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Squarepusher

Ufabulum

8.6

Artista: Squarepusher

Sello: Warp

Género: IDM, Drum'n'bass, braindance

Por:

Catorce años son los que han pasado desde “Music Is Rotted One Note” (1998) hasta hoy, y catorce años, por tanto, son los que muchos fans de Squarepusher –los que se engorilaron con sus piezas más convulsas, las del drum’n’bass espasmódico, las parientes cercanas del Aphex Twin de “I Care Because You Do…”– han tenido que esperar para que llegara este momento, un momento que se titula “Ufabulum” y que pasa por ser el álbum largamente esperado, y constantemente abortado, del díscolo Tom Jenkinson. ¿Qué ocurre con “Ufabulum” como para tenerse por el fin de una larga travesía del desierto? Bien, es, para empezar, un álbum entero sin interminables solos de bajo, sin su tozuda apuesta por el jazz fusión, exento de derivaciones intelectuales, que parece haber desterrado al Squarepusher coñazo que ha impedido que hubiera un solo título suyo redondo en tres lustros. Un disco entero, decíamos, en el que mana destilado el Squarepusher electrónico, sólo con máquinas, ordenador, mala hostia y birlibirloque jungle mezclado con teleles IDM y algún que otro arranque de 4x4 criminal. Podemos frotarnos los oídos con absoluta convicción: “Ufabulum” es, vive Dios que sí, y albricias a las alturas, lo que durante tanto tiempo habíamos pedido. Gracias.

Squarepusher se había especializado en frustrar las expectativas de muchos seguidores suyos. El arranque de su carrera –tres EPs magistrales, “Conumber EP” en Spymania, “Port Rhombus EP” en Warp y “Squarepusher Plays…” en Rephlex, y luego el álbum de debut, “Feed Me Weird Things”– anunciaban un nuevo libro en el evangelio de la IDM hipercompleja y la música de baile esquizoide. Tom Jenkinson ya mostraba por entonces su manía, su filia por el mástil de las cuatro cuerdas –virtuoso del instrumento, tenía la habilidad de tocar basslines frenéticas con los dedos, mientras los popes del jungle las programaban en el estudio con sudor a mares–, pero nunca fue un drama hasta “Hard Normal Daddy” (1997), otra obra maestra de lo que por entonces se conocía como braindance, una manera de hacer música que sí, ponía al cerebro a agitarse a saltos, pero también al borde del ictus. Y luego llegó “Music Is Rotted One Note” y Squarepusher quería, por momentos, hacer jazz. Se ponía serio, trascendente, peñazo, y siguieron llegando discos que destellaban fugazmente con la genialidad de los comienzos, pero que quedaban parcialmente arruinados en su devoción por Weather Report y Ron Carter: “Selection Sixteen” (1999), anodino; “Budakhan Mindphone” (1999) tenía sus momentos y “Go Plastic” (2001) se sitúa entre lo mejor del interregno gracias a “My Red Hot Car” –broma sexual a costa del 2step, el HIT de Squarepusher–. “Do You Know Squarepusher” (2002) no estuvo mal, “Ultravisitor” (2004) es lo que más se acerca a “Ufabulum” pero con varias manchas jazz-fusión que ya no podemos disimular, “Hello Everything” (2006) bajó el nivel, “Just A Souvenir” (2008) ya lo escuchamos con desgana y “Solo Electric Bass 1” fue un absoluto recochineo, el despropósito absoluto, lo más alejado de la idea del Squarepusher perfecto: un disco entero de solos de bajo tocados en directo, reunidos en un enorme homenaje onanista a su ego como instrumentista.

“Ufabulum” es todo lo opuesto, y la prueba de que, para remontar el vuelo, primero hay que tocar fondo, hundirse en la miseria y hasta provocar el rechazo de los más permisivos, y aunque hayan pasado 14 años, que son demasiados, la larga espera ha maximizado –y magnificado– el acontecimiento. Es el Squarepusher de algunos de sus maxis (porque, en todo este tiempo, lo mejor de su trabajo se ha condensado en EPs como el glorioso “Venus Nº 17”, que hasta tenía coro de iglesia al compás de líneas ácidas y breaks monstruosos, o el mini-CD “Square Window”, sin olvidarnos del single “Welcome To Europe”) y, lo que es más importante, el Squarepusher de los maxis prolongado durante largos minutos de brillante majadería y arquitecturas rítmicas imposibles. En este proceso, y quizá a modo de sacrificio, se han perdido las melodías más certeras de Jenkinson –y a cambio tenemos desfases de frenopático como “Drax 2”–, pero es también la continuación oficiosa del material que había ejecutado en Rephlex bajo el alias Chaos A.D., posiblemente lo más cancerígeno y desquiciante de su carrera.

No falta nada de lo que da identidad al Squarepusher admirado por su núcleo de fans más hardcore: los coqueteos con el acid (en “Dark Steering” o la evidente “303 Scopem Hard”, que salpican líneas sulfúricas como una arteria recién seccionada, con intensidad y a chorros irregulares), las texturas que, de tan sintéticas, tienen fulgor de plata recién bruñida –u otro metal menos noble, envuelta en lucecitas estroboscópicas de un ovni que aterriza venido de otro planeta– como en la trepidante “The Metallurgist”, y sobre todo la inventiva rítmica. Aquí no hay momentos de relax como antes, aquí no hay espacio para el Squarepusher hippy que fuma porros, sino para el Tom Jenkinson atrevido que se emborracha a sorbos de tequila mientras le hace la transfusión de sangre envenenada de delirium tremens a sus máquinas. Están las melodías robóticas fragmentadas, el infierno, la confusión de la que nace el caos, y el caos del que brota algo nuevo o excitante. Y muchas veces, todo ocurre en un solo tema, como “4001”, que es una especie de resumen acelerado de lo que significa la música de Squarepusher, e incluso ocurre todo junto con algo más, como ese “Unreal Square” montado sobre una estúpida melodía de videojuego.

Llegados a “Ecstatic Shock”, que es como cruzar a Tangerine Dream con una sinfonía de breaks esculpidos por un monstruo de seis brazos, el alivio es absoluto: de principio a fin, Squarepusher ha sostenido un disco al mismo nivel, poniéndose el listón en su máxima exigencia, transportado a los días de “Feed Me Weird Things” y retándose a ser el que fue sin que la maniobra huela a nostalgia o ademán populista, porque lo mejor de “Ufabulum” es que no suena al Squarepusher antiguo, sino a la evolución que debería haberse dado a partir de cierto momento de su carrera –quizá no después de 1998, pero sí después de “Ultravisitor”. Y para girar las tornas completamente, es el EP en este caso –la edición limitada del disco viene acompañada del “Estrobia EP”– el que incluye el material discordante: una broma trance (“Angel Integer” tiene el rollo Tiësto, pero con melodías de circo), otra tontería clownstep con giros daftpunkianos (“Panic Massive”) y “40.96a”, una frígida composición en clave electroacústica. Hay que creérselo: cuando le creíamos más perdido, Squarepusher ha vuelto y nos ha pintado la cara.

 

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