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La policía está abusando de los migrantes que quedan en Calais para "que se marchen"

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Palizas, agresiones con gas pimienta y privación de comida y de ayuda humanitaria: la rutina de los aproximadamente 700 migrantes que permanecen en Calais diez meses después del desmantelamiento de "la jungla"

alba losada

11 Agosto 2017 14:36

Getty Images

Eran las seis de la mañana y Abdulla (nombre ficticio) dormía entre los árboles del bosque de Calais cuando le despertó el ruido de unos pasos que anunciaban una huida.

A los pocos segundos, apareció la policía para golpearle la pierna y rociarle los ojos con gas lacrimógeno, entre gritos que le exigían que abandonara el lugar.

Pero, al igual que los aproximadamente 700 migrantes que permanecen en Calais diez meses después de que se desmantelara la llamada "jungla", el joven afgano de 17 años no tiene adónde ir. Todos siguen persiguiendo incansables el sueño de alcanzar en Francia o en Reino Unido las oportunidades que les fueron arrebatadas en sus países de origen.

Ahora, la policía francesa, especialmente la antidisturbios, ha convertido el único lugar al que pueden llamar "hogar" en su infierno particular con un único objetivo: "que se marchen", lamenta a PlayGround Maddie Harris, fundadora y directora de Humans for Rights Network, la organización que documenta y denuncia abusos y otros incidentes violentos en zonas como Calais. También ha sido ella quien ha hablado del caso de Abdulla.

"Se están perpetrando esta clase de abusos a diario. Ocurre con tanta frecuencia que los refugiados ya lo han normalizado. Al preguntar recientemente a un chico que sufrió una paliza si había vivido anteriormente algo similar respondió que, en un solo día, había pasado por ello en tres ocasiones", añade.

                                                                                                                                                                               Getty Images

Viviendo en la calle o en el bosque, sin acceso a agua potable, baños, duchas o a cualquier clase refugio, tienen que soportar que los agentes les despojen de lo poco que les queda. Les confiscan o sabotean rociando gas pimienta los sacos de dormir, las mantas y la comida con la que podrían abastecerse, según denuncia Harris y un informe de Human Rights Watch (HRW), en el se condenan estas abominables prácticas. Humans for Rights Network colaboró en la elaboración del documento publicado a finales de julio.

Las autoridades permiten que las organizaciones humanitarias repartan comida dos veces al día en un único punto de distribución. Pero esto no supone ninguna garantía. Algunos no acuden a la llamada porque temen encontrarse con los agentes al caminar la larga distancia que les separa. Otros sufren la brutalidad que se esconde entre sus uniformes quedándose sin nada que llevarse a la boca. Uno de ellos es Anon, un eritreo de 25 años que recibió una paliza a base de porrazos tras la que terminó yaciendo en el suelo con un brazo roto. "Me duele mucho cuando llueve", lamentó ante Harris.

Se trata de unas atrocidades que escapan de ser penalizadas por una denuncia. La voluntaria no conoce a nadie que por el momento se haya atrevido a dar el paso. La esperanza de conseguir asilo en el país en el que se cometen estos maltratos aún no se ha desvanecido y el temor a sufrir represalias de los agentes persiste en el ambiente.


La policía ha convertido Calais en el infierno particular de los migrantes con un único objetivo: que se marchen



La brutalidad policial contradice las promesas del presidente Emmanuel Macron de ofrecer condiciones más óptimas a los migrantes irregulares en el país prometiendo que "no se vería a ninguno más en la calle". Pero Calais sigue atestada de personas que luchan por sobrevivir en un mar de violencia.

El gobierno también se comprometió a proporcionar acceso a agua y a duchas, y a abrir dos centros de acogida en la región después de que un tribunal discaminara que se debía terminar con el trato inhumano al que estaban sometidos los que siguen aguantando en "la jungla". Pero, por el momento, la única mejora que ha presenciado Harris ha sido la llegada de tres autobuses que trasladaron a unos 60 refugiados a varios centros.

Mientras, un incontable número de personas continuarán arriesgando su bienestar al cruzar la frontera para vivir algo similiar a la vida que nunca tendría que haberles sido arrebatada.

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