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Serena Williams posa embarazada para la revista Vanity Fair... y a algunos no les parece nada bien

La imagen, en la que aparece desnuda, es un homenaje a la icónica portada de Demi Moore de 1991.

¿Es vulgar el cuerpo de una embarazada?

¿Hay que taparlo? ¿Hay que ocultarlo?

¿Resulta molesto? ¿Incómodo? ¿Extraño?

En 1991 la revista Vanity Fair deslumbró al mundo con una imagen que pasó a la historia: era Demi Moore, en el momento álgido de su carrera, desnuda, embarazadísima y mirando a cámara. Sexy, segura y desafiante. Detrás de la cámara: la conocida fotógrafa Annie Leibovitz. 

La imagen pasó a la historia. Se convirtió en un icono. A principios de los 90, aún se creía que el cuerpo de una embarazada tenía que permanecer en la esfera de lo íntimo. Mostrar una barriga de siete meses era una transgresión, casi algo político.

Demi Moore para Vanity Fair en 1991

Algunos quioscos vendieron ese ejemplar con una bolsa de papel blanco, como si fuese pornografía. La criticaron por “vulgar” y recriminaron la hipersexualización de algo tan ‘sagrado’ y tan ‘puro’ como un embarazo.

Serena Williams para Vanity Fair

Ahora: avancemos en el tiempo. 25 años después. 2017. Serena Williams aparece en portada de la misma revista, la Vanity Fair, completamente desnuda, embarazada de seis meses. La fotografía es un homenaje a la misma que se tomó hace 20 años a Demi Moore. En ambas imágenes aparece la maternidad representada casi como algo superior, divino.

Las reacciones no han tardado en aparecer entre aquellos y aquellas que dicen proteger la moral. Es desagradable”. “ No es necesario enseñar el cuerpo desnudo de una mujer embaraza. ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Cuál es el mensaje? Me parece inútil” o "Por favor, parad de publicitar desnudos de embarazadas. Esas fotos son extremadamente personales, solo deberían ser compartidas con entornos cercanos", son algunas de las críticas.

Lo cierto es que más allá de una valoración puramente estética (puede gustarte más o menos), es preocupante que estas fotos sigan generando tanto rechazo, tanta sorpresa, solo por el hecho de captar el cuerpo al natural de una mujer embarazada. Si Serena Williams ha consentido esta serie de fotos, del mismo modo que lo hizo Demi Moore, ¿por qué, para algunos, se sigue viendo como algo desagradable, bochornoso, impúdico?

La carga histórica que soportamos a nuestras espaldas es pesada: recordemos, si no, el clásico popular de Lo que el viento se llevó en el que se menciona directamente que "una mujer en avanzado estado de gestación no debe aparecer en público". La mera presencia de una barriga resulta desagradable, incómoda, de mala educación. O eso escribió Margaret Mitchell, el autor de la célebre novela, allá por 1936.

Es cierto que en los últimos años se ha contribuido a la normalización del cuerpo de las embarazadas —muchos fotógrafos ya ofertan este tipo de sesiones e incluso es habitual toparse con ellas en nuestras redes sociales—. La misma Beyoncé recientemente publicó una serie de fotografías de ella misma convertida en una suerte de semidivinidad maternal. Todo ello es positivo porque contribuye a crear un imaginario más amplio y diverso de los cuerpos de la mujer, históricamente sujetos a cánones estrictos y patriarcales.

Pero atención, y aquí tenemos que andarnos con cuidado, corremos el riesgo de idealizar el embarazo casi como un estado surreal, de fantasía. Casi de mentira. Habrá que ver si se exhibe con la misma pomposidad y elegancia las cicatrices de césarea, los vientres flácidos postpardo, todos los kilos ganados y, en definitiva, muchos de los efectos de dar a luz que siguen hoy en día completamente invisibilizados.

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