En hora y media de reloj, Jack White rememoró los mejores tiempos de The White Stripes, The Raconteurs y The Dead Weather, a la vez que presentó las canciones de su debut como solista en un directo arrollador y estilísticamente abierto.
La primera vez que The White Stripes pisaron una sala barcelonesa fue el 1 de diciembre de 2001. Por aquel entonces habían lanzado su tercer álbum de estudio, “White Blood Cells”, con el que empezaron a tener reconocimiento por parte de la crítica (de hecho, muchos podrían argumentar que es su mejor trabajo). Lo hicieron en un festival llamado Pop Attack en el que compartían cartel con Mogwai, Hefner y Beachwood Sparks, entre otros. Desde entonces las visitas a la capital catalana se han repetido, ya sea en la sala del Poble Nou o en el San Miguel Primavera Sound. Tras seis discos, a principios de 2011 Jack y Meg decidieron tomar distintos caminos. Mientras que ella se ha mantenido inactiva los últimos meses, él lanzó el pasado abril su estreno en largo como solista, “Blunderbuss”, tras embarcarse en mil y un proyectos. Aunque su presencia hace unos meses se dio como segura en alguno de los festivales españoles, al final sus fans han podido disfrutar del artista de Detroit en el entorno en el que mejor encaja su música, un recinto cerrado como Razzmatazz (que preferimos infinitamente al Sant Jordi Club, donde inicialmente estaba programado).
Jack White es consciente del estatus en el que está. Como gran estrella de rock hizo esperar a sus feligreses unos largos 30 minutos. Cuidó la escenografía, muy minimalista, con tres tiras blancas de tela colgando del techo y una iluminación azul en consonancia con el nuevo color que ahora gasta (ni rastro del rojo que le siguió la década pasada). Y jugó con el suspense. Primero, haciéndonos preguntar si vendría respaldado de su banda masculina, The Buzzards, como ocurrió en Lisboa y Madrid, o con The Peacocks, sus partenaires femeninas. El hecho de que el backliner, todo vestido de negro, con corbata y sombrero, se pasease por el escenario hizo pensar que probablemente hubiese dejado a las chicas en Estados Unidos. Pero cuando muchos habían abandonado toda esperanza de verlas, salieron al escenario uniformadas con vestidos blancos vaporosos cual vírgenes suicidas. Otro elemento de intriga fue el setlist en sí. El tipo maneja unas 40 canciones, de las cuales toca en cada concierto la mitad, lo que hace de su actuación algo totalmente impredecible.
Repasó, además, sus diversos proyectos paralelos, con paradas en The Dead Weather (“Blue Blood Blues”), The Raconteurs (“Top Yourself”), lo más destacado de su debut y, por supuesto, también picoteó de entre el enorme legado de The White Stripes. Respecto a otras veces, sólo faltó “Two Against One”, pieza que cantó para Daniele Luppi y Danger Mouse. Todo esto contribuyó también a que hubiese mucha variedad en el sonido. Evidentemente, se impuso el garage rock, pero hubo retazos de blues rock (“We’re Going To Be Friends”), aires sureños (“Hotel Yorba”), pinceladas jazz con White al piano (“I Guess I Should Go To Sleep”) y pasajes cercanos al rock duro (“Cannon”, rescatada de su debut). Es evidente que la gente iba a lo que iba, es decir, a escuchar lo bueno y mejor de su banda principal, cosa que se pudo comprobar a partir de la respuesta ante canciones como “My Doorbell” y “Dead Leaves And The Dirty Ground”, pero los mejores momentos los brindó con sus piezas en solitario. Por ejemplo, enamoró junto a su corista cuando compartieron micro en “Love Interruption” y deslumbró con los riffs que se marcó en “Weep Themselves To Sleep” o “Freedom At 21”, que tienen todos los números de convertirse, con el tiempo, en grandes himnos.
Fue en estos puntos en los que demostró ser uno de los grandes guitarristas de nuestro tiempo. Así que, despejadas todas las dudas de su intachable pericia (aunque un poco más de conexión con el público se hubiese agradecido), quedaba por ver cómo sonarían unas canciones que, como dúo, The White Stripes interpretaban con crudeza. Pero en este nuevo formato todo se crece sin llegar a saturar. The Peacocks son unas excelentes intérpretes, ya sea al teclado, a la batería, al contrabajo o con violines. Propulsado por un sonido más que correcto, algo que según se comenta, no ocurrió en Madrid, Jack White ofreció, pues, un concierto arrollador que terminó, como era de esperar, con “Seven Nation Army” y los sonrojantes “Lolololos” etílicos del público avivados por un bravucón White. No se le pudo pedir más.
Pero antes de caer rendidos ante el genio de Michigan hubo 40 minutos para conocer a Peggy Sue, grupo británico de alma folk, que funcionó bastante bien como aperitivo para lo que estaba por venir. De hecho, el último disco del trío es una colección de versiones de la banda sonora de “Scorpio Rising”, de la que tocaron “Fools Rush In” de Ricky Nelson y una apropiadísima “Hit The Road Jack” de Ray Charles, que lo sería aún más si la hubiesen dejado para el final. Pero resultaron más interesantes cuando se pusieron oscuros, con algunos pasajes cercanos al shoegaze y juegos vocales entre las dos chicas que recordaron a Warpaint (“Cut My Teeth” fue tan perturbadora como sugerente).
Puedes ver todas las fotos del concierto en nuestra galería.
Álbumes Jack White - Blunderbuss
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