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Ocupa su propio piso tras darse cuenta de que su inquilino lo estaba realquilando en Airbnb

Si alquilas tu piso en Barcelona, puedes terminar como Montse: teniendo que pagar por alojarte en él, cambiando la cerradura, y atrincherándote para impedir que entren más turistas

Arte PG

“Si quiere, podemos mediar entre usted y el anfitrión, pero no podemos hacer nada más”.

Montse volvió a leer el mensaje y, aunque esta vez lo hizo más despacio, en el cuerpo del correo seguía poniendo lo mismo. “No podemos hacer nada”. La frase es de Airbnb, la web de economía colaborativa que permite a los turistas alojarse en residencias particulares. ¿Los mismos que en marzo de este años mandaban un comunicado a sus usuarios para que presionasen al Ayuntamiento de Barcelona? ¿Los de “el home sharing está en riesgo en Cataluña”? Los mismos, sí.

Montse, Montse Pérez, había mandado una correo a Airbnbn porque, como siempre que alguien que no usa la plataforma manda un correo a Airbnb, no tenía otra opción. No la tenía porque desde el balcón de su piso, desde el balcón de la vivienda que tenía en propiedad, colgaban toallas de desconocidos. Sus vecinos corroboraron los peores temores de Montse: su apartamento se había convertido en un piso turístico; en un ir y venir de maletas con ruedas, pieles quemadas y toallas que no, desde luego Montse no reconocía como suyas.

Ni tampoco como las de Timur, el joven al que hacía un mes ella había alquilado su piso.

“Estoy en el extranjero por temas de negocios. No sé cuándo voy a volver”, contestaba Timur al marido de Montse, cuando éste intentó verse con el joven para el cambio de nombre de los suministros. Y lo hacía por última vez: tras ése “no sé cuando voy a volver”, ninguno de los mensajes que le envió la pareja consiguió, siquiera, un mísero doble-check.

Bastó una búsqueda rápida en Airbnb para encontrarlo. Ahí estaba. Su piso de baldosas hidráculicas y paredes de obra vista. Su cocina reformada y sus porticones de madera. El anfitrión que lo ofrecía no era Timur, sino Shiargei. La semana siguiente, mutaba en Andrei. Diez días después, en Eduard. El precio era de 200 euros la noche, pero subía a 250 si querías reservarlos para los meses de temporada alta como julio y agosto.

Timur, Shiargei, Andrei, Eduard, quizás toda una red de personas dedicadas a fraudes como éste, estén ganando 8000 euros con el piso de Montse –ella lo alquiló por 950 mensuales, tras cotejar que la nómina del inquilino, que se trasladaba de UK a Barcelona para trabajar a distancia como asesor financiero, era de 3000 libras mensuales.

Su apartamento se había convertido en un ir y venir de maletas con ruedas, pieles quemadas y toallas que no, desde luego Montse no reconocía como suyas

“Si quiere, podemos mediar entre usted y el anfitrión, pero no podemos hacer nada más”. Era la tercera vez que lo leía, pero Montse seguía sin dar crédito. Consultó a un abogado, que le informó que, para recuperar su piso de forma legal, podría estar todo un año batallando. Intentó poner una denuncia, pero los Mossos, la policía catalana, se la rechazó porque solo podían actuar en caso de impago. “No podemos hacer nada”.

Montse volvió a entrar en Airbnb, pero esta vez no fue al apartado 'Contacto', sino a buscar de nuevo su piso, ahora turístico, para reservarlo. Con una sola noche bastaría, y la del miércoles 21, al parecer, estaba libre. Pagó 200 euros, esperó a que llegase el día y ayer, por fin, entró a su vivienda. Notó algunos cambios –el sofá había sido sustituido, por ejemplo, por un sofá cama–, pero no quiso perder el tiempo: tenía que cambiar la cerradura y tenía que hacerlo ya.

Montse entró en su piso para okuparlo y eso era lo que pensaba hacer.

Con la cerradura ya cambiada, Montse y su marido han decidido parapetarse en el piso, sabiendo que obtendrán represalias. Que la misma persona que les dio las llaves ayer volverá hoy, para recogerlas y dárselas a los siguientes turistas. La pareja, aunque asustada, han decidido asumir el riesgo. Okupar su propia vivienda. Resistir.

Unos propietarios con un piso cercano al mar, que desecharon a los candidatos con una nómina inferior a 3000 euros para cederles su vivienda por una duración de tres años, se vieron de repente dentro de una canción de Barricada, Reincidentes o Agua Bendita. ¿Un realquiler en Airbnb? Otra okupación.

La historia no tiene moraleja, porque la historia no ha terminado; de hecho, la historia empieza hoy mismo. Y empieza, de momento, con el silencio tanto del Ayuntamiento como de Airbnb.

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