Otra jornada a rebosar en Sónar: llenazo de día, con el house y la experimentación como sonidos bandera, y momentos para el recuerdo por la noche, con el show de Lana del Rey (dándolo todo) y los momentos de histeria clubber del final. Segundo día de éxitos en el festival.
Sónar ya ha superado su ecuador, ha vivido un viernes interesantísimo en todos los frentes –con una mezcla entre ocio tranquilo y experimentación proactiva en el espacio diurno del CCCB, donde han brillado John Talabot, Mouse On Mars y Jacques Greene–, y ha estallado por fin con la gran fiesta del primer Sónar de Noche en Fira Gran Via de L’Hospitalet, donde Hawtin, Murphy y Fatboy Slim nos han hecho bailar, James Blake nos ha hecho temblar, Lana del Rey ha puesto a su público a llorar (de emoción) y los shows de Amon Tobin y Squarepusher casi nos arrancan las órbitas oculares de cuajo. Así fue, así os lo contamos.
1. Sónar de Día
Pese a venir auspiciada por la institución que regenta el SonarDôme, esto es la RBMA, Raisa K no es ninguna polluela recién licenciada de la Academy. En ella recaen las responsabilidades a los teclados en Micachu & The Shapes y también en la banda que gira con DELS (vamos, que la chica tiene tablas). Y a pesar de haber cosechado cierto éxito con esta banda en el pasado, Raisa decidió pasar por ese Gran Hermano docto de la música electrónica, lo que indica que esta chica es puro ansia didáctica y curiosidad. Algo que casa perfectamente con el enfoque experimental y polifacético de su proyecto en solitario. Junto a sus dos músicos, se ha subido al escenario sembrado de instrumentos para derramar un sinfín de sonidos e influencias extrañamente bien avenidos. Math-rock, EBM, folk, world music: todos ellos han desembocado en una marcianada que ha sentado de maravilla a esas horas del mediodía y en la que incluso ha habido hueco para un momento acid con el “House-O-Matic” de DJ Deeon. Una propuesta interesante y disfrutable incluso para aquellos a los que la música de Micachu & The Shapes les sobrepasaba de tan variopinta. Mónica Franco
Uno de los activos de la marca Sónar que más se ha respetado a la hora de exportarla a otros lares –Ciudad del Cabo, São Paulo, Tokio– es el descubrimiento y promoción de talentos locales. Así es como el brasileño Zé Rolê ha llegado a Barcelona con su proyecto Psilosamples. Su “Mental Surf” es la versión doméstica y electrónica de la fusión con profundas raíces brasileñas que realizaban Som Imaginário o Azymuth hace unas décadas. Doméstica pero no domesticada, puesto que con sus plug-ins convierte en fosfatina los samples de música tradicional que usa, la mayor parte de su estado, Minas Gerais. Pero en un SonarVillage gocho y perezoso, con cuerpos semidesnudos tomando el sol en su césped artificial y eructando sangría y caipiriñas, el minero tiró de su lado más amable y dejó a un lado el feísmo digital de sus arreglos y, quizás por el idioma, los samples de programas televisivos, cosa que agradó al público pero quizás bajó el nivel: de música electrónica con sabores brasileños ya tenemos suficiente. No en vano, todas estas referencias tan pintorescas y ese punto abrasivo hicieron que el propio Simon Reynolds hablara de su hit “Homem do Rá” como la respuesta brasileña al hypnagogic pop. Con todo, una muestra de talento considerable. Dani Relats
De un DJ con una maleta tan insondable como Trevor Jackson siempre cabe esperar que sepa amoldarse a cualquier tipo de situación pero, sin embargo, ayer no fue el caso. Y eso que la psicodelia luminosa de acento krautrock de Psilosamples le había servido en bandeja la posibilidad de una sesión planeadora que empezara a poner en movimiento un por entonces aún semi-letárgico SónarVillage; se notaban los efectos de la noche anterior y la gente parecía más ocupada en buscar un rincón de sombra que en bailar. Sin embargo, el británico optó por una selección de tintes oscuros que empezó con dub de ecos lejanos para luego adentrarse de pleno en terrenos de techno gaseoso dominado por texturas espesas y difuminadas. Más allá de la calidad de los tracks (algo que se da por descontado con un selector de olfato tan refinado como Jackson) el problema fue que la estética excesivamente borrosa no acabó de empastar con el marco. Tampoco ayudó el sonido enfangado que ha sido la tónica dominante del escenario SónarVillage (sin duda uno de los aspectos a mejorar del festival). A pesar de que escapadas a géneros como el reggae aportaron dosis de frescura, el set acabó resultando un tanto decepcionante, sobre todo si se tiene en cuenta el potencial de Jackson como selector. Franc Sayol
La buena entrada que presentaba el Hall del CCCB, a pesar de la hora tempranera, todavía en pleno frenesí laboral, claramente indicaba que la presencia de John Paul Jones, músico inquieto de largo recorrido conocido mayoritariamente por su actividad como bajista de Led Zeppelin, suponía un gancho mediático y popular de primer orden que favorecía e incrementaba las expectativas. Ya en el escenario, su rol en el mini ensemble de improvisación, dark jazz y avantgarde propuesto por Supersilent tenía una importancia relativa, por mucho que el combo noruego dejara en sus manos y sus cuerdas buena parte del protagonismo de la velada. Supersilent y Jones transitaron por terrenos de free-jazz abrupto y desafiante y ambient oscuro en un show de digestión lenta y dificultad considerable. Pero aquellos que consiguieron abrirse paso por la angosta jungla de drones tenebrosos, líneas de bajo esquizofrénicas y estructuras indefinibles encontraron uno de los momentos más intensos de la jornada. David Broc
Si ayer hablábamos de la importancia de la voz en grupos como When Saints Go Machine, con Austra ocurre tres cuartos de lo mismo. Katie Stelmanis es una cantante prodigiosa, como ya demostró en su notable debut del año pasado, “Feel It Break”. Sin embargo, en las primeras dos canciones su voz quedó absorbida por unos poderosos graves. Podías imaginarte que llegaba a registros altos, pero nunca disfrutar de ellos como se merece. El público tuvo que intervenir y ella se dio por aludida, así que a partir de “Lose It” pidió que el técnico subiese su micro y ya la cosa mejoró ostensiblemente. Fue en cortes como “The Villain” donde mejor exhibió su formación operística, algo que remachó con una gesticulación muy teatral. De nuevo se demostró que el SónarVillage –o su público– es todo terreno. A priori la dark-wave de los canadienses encajaría mejor en escenarios cerrados, pero la respuesta ante la irrupción de cualquier bombo siempre fue bien agradecida por los asistentes. Imaginamos que también ayudó, a algunos, una puesta en escena que tiraba hacia lo freak circense (¡la madre que trajo a las coristas!). Álvaro García Montoliu
Una de las constantes en la carrera musical de Mau Boada es su capacidad para depender de sí mismo para sacar adelante cualquiera de sus ideas y proyectos musicales. El ejemplo más extremo y elocuente de esto es Esperit!, su última aventura, que ayer defendió con mucha entidad y convicción en el SonarComplex. Fiel a la idiosincrasia de este proyecto personal, el músico catalán sacó a escena su paleta de instrumentos y opciones expresivas, arropado por un juego de proyecciones ad hoc, y se guisó él solito un set completo a base de folk tripado, ambient psicodélico y minicanciones hipnóticas sin más pretensiones que las de dejar fluir y esparcir las inagotables ideas de su autor en una propuesta muy particular. Puesta en escena sobria y minimalista, y no sólo por el concepto de hombre orquesta generando por sí mismo todo un universo musical, para darle empaque y mucho sentido a una idea que tiene vida y vigencia más allá del dormitorio y el estudio casero. DB
Sónar siempre trae a los mejores DJs, ya sea por trayectoria o por ser verdaderos conocedores de la música. Daniel Miller no llegará jamás a los niveles de popularidad de Richie Hawtin –ni se lo propone– pero de música sabe un rato. Desde 1978 capitanea uno de los sellos más prestigiosos, Mute Records, y por eso mismo, con una trayectoria tan larga y variada se hacía impredecible adivinar por dónde iban a ir los tiros. De hecho, ni él mismo lo sabía, como admitió recientemente, aunque el hecho de pinchar justo después de Austra debería haberle facilitado las cosas. Empezó con un techno de cariz minimalista que progresivamente fue virando hacia lo melódico. La cosa no se salió demasiado del guión de cualquier pinchadiscos del montón: que si ahora subo el bombo, ahora lo bajo, ahora os meto un rollito tribal para volveros a todos del revés y vuelta a empezar. Una decepción para todos aquellos quienes confiaban que su sabiduría hiciese de éste un set para gourmets o, por lo menos, un repaso a lo bueno y mejor de tan legendaria discográfica. AGM
Había ganas de que los siempre juveniles Jan St. Werner y Andi Toma presentaran su último trabajo, ese excelente LP llamado “Parastrophics”. Con un inicio dramático estilo banda de rock –crescendo épico curiosísimo con mucha niebla artificial y sonido de carreras de automóviles–, Jan y Andi salieron a full, acompañados por el mazas de su baterista Dodo Nkishi, los tres entregadísimos ordeñando y aporreando como si les fuera la vida: no cabe duda, es un directo. Pero lo que parecía el gran aliciente del bolo se tornó un gran lastre: los tres músicos tocaban a la vez, no respetaban silencios, pisoteaban el espacio que pudieran tener los temas (y en el disco lo hay). Aquello, en lugar de una exposición razonada de ideas musicales, donde se escucha y se responde, parecía un Sálvame de Luxe con los tertulianos más bocachanclas vociferando unos sobre otros. No sólo les perdió su horror vacui, sino el formato musical que emplearon en el live, adaptando su sonido a tendencias musicales más que discutibles: a ratos parecían un grupo de Ed Banger, incluso Modeselektor, la cadencia en que envolvían sus temas fue siempre la misma y el bajo definitivamente lo olvidaron por el camino: tan sólo frecuencias medias distorsionadas. Skrillex no se sentiría del todo incómodo escuchándoles. Con todo, temas como la absurda “Baku Hipster” –imagínense un moderno de Azerbaiyan: ¿tendrá bigote irónico?– sonaron tan marcianas como en el disco y el final trucha de “Seaqz” fue doblemente gratificante: por subir el tempo radicalmente y por ser el final. DR
Lo bueno de la amplitud del SonarVillage es que si eres fan, siempre encuentras huecos para estar en las primeras filas. Desde ese punto, el sonido del directo que ha ejecutado Jacques Greene era bastante decente. Me dicen que más allá de la décima fila no ha sido tan bueno. Lo cual afea mucho uno de los lives preparados con más cariño que ha visto quien firma. Con su inseparable escudero Ango y una cacharrada analógica despampanante, Jacques Greene ha ido sirviendo sus temas, siempre acudiendo a las máquinas para darles un giro diferente. Desde los himnos facturados en su EP “The Look” (aprovechando la Roland, ha empezado con una versión de “Tell Me” muy parecida al remix que hizo Kingdom) hasta el inédito “Prism”, intercalando los temas editados en su sello Vase. En ellos Ango ha demostrado que con una calidad vocal discreta te puedes meter al público en el bolsillo a base de feeling. Distinción, originalidad y el balance perfecto entre momentos de baile y transiciones melosas en clave R&B. Si por mi fuera, le doblaba el caché y le petaba el rider de paletillas de Guijuelo. MF
Segunda prueba de fuego para John Talabot en el terreno del directo y, de nuevo, superado con nota altísima. Esta vez tocaba adaptarse a un escenario más pequeño, recogido, oscuro y lleno hasta la bandera. Pero no hay ningún obstáculo que nuestro MVP particular no pueda sortear. Riverola y su compañero de sello Pional se repartieron las tareas vocales y de percusión del mismo modo que ocurrió en su reciente pase por el San Miguel Primavera Sound. El set fue el mismo, pero los visuales ganaron presencia y empaque, al situarlos en una pantalla justo detrás del dúo. Poco a poco, y nunca mejor dicho, fueron desgranando las mejores canciones de su estreno en largo, “ƒin”, un sensual house de beat lento. Dotaron a la voz de mucho más protagonismo que en el disco, especialmente en ese comunal cierre que fue “Destiny” –móviles bien en alto– y en los gritos asilvestrados, casi desesperados, de la enigmática “Oro Y Sangre”. Puede sonar atrevido, pero los centenares de personas que se congregaron en el SónarHall –muchos se quedaron fuera– fueron testigos de la consolidación de uno de los mejores talentos patrios electrónicos que ha dado este país en muchos años. AGM
Tremenda cola para acceder al SonarComplex minutos antes de que Peaking Lights iniciasen su concierto. Nada nuevo en las citas más tardías de las jornadas diurnas del festival, pero señal inequívoca de que la propuesta del dueto norteamericano se ha erigido en uno de los grow ups de los dos últimos años. En directo conservan el encanto lo-fi que transmiten sus discos, ese sonido casero y algo polvoriento, pero en ningún momento renuncian a la seriedad y fiabilidad de su propuesta, que mantiene ese embrujo de dub-pop evanescente y melodías envolventes que les ha convertido en un secreto a voces del underground electrónico estadounidense. Indra Dunis y Aaron Coyes se valen ellos solos para recrear con mucha fidelidad el universo onírico y litúrgico que consiguen en el estudio, y el marco del Complex ayudó a cimentar y fortalecer el sentido de la atmósfera y la melancolía confortable que guía sus composiciones. Fueron de menos a más y, lo más importante, consiguieron que no echáramos de menos nuestra cama y nuestros auriculares, hábitat natural para disfrutar de su música. DB
El Sónar de este año está petado de maromos. Literalmente. A los hechos me remito: colas kilométricas en los lavabos de hombres, mientras que las colas para las chicas son mucho más llevaderas para las no entrenadas en los ejercicios de Kegel. La diferencia de género se palpa en cualquier rincón, pero hay que ver de qué manera se ha acentuado en la actuación de Nina Kraviz. Los aromas a macho cabrío, a charco de cerveza y a sudoración politoxicómana han recibido a la rusa, que lo primero que ha hecho ha sido avisar de que era su cuarto live. Y el que avisa no es traidor. El directo ha empezado sonando turbio (una lástima por “Ghetto Kraviz”, que ha sido la segunda canción del set, para deleite de la parroquia), aunque ha mejorado hacia la segunda mitad. Se comenta que ha tenido problemas en la prueba de sonido. Pero a las braguetas henchidas que me rodeaban les ha dado absolutamente igual cómo sonara. Encima del escenario Nina estruja más su sex-appeal que su equipo, y la fórmula funciona para los menos exigentes porque, de guapa que es, hipnotiza. Y para lo buena que está, no canta tan mal, como ha demostrado hacia el final de la actuación. Pero para los más exigentes este directo pasa justito el aprobado. Más house y menos morritos, por favor. MF
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