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Daizo | PlayGround | Albums musica

RareBit

Daizo

5.8

Artista: RareBit

Sello: Non Projects

Género: IDM, hip-hop, experimental, hip hop instrumental

Por:

Desconozco si Justin Hopkins, el hombre detrás de Rarebit, es consciente de lo que el nombre que ha adoptado describe normalmente. En el caso de que tú tampoco lo sepas, ‘rarebit’ es básicamente lo que aquí conocemos como ‘queso sobre una tostada’. Específicamente, queso cheddar deshecho con algo más de fluidez, tras añadir un chorrito de leche, cerveza o salsa Worcestershire, mientras la tostada se revuelca, apenas visible, por debajo. Es como si a alguien le saliese una fondue al revés.

Si así llamó Justin Hopkins a su música, entonces estoy confundido. La parte deshecha tiene sentido –éste, su álbum de debut, “Daizo”, es un puré extremadamente fluido de sonidos balbuceantes, sintes acuosos, vientos como eructos y la ocasional polirritmia. Sin embargo, si entiendes musicalmente el queso (o sea, lo hortera, lo que aquí llamamos ‘cheese’) como algo poppy, con unos patrones muy definidos y fácilmente digerible, entonces difícilmente puede ser hortera.

“Running Tangles”, por ejemplo, es una neblina de improvisación de teclados, enloquecida y frenética, con ritmos tribales superpuestos, mientras una voz, que imagino que es la de Hopkins, dice repetidamente “ah, ah, ah!” en segundo plano. A veces al revés. Después de un minuto, todo se descompone, derritiéndose como una figura de plástico en un microondas. Es sorprendentemente atractivo, teniendo en cuenta que inicialmente parece como escuchar a distintas personas jugando cada una de ellas a distintos videojuegos simultáneamente, pero desde luego, no es hortera.

Tampoco lo es “Convergence”, pese al hecho de que es, esencialmente, un solo de saxo de seis minutos y medio. A lo largo de la pieza, Hopkins emplea toques desconcertantes, como golpes de piano discordante y mamporros metálicos, combinando elementos de la música industrial, el free jazz y el serialismo dodecafónico en algo que no acaba resultando tan ofensivo como debería ser. El solo es fantástico, pero la canción entera tiene un aroma a algo que Ninja Tune podría haber sacado en los 90s, cuando los del sello estaban todo el día fumados. Es experimental, pero nunca llega al punto de arriesgarse a molestar a nadie.

Las pistas se fusionan unas con otras, pero no de un modo inteligente; más bien como si Hopkins sólo tuviese tres ideas personales, de las cuales dos se convirtiesen en temas individuales y la otra estirada a lo largo del resto del álbum. “Running Tangles”, por ejemplo, utiliza material de las mismas sesiones de percusión que “Mt Weather”, pero si vas a hacer eso entonces te tienes que asegurar de que el material de procedencia sea de primera calidad, cosa que no es el caso. Por eso, sólo la primera realmente funciona. La última suena como una remezcla ambient, como si dos gemelos hubieran nacido ya muertos.

Incluso la mejor pista de todas, la encantadora y hechizante “Phantom Wall”, tiene la lacra de sonar como Panda Bear hasta el punto de distraer la atención. Y eso es extraño. Se podría esperar que lo más interesante de la música de RareBit fuera su originalidad, pero en cambio rinde mejor cuando suena como otra gente.

Hopkins tiene una segunda vocación como artista visual. También se desenvuelve bien con las palabras. “Me gusta pensar que mi música es como un hongo incrustado en un estado de constante crecimiento y putrefacción. En este sentido, me influencia el paisaje orgánico, húmedo y floral en el que crecí”. El paisaje al que se refiere es la pequeña ciudad portuaria de Mukiteo, cerca de Washington DC. Ahora vive en Los Ángeles, y es difícil no sospechar que el estrés, los líos, el ruido y el caos que implica vivir ahí haya acabado corrompiendo la claridad de su visión original.

A veces esto puede funcionar para un artista. En el caso de Rarebit, no estoy seguro que lo haya hecho. Está bien en pistas como “Emergence”, que dispone inteligentemente los elementos más frenéticos para enfrentarlos con los sonidos más suaves, pero a veces “Daizo” se parece a la ilustración del álbum que él mismo creó: seguridad deslumbrante, pero a la vez deja una sensación desalentadora, extraña, desordenada y desequilibrada. Los mejores momentos son los más pastorales. Quizá Hopkins necesita escapar de ese millón de voces que le hacen la competencia en Los Ángeles y volver a sus orígenes “exuberantemente florales” para purificar su visión. Redescubrir y recalibrar. Porque aunque hay talento, le falta enfoque.

 

Emergence

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