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ATENCIÓN: "Este antidepresivo puede hacer que te suicides"

La muerte como efecto secundario: lo que no se cuenta de los antidepresivos, o las intimidades más perversas del establishment psiquiátrico y farmacéutico

"Información procedente de ensayos clínicos ha mostrado un riesgo incrementado de comportamientos suicidas en adultos menores de 25 años con enfermedades psiquiátricas, que fueron tratados con antidepresivos".

Candace Downing lo pasaba fatal en cada examen. Cada prueba era un pequeño infierno. Empezó a pasar cuando comenzó la secundaria: su mente se quedaba en blanco, olvidaba los temas que en casa se sabía a la perfección y comenzaba a escribir con una letra tan inteligible que sus profesores la suspendían automáticamente.

Sus padres, preocupados, decidieron llevarla al pediatra, que les remitió a un psiquiatra infantil. Este, tras unas pocas preguntas, decidió que la niña debía tomar Zoloft, un antidepresivo que también se prescribe para tratar los ataques de pánico. Ante la oposición inicial de la madre, la psiquiatra insistió en su recomendación. Eso era lo que la niña necesitaba para superar su ansiedad, aseguró a los Downing. En sucesivas visitas, fueron aumentando las dosis sin parar.

Pocos meses después, los padres de Candance se encontraron a su hija ahorcada, colgando del dosel de su cama. La niña apenas había llegado a cumplir los 12 años.

Candance Downing antes de suicidarse.

La trágica historia de Candance no es un caso aislado. Matt Miller se suicidó a los 13 años dentro del armario de su habitación; poco antes le habían recetado el mismo medicamento que a la pequeña Downing. Jack McGill de 14, se voló la cabeza con un rifle después de haber estado más de un mes tomando Prozac, un potente antidepresivo que le prescribieron por tener ansiedad ante los exámenes. Justin Cheslek, de 20 años, tomaba venlafaxina para dormir cuando se ahorcó en su apartamento.

Todos esos casos tienen algo en común: ninguno había tenido tendencias suicidas ni depresivas con anterioridad, pero todos tomaban antidepresivos recetados por sus médicos. Todos fueron víctimas de prescripciones hechas demasiado a la ligera.

I. El establishment de los farsantes

Cuando el médico danés Peter Gotzsche se dio cuenta de la sobredosis de fármacos que cada día fluyen desde las consultas médicas a los pacientes, puso la lupa sobre las corporaciones farmacéuticas.

Tras sacar su bestseller Medicamentos que matan y crimen organizado, decidió centrar su investigación sobre las medicinas recetadas para tratar problemas psiquiátricos que, en la mayoría de los casos, ni siquiera son bien diagnosticados. Sus conclusiones dan forma a un nuevo libro, Psicofármacos que matan y denegación organizada, que esos días ve la luz en nuestro país a través de Los libros del lince .

Su crítica es implacable: "No conozco ninguna otra rama de la medicina en la que los profesionales que la ejercen mientan a los enfermos", nos cuenta.

Durante su investigación, Gotzsche comprobó que nuestra sociedad vive en la época del sobrediagnóstico. En el libro cita un estudio de los años 70 que demostró que si se aplican los procedimientos de diagnósticos psiquiátricos a personas sanas, todas serían diagnosticadas de alguna enfermedad mental.  

Todas.

"Cuando los investigadores entrevistaron a 463 personas, vieron que todas ellas habían tenido pensamientos, creencias y estados de ánimo que, de ser mencionadas de forma aislada a un psiquiatra, darían pie a un diagnóstico de enfermedad mental", cita el autor.

La medicina parece tener una necesidad insólita de encontrar enfermedades y enfermos. Y la depresión está entre sus trastornos favoritos. Un dato: en solo 10 años, en España se ha triplicado el consumo de antidepresivos. ¿De verdad estamos todos más deprimidos?

Para nada.

"¡Sigue el dinero!", contesta Gotszche cuando le pregunto por qué cada vez tomamos más pastillas. "Las depresiones serias no se han incrementado, pero mucha gente es diagnosticada de depresión leve o moderada, que es a menudo dudosa".

Es dudosa porque es bastante complicado diagnosticar una depresión, a no ser que sea grave. Todos pasamos por momentos puntuales de nuestra vida en los que sentimos más ansiedad o estamos más decaídos. Si se lo comentamos a nuestro médico, en 5 minutos podemos salir con una receta de diazepam en las manos.

Para el médico danés esto tiene una explicación muy sencilla: la medicina lleva desde hace años en manos de la industria farmacéutica.

Cada mañana, unos señores bien vestidos pasan por las consultas de todos los médicos del país a primera hora. ¿Para qué? Para hablar de negocios.

"Las empresas farmacéuticas no habrían sido capaces de construir un mercado de 40.000 millones de dólares para los fármacos psiquiátricos sin la ayuda de los psiquiatras de los centros médicos académicos", escribe el periodista científico Robert Whitaker en su libro Anatomía de una epidemia. Si el establishment farmacéutico fuera un padre estricto, el psiquiátrico sería su hijo pródigo

II. Pastillas de la felicidad que asesinan

Si atendemos a una simple relación lógica, la depresión debería ser condición necesaria para que te receten antidepresivos. Pero ¿qué pasa cuando las pastillas no ayudan y el remedio es peor que la enfermedad?

"Llevamos tomando antidepresivos más de 50 años y es poco probable que tengan algún efecto real contra la depresión. Sin embargo, la lista de efectos nocivos es extensa y están bien demostrados", escribe Gotszche.

"La FDA (Food and Drugs Administration) estadounidense demostró que en un ensayo clínico con 100.000 personas —la mitad de ellos con depresión—, un 50% experimentaban mejoría con antidepresivos y un 40% con placebos. Solo hace falta que un 5% de los participantes hayan sido mal clasificados en términos de si experimentan mejoría o no, para que la diferencia entre la efectividad y el placebo sea inapreciable", advierte el danés.

Si su efectividad es tan dudosa, ¿por qué se siguen recetando?

Ya sabes la respuesta: el dinero.

A pesar de que los efectos secundarios son a menudo graves y en algunos casos conllevan trágicas consecuencias, los médicos de familia que los recetan pocas veces son conscientes del peligro.

"Ellos no saben que su eficacia es dudosa y que muchas veces son perjudiciales. La mayor parte de lo que saben los doctores sobre las pastillas ha sido manipulado por la industria farmacéutica", argumenta Gotszche.

Las grandes campañas publicitarias y la constante manipulación de los informes que demuestran los efectos adversos de los fármacos, contribuyen a crear una burbuja donde los antidepresivos son vistos como píldoras mágicas que nos salvarán de cualquier sufrimiento. Sin embargo, muchas veces lo único que hacen es arrastrarnos hacia el abismo.

III. La edad del Prozac

En los años 80, un medicamento llamado fluoxetina fue lanzado al mercado por la farmacéutica estadounidense Eli Lilly. Al principio la empresa no planeaba sacar a la luz el medicamento debido a los graves fallos que tuvo en los ensayos, pero justo en aquella época atravesaba una grave crisis económica y había que aumentar las ventas como fuera. Hacían falta nuevos productos, nuevas vías de ingresos.

La fluoxetina se convirtió en todo un éxito bajo su nombre comercial: Prozac. Las píldoras bicolores se hicieron tan populares que incluso llegaron a colarse en la cultura pop con el libro de Elizabeth Wurtzel Nación Prozac, después adaptado para la gran pantalla en una película protagonizada por Christina Ricci.

En paralelo a su creciente popularidad, la fluoxetina se convirtió rápidamente en el medicamento con más quejas en su haber de EEUU

" Durante los primeros 9 años de su venta, la FDA recibió 39.000 informes adversos, una cifra muy superior a la de cualquier otro medicamento. En dichos informes se hablaba de centenares de suicidios, crímenes horrorosos, hostilidad, psicosis, confusión, alteración del pensamiento, convulsiones, amnesia y disfunción sexual", escribe Gotszche.

Esos efectos adversos eran de sobra conocidos por la farmacéutica que los puso a la venta. La FDA incluso se mostró reticente a su comercialización pero su distribución nunca llegó a pararse. Quizá influyó en ello el hecho de que Lilly sea una empresa estadounidense.

El medicamento fue aprobado durante el mandato de Bush padre, que fue miembro del equipo directivo de Lilly. El vicepresidente estadounidense del momento era Dan Quayle, nacido en el estado de Indiana, lugar donde se encuentra la sede de Lilly y entre sus subordinados se encontraban antiguos trabajadores de Lilli. Él mismo también formó parte del comité de supervisión de la FDA.

El mundo se vio inundado por miles de millones de píldoras Prozac a pesar de que en 1999 la FDA recibió informes de más de 2.000 casos de suicidios asociados a la fluoxetina. Casos como el de Jack McGill, que se suicidó a los 14 años, antes siquiera de comprender que las pastillas recetadas no estaban salvando su vida sino acabando con ella.

IV. Los efectos secundarios que no quieren que sepas

Ni a Jack ni a su familia le dijeron que un antidepresivo pudiera matar. Las farmacéuticas están demasiado interesadas en ocultar las muertes provocadas por sus productos.

" Los datos reales demuestran que el análisis de la FDA subestima enormemente el riesgo de suicidio de los pacientes. En varios ensayos sobre algunos fármacos individuales incluidos en el análisis de la FDA se registran más casos que en el análisis total de todos los fármacos. Solo hubo 5 intentos de suicidio en el análisis de la FDA de 52.960 pacientes que tomaban ISRS (1 por cada 10.000 pacientes), mientras que en una circular interna de Lilly de 1990 se describen 9 casos de suicidio en un total de 6.993 pacientes tratados con fluoxetina en los ensayos (es decir, 13 por cada 10.000)", advierte Gotszche en su libro.

Pero la fluoxetina no es el único medicamento que mata. También está la sertralina o la duloxetina. La venlafaxina o la amitriptilina. La lista es larga. Cualquiera puede acabar con una cajetilla de pequeños comprimidos reposando en la mesita al lado de su cama.

Lo preocupante es que los efectos adversos más funestos son mucho más comunes en los niños que en los adultos. En una de las cajas de amitriptilina que me fue recetada como prevención para la migraña encontré el siguiente mensaje: "Los pacientes menores de 18 años tienen un mayor riesgo de efectos adversos como intentos de suicidio, ideas de suicidio y hostilidad (predominantemente agresión, comportamiento de confrontación e irritación) cuando toman esta clase de medicamentos".

"Los niños doblan el riesgo de ser agresivos y en ellos se incrementa el peligro de suicidios y de homicidios", comenta Gotszche. Curiosamente, los psiquiatras no advierten del peligro a la hora de recetar. En en el caso real de Candace, el que abre este artículo, la psiquiatra tranquilizó a su madre asegurándole que no había peligro alguno en que una niña tomara una alta dosis de un potente antidepresivo.

Después de la muerte de su hija, los padres se enteraron de que la médico cobraba dinero de la farmacéutica Pfizer por dar charlas promocionando el Zoloft, el antidepresivo que le fue recetado a Candace.

Para Gotszche, la industria de los fármacos está tan podrida que ya no hay posible redención. "Cuando los delitos son rentables, veremos más delitos, y esto es lo que ha pasado en la industria farmacéutica", opina.

Y recomienda: "No tomes medicamentos a menos de que sean absolutamente necesarios, lee el prospecto o en Internet sobre todos los daños. Entonces puede que decidas no tomar el fármaco que tu doctor te ha prescrito".

Puede que elijas no ser la próxima víctima de la epidemia.

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