El L.E.V. se consolida como un festival de gran altura electrónica y cierra su balance de 2012 con generosa afluencia de público y una calidad artística que se daba por hecha sobre el papel y que en directo convenció. Acabamos, cómo no, lev-itando.
Al L.E.V. no ha llegado todavía Paco con las rebajas. El Laboratorio de Electrónica Visual celebró este fin de semana su sexta edición consolidado como una apuesta con personalidad propia que deja atrás las comparaciones con otras citas de electrónica avanzada. Un festival que, más allá de políticas de recortes y desmonte cultural, se mantiene como un parque nacional del sonido, una extraña y bella isla con un ecosistema único que atrae a un público ‘gourmet’ pero desprejuiciado. Apenas 1.200 personas por día que se mueven por el recinto de la antigua Universidad Laboral de Gijón saltando de la vanguardia más desafiante al truchón fiestero. Y luego, claro, está Asturias. Algunos tenemos una especial devoción por la tierra de David Villa y Arturo Fernández, y por Gijón en particular. Una región dinamitera y sibarita, macarra e inquieta, suicida y vitalista.
Soap&Skin
Ese juego de contrastes se materializó en la Laboral desde el arranque del viernes. El monstruoso complejo franquista, con sus murales de antiguos y viriles oficios, se abrió a los asistentes como un alucinante contenedor. Así pasó con el Teatro, cuya gigantesca caja escénica acogió las propuestas más interesantes del este año. Fue el caso de Soap&Skin, quizá el descubrimiento del festival: una austriaca de 21 años que, ella sola con su piano, se las apañó para comerse el escenario en un espectáculo que tuvo mucho de teatro y performance. Anja Plaschg, que es como se llama la chica, tiene la capacidad de sacar el drama de cada tecla que pulsa, como una oscurísima Cat Power. Ahí quedó su versión fúnebre del “Voyage Voyage”, recién sacada de su disco “Narrow”, para el recuerdo.
Aquello ya dio pistas de por dónde iban a ir los tiros en este L.E.V. 2012: por la experiencia sensorial que supera el simple acto de oír. La instalación “data.tecture [5 SXGA + versión]”, del japonés Ryoji Ikeda fue un claro ejemplo: el suelo de una nave del Centro de Arte de Laboral cubierto por proyecciones de datos que bañaban a quienes descansaban sentados o se revolcaban por el suelo, como una paisana que se montó su propia perfo danzarina.
Ghostpoet
Al lado, la Nave que acoge la programación nocturna (con su mítica columna en medio del escenario) se abría con la actuación del colectivo Old Apparatus y su bass music corrosiva. Luego apareció Komatsu, en teoría una concesión a la escena asturiana (se llama Héctor Sandoval y es de Lugones), aunque en la práctica desbordó lo que se espera del artista local. Luego llegó el turno de Ghostpoet, que compareció acompañado de guitarrista y batería. Empezó a lo Massive Attack, cambió más tarde a Terranova y terminó en clave latina y africana. Sólo al final recuperó la pátina techno de su disco “Peanut Butter Blues And Melancholy Jam”, con una estupenda versión de “Cash And Carry Me Home”.
Prefuse 73
Prefuse 73 pareció querer seguir por ese camino hipnótico y cannábico, y se marcó una sesión quizá demasiado entrecortada en la que se dejó llevar por sus genes caribeños, hasta el punto de que parecía que en cualquier momento se iba a arrancar a rapear uno de esos fraseos que empiezan con la palabra “Representando...”. Para hacer contrapeso, Byetone sacó la “bayetona”, como alguno lo llamaba por allí, y sacudió el polvo a base de descargas de techno intenso y bailable. Tres años después, el alemán volvió al L.E.V. para demostrar la capacidad del festival para rastrear genios justo antes de que estos exploten, igual que hiciese con James Blake o SBKTRK.
Robert Lippok
El sábado amaneció con una lluvia bastante seria que deslució la programación en el precioso Jardín Botánico Atlántico. Las cerca de 200 personas que se acercaron a ver a Las Casicasiotone, patten y Robert Lippok tuvieron que apretujarse bajo la carpa del miniescenario para evitar las humedades y, de paso, sentir mejor el despliegue de bajos de este último.
No quedaba otra que tirar de gastronomía, por lo de seguir con lo de la “experiencia sensorial”. “Embarazados” de fabes, ñoclas, cachopo y sidra (la Menéndez parece ser la de este año), quienes acudieron durante la tarde al concierto fotosintético de Paula Pin o al taller de Various Production tuvieron que luchar contra la “fartura” por exprimir al máximo el programa.
Ya de noche, los franceses 1024 architecture resumieron en su espectáculo “Euphorie” el que podría ser espíritu del L.E.V. Un juego de proyecciones alucinantes sobre pantallas translucidas, diarrea glitch mezclada con el burbujeo de Boards of Canada y flashazos de luz que dejaron momentáneamente ciego al patio de butacas del teatro. Todo ello, sin renunciar al humor, como en esa pieza sobre la historia de un hombre que quiere vender las partes de su cuerpo por el mundo para sacar algo de pasta.
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