Estuvimos en el comienzo de la gira mundial de reunión de The Stone Roses, en la sala Razzmatazz de Barcelona. Un concierto con deficiencias de sonido, pero sobrado de energía y hits. Han vuelto por el dinero, pero han vuelto para saldar una deuda con toda una generación.
Nunca tuvieron la arrogancia de considerarse más importantes que Jesucristo, como John Lennon, pero sí la de titular a una de sus canciones “I Am The Resurrection” y a su segundo álbum “The Second Coming”, otorgándose atributo propios de un Mesias. The Stone Roses ha sido una de las bandas más arrogantes que ha conocido el pop británico –superadas al poco tiempo por Oasis, pero por nadie más– y lo cierto es que tuvieron motivos para tomarse en tan alta consideración: un primer disco como el suyo, “The Stone Roses” (1989) no lo ha firmado (casi) nadie, y sus canciones –incluidas las de las caras B– siguen sonando todavía frescas, menos bailables que en su momento, aunque igual de psicodélicas y con una pureza melódica que aún no se marchita, como tampoco olvidan sus fans más veteranos los momentos que les hicieron pasar: los de aquellos veranos de éxtasis, cerveza, playa, amigos y primeros ligues. La banda sonora de los mejores años de la vida de muchas personas.
Muchas de esas personas, y perdón por la redundancia, estábamos anoche en Barcelona protagonizando una noche histórica. Una noche casi necrófila –no porque haya muerto nadie de la banda, pero sí la banda en sí, que no tocaba junta desde 1996, sin contar el concierto del Parr Hall de Warrington del pasado 23 de mayo, una especie de ensayo general– en la que The Stone Roses, y por extensión todo ‘Madchester’, resucitaron como si no hubiera pasado nada. Están más viejos, menos ágiles, más cansados, pero cuando suenan estas canciones, y no las de sus infumables proyectos en solitario, los cuatro se rejuvenecen y su música revive todavía vital, psicodélica y eufórica.
Fue una verdadera noche nostálgica. Esa nostalgia obscena, esa nostalgia oportunista de las giras de reunión por la pasta, pero también una noche que nos trajo a un momento pasado que valía la pena volver a recuperar. Parecía 1989 de nuevo. Antes de que aparecieran The Stone Roses, el warm up desgranaba clásicos del house como “French Kiss” de Lil’ Louis o “Voodoo Ray” de A Guy Called Gerald, y clásicos del soul como “Move On Up” de Curtis Mayfield. Luego comenzó a sonar el beat baggy de “I Wanna Be Adored” y las guitarras psicodélicas de John Squire, y se desató la locura. Era el comienzo de la gira de reunión de Stone Roses, en Barcelona, ante un público inglés en su gran mayoría, entrado en años y experiencias, muy bien engrasado a base de cerveza y dispuesto a dejarse la piel cantando, coreando, bailando, como si aquello fuera un cruce adecuado entre una rave party en un almacén de la zona industrial de una gran ciudad y una fiesta psicodélica en el San Francisco de los años 60s. El sonido era pobre porque la sala no da más de sí, pero más allá de las deficiencias acústicas, la energía del momento suplía cualquier situación adversa. Las canciones corrían por la sala como una corriente eléctrica violenta, elevando brazos y gritos, y cuanto más grande era el hit, más fuerte era la reacción: no había más que ver a la sala al completo coreando “She Bangs The Drums” para emocionarse y compartir el momento hooligan. Habían vuelto los 90s, los verdaderos.
No se lo perdió Liam Gallagher, que rondaba por la sala y sabía, como todos, que la reunión de The Stone Roses era un momento histórico. Tampoco Shane Meadows, el director de películas como “Somers Town” y “This Is England”, que manejaba la cámara rodando un documental que constatará en film lo que ayer vimos en directo –un documental verdadero, tras haber rodado el falso de “Le Donk & Scor-Zay-Zee”–. La gente elevaba sus móviles, capturaba vídeos, hacía fotos, inmortalizaba el último gran concierto de reunión que le faltaba al brit-pop. Y arriba, la banda daba lo mejor de sí –nunca fueron grandes músicos, nunca hicieron conciertos largos, y el de Barcelona duró 80 minutos y tras “I Am The Resurrection” se acabó–. Quien más se esforzó por gustar fue John Squire, que se adornaba en el vestido psicodélico de las guitarras y que hizo suya “Fool’s Gold”, alargándola hasta los diez minutos, añadiendo capas y más capas de fuzz. Reni, el batería, apareció con rastas y una camiseta amarilla –por suerte estaba al fondo del todo–, y Mani puso la experiencia acumulada en la máquina trituradora de Primal Scream para sostener el groove. Y finalmente Ian Brown, que cada vez parece menos un mono a medida que gana semejanza con el Lobo Carrasco, que no cantó bien, pero se metió a la gente en el bolsillo con cuatro frases de comunión y dos bailes de flipado de las pastillas. Le echó pulmón a “Made Of Stone” y “Waterfall”, le dio calor a “Sally Cinnamon” y “Mersey Paradise”, se sobró en épica con “She Bangs The Drums”, y sólo con eso nos hizo volver a casa contentos y satisfechos. No fue el regreso soñado de The Stone Roses –por acústica, sobre todo–, pero nos sentimos privilegiados. Y esto es así porque, si no estuviste ahí, lo que ahora mismo estás sintiendo es envidia, mucha envidia. Y sabes por qué.
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