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Esto es lo que ocurre cuando una mujer se rebela y abre la boca

El relato autobiográfico de Agota Kristof no es otra cosa que un posicionamiento, una aventura, un grito de guerra: "yo puedo"

Tiene diez años y sus padres le acaban de castigar por haberle dicho a su hermano pequeño que es adoptado, pero que aun así toda su familia lo aprecia. Encerrada en su cuarto se lamenta por lo ocurrido pero pese a todo continua inventando historias.

Tiene catorce años y vive en un internado en el que sólo puede sobrevivir gracias a su imaginación. Sus padres no pueden darle dinero y por eso ella decide ganarlo representando teatrillos satíricos en el colegio.

Tiene veintiún años y acaba de huir de su país. En su espalda lleva el peso de la maternidad, en su pecho el de un marido al que esperar en casa, y en su mente miles de poemas sencillos, que algún día leerá en voz alta.

Tiene cincuenta y ha terminado una novela escrita en una lengua que ni siquiera es la suya pero que la guerra, el dolor y la pasión de una época le han obligado a aprender a escribir. Se llama Agota Kristof y, aunque nadie confía en ella, se convierte en una de las escritoras más relevantes de su tiempo.

La tierna historia de una mente perversa

Las vidas, aparentemente, son muy pequeñas. Las vidas pueden resumirse en tres o cuatro párrafos con ideas dispersas, y con ellos es suficiente para plasmar todo un mundo. A Agota Kristof (Hungría 1935; Suiza 2011) le son suficientes once capítulos repartidos en tan solo cuarenta páginas para resumir su propia vida. El libro La analfabeta, recién publicado en España por Alpha Decay, es de hecho un ejercicio de humildad, teniendo en cuenta la cantidad de sucesos alucinantes que le ocurrieron a la escritora. Sin embargo, ella prefiere mantenerse al margen. Ser concisa. Contar la verdad de la manera más sencilla y elegante posible: porque las vidas, realmente, son muy pequeñas, y a veces lo más honesto es desvelarlas en sólo tres o cuatro pinceladas.

Kristof, conocida por su obra El gran cuaderno y sobre todo por la apasionante Claus y Lucas, es una autora de culto que ha sabido remover las entrañas y hacer latir los corazones de varias generaciones de lectores desde que comenzara a publicar en los años 80. Por entonces ya era una mujer madura, pero estuvo dedicada a la literatura toda su vida. Desde niña le gustaba contar mentiras con esa mente perversa que tienen las preadolescentes despiertas. Conoció la felicidad, y también conoció la guerra, pero en cada etapa de su vida sintió pasión por la lectura, por la escritura, por la necesidad de mirar, de degustar y de contar cada una de sus realidades.

Cuando tenía sólo catorce años, Kristof no sabía aún qué le depararía el futuro, pero en los ojos de su familia ya notaba la angustia de una pobreza y de los estragos de una guerra recién acabada. En esa época, internada en un colegio femenino, escribía obras de teatro que representaba a escondidas en el recreo o en las habitaciones para sobrevivir y ganar algunas monedas. La escritura era su refugio ante la realidad de una familia rota, y ante la presión de una enseñanza demasiado estricta y aburrida.

Una mujer brutal que abrió la boca y nunca quiso callarse

A los veintiún años tuvo que abandonar todo lo que había conocido, y en este momento fue cuando empezó su rebelión silenciosa. Desde su Hungría natal emigró con su marido y su bebé a Suiza, allí trabajó en fábricas, como una mujer más, entre máquina y máquina escribía sus poemas, sus pensamientos íntimos, sus gritos de socorro impregnados de literatura. La vida había cambiado muchísimo, ella era una extranjera, una obrera, una mujer más dentro de un sistema al que al menos debía agradecer el apoyo, el respeto y la supervivencia. Agota Kristof construyó su vida con sus propias manos, y con esas manos, construyó un montón de palabras.

Puesto que el húngaro era esa lengua maldita que debía dejar atrás, la escritora se atrevió a aprender un idioma que le era extraño. El francés sería entonces su única llave para convertirse en alguien, y por eso, a pesar del esfuerzo que suponía, decidió escribir en la que no era su lengua materna sino aquella que le había sido impuesta. Empezó a colaborar con pequeños teatrillos amateurs, y poco a poco su nombre cobró importancia en el mundo de la dramaturgia suiza. Un día, terminó su primera novela, y con todo el valor del mundo se la hizo llegar a un puñado de célebres editores franceses, hasta que logró publicarla y convertirse en un bestseller.

Dice Agota Kristof en estas páginas que tuvo que pelear con la vida, que tuvo que pelear con la guerra, que tuvo que pelear con la maternidad, con el machismo, con el trabajo… pero también cuenta que, sobre todo, tuvo que pelear con la lengua. Ella se llama a sí misma analfabeta, pero lo que Kristof representa, en realidad, es a un verdadero icono. A una verdadera heroína. A una mujer brutal que abrió la boca y nunca quiso callarse.

Construyó la vida con sus propias manos, las mismas con las que luego nos entregó tanta literatura

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