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Carlos Giffoni

Evidence

7.3

Artista: Carlos Giffoni

Sello: Mexican Summer, Software Records

Género: experimental, acid, Noise

Por:

Los caminos de Carlos Giffoni y Daniel Lopatin vuelven a cruzarse, esta vez con los papeles invertidos. Giffoni, en calidad de amo No Fun Productions –el sello, pero también del festival neoyorquino de música experimental adscrito a esa misma plataforma–, fue uno de los primeros editores interesados en planchar la música de aquel joven productor que se hacía llamar, crípticamente, Oneohtrix Point Never, y sus primeros años quedaron resumidos en ese doble CD de antología titulado “Rifts”. Explicaba Daniel Lopatin que su ingreso en Mego con “Returnal” en 2010 se debió al rechazo de Giffoni, que no vio claro ese giro en el sonido para su sello, al que protegía en exceso y para el que no quería ni un solo trazo amable, y desde entonces los caminos de sendos músicos se han ido (lenta y amistosamente) bifurcando.

Dos años después, es Lopatin quien le abre las puertas de Software a Giffoni, que también ha comprendido la situación y ponerse en la piel del otro –Software no es un lugar para experimentos demasiado duros; se desean más los sintetizadores envolventes y bien delineados que no un escupitajo de ruido sin domesticar–, y honrando su amistad le ha entregado dos cortes que están en su línea aplacada, incluso se diría que cercana al pop, y es que Giffoni, en una maniobra inesperada, hasta canta. La calidad de su voz o la amabilidad de su entonación, cabe decir, no son en realidad asuntos importantes: ni tiene buen timbre ni sabe modular la voz con elegancia, pero el simple gesto de utilizar las palabras, en vez de un chorro de materia sonora viscosa que te hace sentir sucio, ya es un paso en una dirección distinta en su incontenible carrera –incontenible por la sonorrea, y perdón por la palabra: más de 25 álbumes y diez EPs desde 2005–, idónea para arrimarse a los hypnagogic kids a los que ayudó a educar en los días en los que financiaba el planchado de “Russian Mind”. Pero a la vez del uso de su voz, lo realmente interesante de los dos cortes de “Evidence” es el uso de las basslines ácidas que habían aparecido en el proyecto No Fun Acid y que tenía detenido desde 2010, año en el que –por razones difíciles de discernir– se puso de moda entre varios músicos experimentales, entre los que encontrábamos a Gavin Russom, volver al acid en su forma más pringosa, en la línea de viejos sellos neoyorquinos de la era rave como Edge Records.

En “Evidence” (el track de la cara A) y “Desire In The Summer” la estrategia es fácil, y precisamente porque es fácil resulta tan impresionante en un primer contacto: un inicio de canción, como si se estuviera lamentando entre dolores, y rápidamente un tsunami de 303 que lo devora todo, que inunda el espectro del tema completo con ondulaciones furiosas de sulfuro house. Quizá ahora, cuando se habla de manera frecuente de ‘hipster house’ –en referencia a esos productores ajenos al continuo de la música de baile, principalmente llegados del rock, que practican sonidos de baile experimentales–, habría que incluir a Giffoni como un precedente válido, porque “Evidence” no hace más que recuperar el punto de origen de su proyecto No Fun Acid –que se saldó sólo con un 12” y un álbum, los espasmódicos “This Is No Fun Acid 2” y “This Is No Fun Acid 3”– y darle un giro más pop-friendly, más amable, que ni acaban resultando ni pop ni amable, pero que nos ayudan a seguir el camino como el burro que intenta alcanzar la zanahoria que el conductor del carro le pone frente a las narices.

La última conclusión es que sólo dos temas, por muy viscosos que acaben sonando, saben a poco. Éste es un camino que Giffoni debe explorar hasta el final antes de que se aburra y vuelva a lo suyo, a su Guantánamo noise, a ese caudal de mal rollo incontrolado entendido como una forma moderna de infligir daño psicológico de efecto irreversible. “Evidence” es el poli bueno en esta sesión de interrogatorio y tortura. Y el poli bueno siempre cae bien.


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