ECM RECORDS
Las mejores portadas del mundo las tiene el sello ECM. Sí, la mayoría son paisajes y abusan de ese bucolismo algo predecible que habrá quien quiera identificar con la new age, pero contienen una poesía infinita en esas instantáneas de aguas en calma, laderas de montañas, cielos de todo color y composición nubosa, siempre con un uso inteligente de la luz –casi siempre en el amanecer–. Hay un libro, “Touching The Horizon” (Paul Griffiths y Steve Lake), que resume la larga historia de este sello de jazz alemán a través, sobre todo, de sus portadas y su pasión por los bosques, las escenas polares y las cordilleras. El lema de ECM, codificado por su fundador e ingeniero en jefe, Manfred Eicher, es “el sonido más bello después del silencio”, una máxima que todavía hoy se puede aceptar como dogma de fe: editan música a un ritmo excesivo para un bolsillo poco abultado, pero el nivel general es alto, nunca ha dejado de serlo, y un disco de ECM, como pieza sonora y visual –jazz atmosférico, música renacentista y contemporánea y algo de world music es lo que más editan–, es, ante todo, un objeto irresistiblemente bello.
Lo que conservan Max y Ricardo de los originales es siempre lo que más les conviene para crear esta sensación de fantasía medio soñada a la que acaba amoldándose el disco –las improvisaciones de arpa en “Replob”, una percusión disonante apuntillada por pianos vagos en “Recurrence”, una nota de bajo en esa “Retimeless” que suena a jazz a dos mil metros de distancia y bajo el mar, las voces tratadas tanto del coro de Pärt en “Rekondakion” como de un spoken word en “Rethinkhiy”– y que consiga que, oído del tirón, y preferiblemente en penumbra, se acabe por perder la noción del tiempo. Por otra parte, y tras una incisiva revisión del master final de Manfred Eicher, el sonido es 100% ECM, entre gélido y oxigenado, tan sobrio en los sonidos como bello en los silencios. Quizá no se le pueda adjudicar a “Re: ECM” el mismo estatus creativo que a discos de músicos techno pasándose al jazz –en especial, los del Moritz Von Oswald Trio y el Vladislav Delay Quartet–, pero el resultado final es igualmente atrevido y, en este caso particular, extraordinariamente agradable.
Robert Gras
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