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Vamos a morir todos: la hija de Johnny Depp ya tiene 16 años

Una adolescente atrapada en un cuerpo de chica adulta

Lily-Rose Depp es la chica que me habría gustado ser cuando iba al instituto. O, muy probablemente, la chica que habría detestado pero que, escondida detrás de mis pintas de gótica del Bershka, habría envidiado con toda la intensidad de mi teenage angst.

En realidad, lo más seguro es que Lily-Rose y yo no hubiéramos coincidido nunca en la vida en el mismo instituto pero, en mis fantasías de extrarradio, ella se habría sentado al fondo de mi clase de historia a cuchichear con sus amigas sobre su último viaje a París y yo habría puesto la oreja fingiendo prestar atención al profesor.

@lilyrose_depp

Aunque ninguna de sus amigas aspirantes a actriz habría tenido el aura de virgen recién encerada de Lily-Rose. Ninguna habría sido la hija del actor Johny Depp y la cantante-modelo-actriz Vanessa Paradis.

Porque Lily-Rose no es hija de dos celebridades, no, es hija de uno de los mayores iconos de los noventa.

Su padre, guaperas y tío duro por excelencia de la época, declaraba públicamente tras su nacimiento haber encontrado el sentido de la vida en ella. En aquella pequeña criatura en cuya creación había participado.

Ahora la niña ha crecido y, a pesar de la belleza etérea entre angelical y extraterrestre que ha heredado, no cuesta mucho imaginársela discutiendo con Johnny por haber ido a clase con el último modelito indiscreto de Chanel, gritándole a su padre, en pleno ataque de furia adolescente, algo así como:

“ ¡¡¿¿Y TÚ ME VAS A DECIR QUÉ ME TENGO QUE PONER CUANDO SALES EN TODAS TUS PELÍCULAS HECHO UN ESPANTAJO DE LOS MELONES??!!!".

En el instituto, yo habría admirado (o envidiado, no lo sé) su melena rubia que parece que venga alisada de fábrica, su magnetismo de lolita, sus genes de modelo, su poder adquisitivo pero, sobre todas las cosas, habría envidiado la fiesta de cumpleaños que dio por sus dulces diciséis ambientada en la Revolución francesa. Guillotinas incluidas.

Porque Lily Rose no es una adolescente rompemoldes que siga la estela del club Tavi Gevinson. Depp es lánguida y no se puede ser más lánguida que alguien a quien le han cortado la cabeza.

Depp es, oficialmente, la nueva aspirante a actriz y modelo de moda en las revistas de tendencias. El mes pasado se presentó en sociedad de la mano de su madre, musa habitual de Karl Lagerfeld, en el último desfile de Chanel. Allí llamó la atención, no solo por ser quien es o por su belleza, sino por su juventud.

Lily-Rose tenía entonces 15 años pero ya aparentaba 20. Lo que en una sociedad que ultravenera la juventud se traduce en que parecía una chica de 20 años que aparentaba 15.

Desde entonces, poco más se ha podido saber de Depp. Se deja ver a diario por su Instagram pero poco se sabe aún sobre su personalidad, gustos o su forma de ser. Se podría decir que todavía tiene por demostrar que es algo más que unos genes bonitos.

Sin embargo, a pesar de las pocas palabras con las que suele acompañar sus fotos, zambullirse en su Instagram tiene algo hipnótico. Es armonioso y sencillo a pesar de su vida de lujo. Como una película estadounidense de adolescentes que viven en mansiones, hacen fiestas del pijama en las que a todas las chicas les viene la regla a la misma vez y comen helado directamente del bote mientras hablan de chicos.

Me hace pensar que, después de todo, en mis fantasías de adolescente, podríamos haber sido amigas. Que habría venido a mi casa y mi madre nos habría comprado churros y que yo habría ido a la suya y su sirvienta nos habría preparado tortitas.

¿Será suficiente para Lily-Rose ser guapa, rica y famosa?

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