Nos deja la gran Whitney Houston, la diva de ébano, que llevó el cruce entre gospel y R&B a las listas de éxitos. Murió sola, en la bañera, la noche de los Grammy’s, incapaz de sobreponerse a una vida de excesos.
La tarde del pasado sábado se apagó una de las grandes voces de América. La pionera en popularizar los gorgoritos melodramáticos en las listas de éxitos se fue, convertida en víctima de sí misma. Lo tuvo todo hasta mediados de los 90s. No obstante, a la vista de los flashes, a la par que acaparando todos los chascarrillos de las plumas viperinas de la prensa sensacionalista, la primera diva planetaria de ébano del pop fue convirtiéndose en un alma en pena incapacitada para plantar cara a la vida. La leyenda cuenta que, hasta en su momento de salud más patético, se vio obligada a canturrear por las calles de Los Ángeles en busca de algunos dólares para financiarse la dosis. Sea o no cierto, meses atrás todos pensábamos que había empezado a retomar (aunque fuera ligeramente) una rutina cuanto menos saludable después de que su mentor, Clive Davis, nos pusiera en aviso de que volvería al universo de cartón-piedra hollywoodiense encarnando a la madre de The Supremes en “Sparkle”. Los años no pasan en balde para nadie, y más cuando durante más de una década las adicciones lo dominan todo. Marcándose un Carmina Ordóñez en toda regla, Whitney Houston expiró su último aliento en una bañera y ahora el mundo llora su pérdida, la de una mujer que jugó a la ruleta rusa a sabiendas de que perdería su mayor tesoro: su talento.
Siendo hija de una de las mejores voces del gospel, Cissy Houston, prima además de dos artistas de vital importancia en el género como Dionne Warwick y Dee Dee Warwick, y contando con Aretha Franklin como madrina, el destino de la pequeña Whitney estaba fijado por los atros. A los 11 años empezó a hacer sus pinitos en una iglesia baptista de Newark y, dos años después, ejerció de corista para otros artistas como Chaka Khan en “I’m Every Woman” (tema del que, tiempo más tarde, se apropiaría, haciéndolo sonar en “El Guardaespaldas”) convirtiéndose, además, en una de las modelos de revista más solicitadas del momento. Su belleza brillaba con luz propia, pero cuando se ponía a cantar todo lo que había a su alrededor se paralizaba con su tesitura vocal de mezzo-soprano.
Acompañando una buena noche a su madre por los clubes de Nueva York, Clive Davis, capo de Arista Records, se fijó en ella tras oírle catar y decidió ponerle sobre la mesa el contrato de su vida. Era 1983. Pese a ello, no fue hasta dos años más tarde cuando “Whitney Houston” (Arista Records, 1985) llegó a las tiendas. Empezó tímidamente en las listas, pero gracias al éxito de singles como “Saving All My Love For You”, “How Will I Know” y, sobre todo, “Greatest Love Of All”, el álbum consiguió llegar al primer puesto de ventas un año después de su publicación, vendiendo la friolera de 28 millones de copias alrededor del mundo. Pura ciencia-ficción para una novata que además era afroamericana.
Encadenando siete números uno entre 1985 y 1987, Whitney Houston rompió la barrera conseguida hasta entonces por The Beatles y Bee Gees. Aunque su mayor mérito –más que su consagración con “Whitney” en 1987 o “I’m Your Baby Tonight” en 1990– fue precisamente el de desquebrajar los tabúes racistas del pop a mediados de los 80s. Hasta aquel momento, únicamente Michael Jackson tenía cabida en la MTV. Así que no tuvo más remedio que plantar cara a la situación con el vídeo de “How Will I Know” para allanar la entrada de las mujeres de color en los mass media mucho antes de que llegaran Toni Braxton, Janet Jackson, Mary J. Blige o Mariah Carey (con quien compartió el éxito de “When You Believe” para la película “El Príncipe de Egipto”).
Pese al éxito, Whitney aún guardaba un as en la manga para acabar de afianzar su mito. Tras rechazar diversas ofertas en el mundo del celuloide, en 1992 le dijo sí a Kevin Costner en ese melodrama que respondía al nombre de “El Guardaespaldas”. El film, pese a ser de una simpleza que asusta, lo petó en taquilla (410 millones de dólares de recaudación en todo el mundo) y despachó 44 millones de copias de su banda sonora (el cuarto disco más vendido de todos los tiempos), en la que pueden encontrarse algunos de sus clásicos como el archiconocido cover del “I Will Always Love You” de Dolly Parton, “Run To You” o “Queen Of The Night”.
“I Will Always Love You”
Coincidiendo en espacio y tiempo con el mejor momento de toda su carrera, Houston pasó por la vicaría en 1992 acompañada del rapero Bobby Brown, a quien conoció tres años antes en los Soul Train Music Awards. De cara a la galería, podría decirse que era la pareja de moda. Guapos, forrados hasta las trancas y, encima, con un prometedor futuro por delante. Sin embargo, la rumorología empezó a hacer de las suyas a finales de los 90s cuando las apariciones públicas de la estrella empezaron a ser menos notables y, en caso de hacerlas, aparecía algo más demacrada de lo normal. La sombra de las drogas abrió la veda de un matrimonio suicida que tanto fumaba marihuana y crack, como se esnifaba todo lo que podía y se daba de hostias día sí y día también.
Por todos era conocido que Whitney era una yonqui, pero la protagonista de esta truculenta historia no se atrevió a hacer sus primeras declaraciones al respecto hasta 2002 en una histórica entrevista televisada a cargo de Diane Sawyer. El morbo estaba servido: la que hasta entonces era una de las artistas más respetadas del mundo se estaba cavando su propia tumba. Un círculo vicioso en el que estuvo inmersa hasta que en 2006 inició los trámites de divorcio. Pero ya era demasiado tarde para volver a florecer. En 2009 lanzó “I Look To You” (que, de todos modos, era incapaz de hacer frente a su gran último disco de carácter urban, editado en 1998, “My Love Is Your Love”) y se embarcó en una tournée que no hizo más que evidenciar que la Whitney de sangre limpia y con portentosa voz había desaparecido.
Girls On Top. “I Wanna Dance With Numbers”
A estas alturas, la duda es: ¿cómo será recordada Whitney Houston? Nadie puede poner en tela de juicio el papel crucial que su figura tuvo en el espectro mainstream para las mujeres de color, el hecho de haber acercado el gospel y la visceralidad del soul que mamó desde pequeña a la radiofórmula para adultos, o haber sido la culpable de iniciar la senda de todas las damas enaltecedoras de los agudos imposibles. Al igual que ocurriera con Michael Jackson, su productividad en los últimos tiempos había sido más que nula. De modo que no nos queda otra que tirar de la videoteca para seguir recordando aquellos tiempos no tan remotos en los que su estrella brillaba como la gran voz que fue, es y siempre será.
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