tanta gente sea mala por placer”. ¿Crees que es un buen resumen del colapso y la locura instalados en Honduras tras el golpe de estado de 2009?

La violencia en Honduras es estructural. Sucedía antes del golpe, sucedió durante y ha seguido sucediendo después. Tras el golpe se disparó porque el estado, de alguna manera, se quiebra y se pierden los pocos incentivos que existían para cumplir la ley, la cooperación internacional abandona el país, se generan espacios de impunidad aún mayores que los anteriores.
No hay, para mí, relación causa efecto entre violencia y golpe, sólo una precarización de un problema preexistente. La violencia es sistémica y se debe a la existencia de una masa de jóvenes sin futuro, sin puntos de anclaje familiar ni social, sin sistema educativo, si trabajo, sin ningún colchón que les proteja del caos.


La violencia es vil, miserable, gris. Las guerras entre pobres tienen casi todo por ocultar. A veces la víctima también tiene algo que ocultar



¿Qué hay del fenómeno de las pandillas?

Debería ser estudiado y explicado con detenimiento y profundidad, siguiendo, por ejemplo, el ejemplo de la Sala Negra de El Faro en El Salvador, que marca pautas para entender la violencia de su país, tan similar a Honduras. ¿Qué le ha pasado a una sociedad que sólo le ha dejado como mecanismo de pertenencia a gran parte de su juventud la integración en pandillas callejeras que viven de la extorsión y el narcomenudeo? Llevar un paquete de marihuana de una calle a otra paga más que trabajar días enteros en la construcción.

Problemas estructurales, de nuevo.

Habrá que examinar por qué en el país no se cumple la ley del salario mínimo, por qué un trabajador que se rompe la espalda no puede alimentar a su familia, por qué si los salarios son de hambre, los alimentos cuestan lo mismo que en Estados Unidos, por qué las mujeres tienen cuatro o cinco hijos cuando no pueden hacerse cargo de ellos pero si abortan van a la cárcel, por qué quienes pueden no pagan impuestos y viven aislados de la sociedad, protegidos por esa seguridad privada que les dan los mismos militares que deberían protegerlos, etc.

La cocaína que Colombia produce con destino a los Estados Unidos provoca hasta el 70% de las muertes en Honduras según su propio presidente. Si el estado no protege a sus ciudadanos, si se ha abandonado a la población a la ley de la selva, ¿puede culparse a la población de que sobreviva aplicando la ley de la selva?

En la ciudad de San Pedro Sula se producen más muertos que Bagdad o Kabul. Muy pronto enfrentas al lector con el empacho de sangre: “Aquí no hay nada que contar”. ¿Qué le pasa al periodista cuando la violencia deja de sorprenderle?

En América Central la muerte no viene dada por una guerra de liberación, por un sacrificio que se ha escogido voluntariamente. Los hondureños mueren en su camino al trabajo o mientras juegan un partido de fútbol por no pagar una extorsión de 10 dólares. Te sitúas ante algo muy sucio, de muy poco interés histórico, de lo que es muy difícil extraer aprendizajes universales. La violencia es vil, miserable, gris. Las guerras entre pobres tienen casi todo por ocultar. A veces la víctima también tiene algo que ocultar. Todo el mundo miente por miedo y supervivencia.

Nace el cinismo. Dejas de sorprenderte. Te das cuenta de que la cabeza te ha hecho clic cuando te pasas una tarde revisando el blog del narco y sus vídeos de torturas, porque has perdido el punto de referencia, porque llevas semanas hablando de violencia y viendo fotos de muertos y muertos por todas partes. Llega un momento en el que sientes que no hay nada más que contar. No porque no lo haya sino porque dejas de verlo. Tú estás ahí, dentro de un volcán que te quema pero ya no tiene interés, donde te encuentras con un taxista asesinado en la esquina de tu casa y ya ni siquiera puedes escribirlo para descargar porque ya lo escribiste el año pasado. Ahí apagas y te vas. Seguirán muriendo y la historia es un bucle en la que tú mismo no vas a hacer más que repetirte y seguir comprando boletos para cometer un error y que te toque a ti.  


Derechos humanos son los de todos, los de los taxistas y los de los policías también, no solo los de los activistas políticos


Honduras también es el país donde mueren más periodistas per cápita del mundo, pero tú te enfrentas a un tabú y te preguntas: ¿quién vigila a los periodistas? Muchos de ellos parecían tener conexiones con el crimen...

En Honduras se dan prácticas de corrupción periodística graves, empezando por el pago sistemático que muchos periodistas reciben de sus propias fuentes para condicionar las coberturas, pasando por periodistas que cuando consiguen información lo que hacen es ir al afectado y vendérsela. Extorsionan a cambio de no publicar determinadas informaciones.

Otros pasan de su escaño en el congreso a su programa de televisión con una facilidad pasmosa. Otros hacen programas pagados y encargados, por ejemplo, para lavar la imagen de un narcotraficante condenado a varias cadenas perpetuas. Desde la izquierda. Luego dicen que reciben amenazas. A ver, seamos serios.

Uno de los que más ruido hizo durante el golpe de estado, de los más amenazados, ya diputado, acabó sacando su pistola para matar a un taxista que le había votado durante una discusión estúpida de tráfico y plasmando el tipo de persona que era.

Trazas en tus crónicas un marco ampliado de enemigos del trabajo periodístico, e incluyes a las ONGs y sus "homilías". Nadie las critica, tú sí.

Yo no critico a las ONG. Explico que en Honduras me he encontrado con una serie de activistas con una agenda política clara y que su objetivo es introducir su agenda en la cobertura del periodista. Hace años, casi en una vida anterior, me sentía activista. Ahora creo que no hay mayor activismo que mostrar la realidad bien fundamentada, en base a hechos contrastables y de manera fría, sin dejarse llevarse por ninguna emoción.

Hay personas que creen que todo lo que sucede en Honduras viene del golpe de estado, que creen que en el país se vive una situación de represión política salvaje contra la oposición. Mi respuesta siempre ha sido la misma: mostrádmelo con hechos claros. Yo no paro de buscarlos. La realidad es muy gris, muy ambigua, muy confusa. Los hechos no son lo mismo que los rumores. En Honduras muere más gente asesinada al día por crimen común que el número de muertos que recoge el informe de la Comisión de la Verdad como derivados de la violencia política del golpe. Derechos humanos son los de todos, los de los taxistas y los de los policías también, no solo los de los activistas políticos.


El periodismo puede ser un instrumento de transformación social o puede ser tan extractivo como una multinacional petrolífera



Uno de los puntos fuertes de tu libro son las reflexiones impúdicas sobre el periodismo: empiezas diciendo que Honduras es una rave para los que aman el fuego y el barro, y terminas hablando sobre lo irrelevante e inútil que el trabajo allí puede llegar a ser.  

Uno llega a la rave de dolor y muerte y se acerca a un niño para que le cuente su historia. Ese niño te pregunta: ¿alguien me va a ayudar?, ¿me va a servir de algo contarte mi historia? Y tú le dices, “no te prometo nada, pero ojalá”. Y pasa un año y te escribe y te dice: “no sirvió de nada, nadie me ayudó”. Pero tú recuerdas que gracias a su historia te fuiste una semana al Caribe, te sientes, cuando menos, irrelevante, cuando no algo mucho peor.

¿Crees que tú mismo, en tus inicios como reportero, bebiste de la épica heroica, testosterónica, del periodismo de guerra? ¿Crees que tu trabajo en Honduras te ha enseñado algo en ese sentido?

Por supuesto. Punto de quiebre: Gaza. Salí de allí con la cabeza reventada. Y a esa cabeza reventada le pusieron un amplificador. Obvio que ese altavoz vomitó a veces cosas lógicas y a veces estupideces de macho alfa. Una de las cosas más importantes del periodismo es trabajar en equipo y tener estabilidad vital. No puedes salir de una guerra con todo el dolor que te deja dentro, sin tener un grupo de amigos y profesionales que entiendan lo que has visto, con los que centrarte, y sin saber cómo vas a pagar el alquiler el mes que viene y además ser una persona normal y equilibrada. Yo me salvé de la gilipollez escuchando a los que eran mayores que yo y tenían más experiencia que yo. Así aprendí, aprendo cada día, a decir menos tonterías, que he dicho y hecho muchas.

¿Crees que ha llegado un punto en que la duda, fragilidad del periodista, son actos de pureza profesional ante escenarios tan desgarradores y caóticos?

Si tú eres capaz de ver sufrir al ser humano sin dudar sobre la ética y la manera en la que haces las cosas es mejor que dejes de hacerlo. Para un periodista es muy fácil cosificar a los seres humanos y convertirlos en categorías resumidas a una línea que dan el color que necesito para forzar tu aplauso. Figurantes de una obra que manejo a mi gusto y para mi propio lucimiento. Esa es la duda, ese es el riesgo. Esa es la dirección en la que avanzamos.  


¿Estás más loco ahora que antes de vivir y trabajar dos años en Honduras? ¿Eso significa estar más cuerdo?

Yo estoy perfectamente cuerdo. Si acaso es el sistema el que no lo está. El que quiere hacerme ver cosas que no son. Yo, periodista, formo parte de una burbuja bienpensante y políticamente correcta. El resto del mundo, la mayoría del planeta, tiene problemas para llegar a la escuela, para curarse de una bronquitis, llegar vivo al puesto de trabajo o tener agua corriente en la casa.  A mí me pagan por traerte esa guerra a los ojos y espetártela mientras desayunas o vas en el metro pasando páginas en el iPhone. Quiero creer que te importa. Si dejo hacerlo, me convertiría en un hijo de puta que ve en el sufrimiento de la humanidad un divertimento morboso del que extraer beneficios.

El periodismo puede ser un instrumento de transformación social o puede ser tan extractivo como una multinacional petrolífera que se lleva la riqueza de una comunidad sin dejarles nada a cambio. Es un problema de foco y de actitud. Poco más se puede hacer. El día que sinceramente deje de poner por delante a las personas a las que entrevisto, seré la persona que no quiero ser. Estaré loco, sí. Dirán que soy un triunfador y en realidad, estaré loco.  

Si se ha abandonado a la población a la ley de la selva, ¿puede culparse a la población de que sobreviva aplicando la ley de la selva?



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