Sónar ha culminado su edición más exitosa en 19 años de historia, con cerca de 100.000 asistentes en tres días. Pero también ha sido un éxito artístico. Repasamos el último día, en el que dominaron los escenarios New Order, The Roots, Metronomy y Hot Chip.
Después de 19 ediciones, Sónar ha encontrado un nuevo tope. El total de asistentes que han pasado por el CCCB de Barcelona y el recinto de Fira Gran Via de L’Hospitalet ha estado alrededor de la cifra mágica, redonda y nunca antes alcanzada por el festival de las 100.000 personas –en concreto, 98.000, en datos de la organización– y estamos, por tanto, ante el Sónar más exitoso de todos los tiempos. Pero no sólo ha sido un triunfo en público: también en música. En la última jornada nos dejamos llevar por la fuerza del pop electrónico y nos dejamos querer por Metronomy, Hot Chip y New Order, tuvimos el privilegio de ver a The Roots en directo y volvimos a asistir, otra vez, al futuro de la música en tiempo real. Comenzamos con el repaso.
1. Sónar de Día
Qué tipo tan entrañable Santiago Latorre; tanto como su música. Preocuparse por el público (escaso y mayoritariamente nacional) y por cómo encontrar la mejor manera de que disfrute al máximo de su directo no es algo que se vea mucho por los festivales. Antes de empezar el directo, se han repartido antifaces para que los presentes aislaran los estímulos visuales –y, tal y como él mismo ha indicado, para no ver camisetas de tirantes– y así centraran su percepción en el oído. Latorre ha repasado discografía, disponiéndola de tal manera que uno se iba introduciendo en su mundo poco a poco para acabar totalmente inmerso en la calma. Primero su susurrante voz, luego los pasajes ambientales, después el envolvente sonido del clarinete, así hasta llegar a esas armonías trascendentes, acabando el culmen con el canto gregoriano moderno llamado “Si El Sol No Calienta” y que está incluido en su último disco. Es posible disfrutar de un directo de electrónica pausada en el SonarDôme, aquí tenemos la prueba. Mónica Franco
Japón en estado puro. De lo visto estos días en el SónarHall la puesta en escena y el concepto de show que propuso Cornelius venía para aportar esos matices de exotismo y esencia nipona que tanto gustan por estos lares. A su banda de músicos les acompañaba un cuarteto de féminas vestidas de blanco que se amoldaban al pop de matices indietronicos de Keigo Oyamada, hiperactivo durante todo el show alternando todo tipo de instrumentos y dirigiendo desde la retaguardia la particular paleta cromática de sus canciones, las que repasó ayer en una línea menos explosivamente bailables de lo que era habitual en sus inicios. Cornelius optó por revisar “Salyu X Salyu”, y en esa tesitura se concentró en su versión de baja intensidad, jugueteos electrónicos, flirteos indietrónicos y una idea más monocorde y uniforme de su discurso. El show fue de más a menos, sobre todo superado el efecto sorpresa del arranque, y acabó algo mecanizado y automatizado. David Broc
Primero las presentaciones. Darkside es el proyecto paralelo que inició hace cosa de un año Nicolas Jaar junto a Dave Harrington. A finales de año publicaron un maxi en el sello del neoyorquino, Clown & Sunset, con tres cortes que exhibían una amplia paleta de sonidos: dub, jazz, funk, rock y más. El psicodélico set que ofrecieron ayer por la tarde fue de sus primeros, pero su compenetración fue máxima. Situados frente a frente, Nico cantó y llevó el mando de su laptop y los sintes, mientras que su aliado se encargó de la guitarra. Su música, irresistiblemente sexy, deleitó especialmente a aquellos quienes preferían el baile horizontal, sintiendo ligeros hormigueos cada vez que sus elegantes beats penetraban sus oídos. Aunque también hubo momentos en los que pisaron con violencia el acelerador, como esa “A1” estirada como un chicle y subida de revoluciones hacia el final. Hubo abundancia de temas nuevos, que con seguridad se incluirán en ese álbum de debut que prometen para finales de 2012. Gustó especialmente uno en el que mostraron una sensibilidad pop algo inesperada, con la refinada voz de Jaar y un Harrington, muy a lo Chris Isaak, creando unas atmósferas densificadas con feromonas. Álvaro García Montoliu
Primer evento del showcase de 100% Silk. Ataviada con ropa estilo tenista, la estonia llegó al Convent dels Àngels disculpándose por la cancelación de su concierto madrileño y admirándose por ser éste su primer bolo con valla de seguridad. Sobre unas bases totalmente pregrabadas, su directo tuvo como fuerte las improvisaciones vocales y unas coreografías espasmódicas pero poderosas: con el cabello alborotado por encima de la cara, Minerva tenía el carisma de un chamán tribal. El repertorio estuvo formado por los temas más bailables, dejando a un lado las canciones más etéreas y remodelando otras, como “Soo High”, que sonó mucho más disco y acabó con un final catártico, mini versión noisy de “Love Is Stronger Than Pride” de Sade incluida. Muchas más sorpresas hubo, puesto que la linealidad no es lo suyo. También aprovechó para presentar un tema del nuevo álbum, con un sorprendente bajo por lo grueso que sonaba. Ya al final, descalza sobre el escenario y con una larga ovación del público, la báltica alzó sus zapatos deportivos como agradecimiento al público. Si, acertaron: es una freak. Pero con talento, y mucho. Se está gestando una estrella. Dani Relats
Las masas, deseosas de quemar las calorías del hot dog de turno (el alimento base de cualquier animal festivalero que se precie), recurrieron al productor británico para que les guiará en este propósito. Podría haber incluido de todo en su set, pero el de Manchester fue por el camino fácil a sabiendas de que a esa hora uno no quiere enfrentarse a sesudas melodías encriptadas. Sonó desde el “Bamboo Banga” de M.I.A., pasando por el siempre recurrente “One More Time” de Daft Punk (dopado de bajos bien gordos) o ese “Lady (Hear Me Tonight)” de Modjo filtrado por la turbina dancehall, así como un montón de otras producciones suyas y edits. Ya pueden imaginarse la respuesta: algún que otro brazo en alto a modo de celebración al inicio de cada mezcla y algunas intrépidas haciéndose notar en el siempre dificultoso arte del booty shake vespertino. Entretenimiento en vena que entró la mar de bien para hacer más amena la espera de LA Vampires. Sergio del Amo
¿Cuándo nos han decepcionado las gentes de Raster-Noton? Probablemente jamás, por eso repiten año sí año también en Sónar con shows, a menudo casi exclusivos, para sibaritas de la electrónica. Si lo del año pasado con Cyclo ya fue de toma pan y moja, la nueva reencarnación de Alva Noto y Byetone, fundadores del sello, como Diamond Version junto al artista japonés Atsuhiro Ito fue un espectáculo impactante en lo visual y lo sonoro. Pocos eran los afortunados que los habían visto hasta ahora, por lo que la propuesta era doblemente atractiva (quizá no habrá una segunda vez). Mientras los alemanes lanzaron ondas de un techno bien limado, de formas minimalistas, rudo, industrial y seco, el nipón se dedicó a profanar tímpanos a través del Optron, un tubo fluorescente modificado para utilizarlo como fuente sonora. El experimento fue del todo menos extravagante, pues el tubo funcionó como un instrumento al uso, hasta tal punto que el nipón lo manejó como si fuese una guitarra. Así, la simbiosis entre las dos fuentes sonoras fue total. Ito ofreció buenas dosis de ruido brutal, directo a la yugular, que junto a los atronadores subgraves de la dupla teutona sacudieron a los presentes con una virulencia tan fuerte como la del Terremoto de San Francisco de 1906. Los visuales, portentosos a la vez que sobrios, echaron el resto. AGM
La sección del showcase de 100% Silk que tuvo lugar en el SónarComplex dio pie a una situación curiosa. Y es que, quizá a raíz del reducto de oscuridad que ofrecía el escenario, el publico que se congregó ahí tenía más de fiesteros insaciables que de escudriñadores de sellos trendy. Para los primeros, el directo de Magic Touch fue verdadero maná. Damon Palermo presentó un set que rebosó aromas old school, empezando por la puesta en escena; sin laptop y armado únicamente con un sampler Akai, un secuenciador Yamaha QY700 y un sintetizador. Del mismo modo, en el plano musical su set fue una sucesión de referencias al house clásico de ascendencia noventera; adustos ritmos analógicos, pianos extáticos, vocales con sello rave y profusión de melodías y atmósferas entre luminosas y psicodélicas que señalaban directamente al summer of love británico. Todo ello resultó en una descarga de sonido primario (en el mejor sentido del término) y energía descarnada que acabó convirtiendo el Sonar Complex en lo más parecido a una warehouse party que se ha vivido en las jornadas diurnas del festival. Franc Sayol
Cuando Trevor Jackson está en primera fila para ver actuar a un DJ es que algo importante está a punto de suceder. Y es que nadie puede discutir el aura de leyenda que rodea a DJ Harvey. Del mismo modo, nadie puede poner en duda su dominio absoluto del hechizo colectivo. Parapetado detrás de un mixer Bozak, un ecualizador de 5 bandas, filtros “crossover” y unas gafas de sol que le daban un aire a Eugenio, el mítico DJ británico dio una lección de cómo llevar a un público a la catarsis danzante. Y eso que su sesión fue un tanto extraña. ¿Quién podía esperar que pinchara el remix de Holden del “The Sky Was Pink”? ¿Y que lo mezclara con el “Poney” de Vitalic? Probablemente en manos de cualquier otro DJ del festival esos tracks hubieran sonado a recurso ultra-manido pero, en ese preciso instante, parecieron los tracks que todo el mundo parecía querer oír. La magia del alquimista. A medida que avanzaba la sesión las cosas volvieron a su cauce a base de clásicos disco como el “Do You Want My Love” de Debbie Jacobs o el “Wardance” de Kebekelektrik. Un acento discoide que se mantuvo hasta el final y mantuvo al público en un estado de efusividad permanente, derroches de sudor y palmas incluidos. Para los connoisseurs probablemente no fue una sesión antológica, pero seguramente fue la más conveniente para el momento. El variopinto público del Sónar ya ha cogido mucha carrerilla un sábado por la tarde y treinta años desarrollando tu instinto en las cabinas son demasiados como para no saber leerlo a la perfección. FS
Sigamos con 100% Silk. Amanda Brown, la jefa del sello, nos presentó en directo su peculiar versión de la música house. Frecuentemente se compara el género como una liturgia donde el predicador es el Dj, que promete a la parroquia, es decir al público, todos los manás del Paraíso, es decir la “Good Life” (Inner City) en una “Promise Land” (Joe Smooth). Siguiendo el símil, LA Vampires es el equivalente de alcantarilla: un rito satánico para un tropel de ratas a las que se arrastra al lado oscuro. O al menos, eso se deja entrever en la poderosa “Wherever, Boy”, con la que abrieron el directo, que funciona como versión apócrifa de “Good Life”. Mala vida. Es curioso que Amanda, con una actitud más parecida a los deejays jamaicanos o a los MC’s de drum’n’bass que a una cantante de pop, se situaba al lado de sus compañeros de grupo para mejor feedback y raramente ejercía de frontwoman. Su repertorio, siempre bailable y cargado de reverb, a veces se volvía más corpóreo, más punkie, rememorando los clásicos de Zé Records, que tan en desuso han caído. Como anécdota, durante la recta final, María Minerva rompía su imagen etérea zampándose un bocadillo de tortilla de patatas de barra de cuarto en el lateral del escenario. DR
Veinticuatro horas después de que John Talabot volviera a afianzarse como héroe nacional, The Suicide Of Western Culture repitieron con maestría la hazaña en el mismo lugar y a la misma hora. El SónarHall les fue que ni pintado para su hipnótico apocalipsis sonoro. Dejándose querer únicamente por el reflejo de sus proyecciones (que tanto se focalizaban en la Guerra Civil Española como en las sinergias del hombre y la máquina) y sus características capuchas (pese a estar poco tiempo con ellas, suponemos que por el calor ambiental), el dúo no sólo desgranó con violencia ese debut que les ha hecho convertirse en uno de nuestros mayores embajadores electrónicos, sino también alguna píldora de ese segundo álbum (en concreto, la prometedora “Love Your Friends, Hate Politicians” y “El Cristo de la Buena Muerte” como colofón final) que en otoño volverá a teñir nuestras vidas de ensordecedoras melodías industriales. Su directo, a medida que pasa el tiempo, es aún más sólido, emocionante y visceral que el anterior. Cada día su número de feligreses crece como la espuma. Y con razón. SdA
Tenía mis reservas de cómo iba a funcionar el live de Ital en un SonarVillage que, minutos antes de que saltara a escena Daniel Martin-McCormick, era como si hubieran juntado a los cástings de “Walking Dead”, “Camorra” y “Skills” en un telefilme. Sin embargo, tampoco esperaba que el directo de Ital fuera a prescindir prácticamente de toda esa influencia soul y house añejo de diva para invocar a los dioses del intelligent techno más asilvestrado. Las ráfagas de sintetizadores asesinos, las melodías eufóricas y esquizoides y un azote de “bumbum” galopante han mantenido en movimiento a la gran mayoría del recinto. Incluso “Only For Tonight” ha sonado como si fuera parte de una rave en la campiña inglesa a principios de los noventa. Pero tengo mis sospechas de que ese movimiento era pura inercia después de dos días (o más) de fiesta y baile incesante. MF
“She Read The Wrong Book” ha servido de inmejorable excusa para que Miguel Marín se haya planteado nuevos retos y nuevas maneras de expandir su música, sobre todo en el formato del directo. En la presentación del mismo en el SónarComplex, actuación de cierre del festival en este escenario, el músico y productor español se rodeó de una banda al uso –con chelo, violín, guitarra o percusión, con todo tipo de detalles– para trasladar con la mayor fidelidad posible la esencia de un álbum en que Marín ha querido potenciar e intensificar más su vertiente más de bandasonorista en potencia que de agitador ambient. Eso se dejó notar, con mucha clase y sutileza, en un show de perfil íntimo y delicado que estrechaba claros lazos con la neoclásica y se alejaba con cierta intención de la vertiente más flotante y evanescente de su música. Esta cara más orgánica y emotiva de Arbol tiene miga y mimbres, y la formación que le acompaña los sustenta con creces. Mario G. Sinde
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