Lo de anoche fue histórico, con unos Stone Roses al máximo de sus posibilidades, Ian Brown no defraudó como acostumbra, John Squire estuvo pletórico y el sonido estuvo a la altura de la retahíla de hits que regalaron. Dejen paso a los reyes de Manchester.
Llegados al ecuador del festival, toca la jornada más intensa, en la que más conciertos hay (y, con todo, algunos nos tenemos que perder porque desgraciadamente no existe el don de la ubicuidad ni esas "judías mágicas" de “Bola de Dragón” que ayudan a recuperar la energía) y más se alarga, por tanto, la hoja de ruta. Y como dicta la tónica de este festival, con propuestas la mar de variadas. Buenas caricias de dream-pop para despedir la tarde, la vuelta del hijo pródigo Noel Gallagher con sus High Flying Birds, la habitual dosis de punk clásico de la mano de Buzzcocks y un cierre electrónico en el Maravillas de altura con Crystal Castles, de esos que pueden hermanar a las dos facciones del FIB, los que van ahí por la fiesta y los que anteponen la música.
Si el año pasado la organización del FIB nos dejó con el culo torcido por la contratación de Pigbag, este año no ha sido menos con Department S, grupo semidesconocido de post-punk que no llegó a publicar su álbum de debut. Su inclusión a primera hora de la tarde, aunque hubiese ahí cuatro gatos, fue especialmente agradecida por el sector veterano, que en los otros dos escenarios tenía bandas para postadolescentes. Los británicos, con su nuevo vocalista, Eddie Roxy, que en “Long March” parecía, con sus arrebatos, Bruce Dickinson de Iron Maiden, alternaron entre las pocas canciones más o menos actuales que tienen (“Wonderful Day”) con algunos de sus clásicos más reconocibles (“Going Left Right”, “Is Vic There?”).
Aunque menos sutiles, Buzzcocks también ofrecieron sus buenas dosis de punk, como el año pasado ya hicieron sus coetáneos The Undertones. Compitieron con el concierto multitudinario de Jessie J, la nueva reina del mainstream británica, ataviada con unos zapatos rojos de plataforma imposible y con un parecido razonable con Geno de OT. Con todo, el escenario se presentó bastante lleno, no en vano estamos hablando de una gran leyenda del género. Y, como tal, cumplieron el guión previsto. Steve Diggle y Pete Shelley, con 57 años ambos a sus espaldas, transmitieron una energía que ya querrían muchos jovenzuelos, especialmente en cortes como la muy heavy “Whatever Happened To?”. Las piezas más actuales (“Sick City Sometimes”) tutearon a clásicos como “Ever Fallen In Love” o “Fast Cars” y todos se sintieron como si estuviesen en un tugurio inglés en 1978.
La que queda de las hermanas Deheza, Alejandra, apareció con un atuendo algo más recatado que antaño, puliendo ese estilo hippy gipsy trasnochado que lucía cuando nos visitó en el Primavera Club 2009. Hubo algunos atisbos en el concierto de School Of Seven Bells del shoegaze y dream-pop que practicaban en sus inicios, como en esa ráfaga de ruido sutil de “Bye Bye Bye”, pero paulatinamente se fueron imponiendo los sintetizadores conforme iban desgranando el cancionero de su reciente álbum, “Ghostory” (la rematadamente intensa “Lafaye” es puro New Order). Esa parte central funcionó a las mil maravillas, con un buen bombo que marcaba el ritmo (pedazo himno discoquetero que es “Low Times”), debería haber despertado los ánimos del gentío, pero quedó claro que su cerebro estaba situado dos horas más tarde. Cuando parecía que se iban a dejar las canciones del debut, cayeron “Half Sleep”y la larguísima y ligeramente krautrock“Sempiternal/Amaranth”.
Tres años después de su último paso por Benicàssim, Noel Gallagher volvió, aunque esta vez acompañado de su banda de apoyo, los High Flying Birds y no de sus Oasis, de quienes se separó un mes después de ese concierto en el FIB 2009. De su debut como solista, interpretó ocho de las diez canciones, de entre las que se pudo destacar “The Death Of You And Me”, de ligero toque blues. Por lo demás, se centró en la primera época de Oasis, con una selección de cinco temas dedicada especialmente a los fans más acérrimos. Sonó “Whatever” junto a dos de sus caras B, “(It’s Good) To Be Free” y “Half The World Away”, otra rareza (aunque no reconocida, vista la reacción del público), “Talk Tonight”, y el colofón, “Don’t Look Back In Anger”, que puso patas arriba al Maravillas.
A juzgar por los vídeos de sus conciertos en el Heaton Park de Manchester y el anterior paso de Ian Brown como solista en el FIB 2010, había bastante temor de que el concierto de The Stone Roses fuese un poco fiasco debido al paupérrimo hilo vocal con el que a veces nos tortura king monkey. Aunque lo de ayer fue meteórico. De acuerdo que el tipo no tenga la mejor voz de la historia, pero anoche no se le pudo exigir más. Estuvo pletórico, tan macarra como siempre, con esa actitud de chunguillo de barrio, escupiendo al escenario y besándose el brazo. Esta vez, por lo menos, no iba en chándal, pero como es habitual el look de la banda dejó bastante que desear, exceptuando un elegante John Squire, y con especial hincapié al gorro/mocho de Reni. Sonó todo lo que tenía que sonar, pero con una segunda mitad celestial. Squire estuvo colosal a la guitarra en “Fool’s Gold”, en la que abrumó con su pericia a la guitarra y regaló ondas de reverb inesperadas. Fue una vuelta a los tiempos de The Haçienda en toda regla. Cayó “Waterfall” y esa suerte de versión al revés que es “Don’t Stop”. La última media hora fue el summum, con “Love Spreads”, “Made Of Stone”, “This Is The One”, “She Bangs The Drums” y “I Am The Resurrection”, así del tirón y sin concesiones. Es decir, respecto a los conciertos de Barcelona, dos canciones y 15 minutos más y un sonido a la altura de lo que se puede decir, sin exagerar, un momento para la historia.
Dizzee Rascal, como otros tantísimos artistas, ha virado en los últimos años hacia la pista de baile, traicionando en buena parte sus orígenes grime. Pero esto le ha servido para convertirse en uno habitual de los grandes escenarios de aquí y allá. Estuvo hace dos años en Benicàssim y Sónar y repitió anoche en un concierto que más bien debería llamarse fiesta comunal. Porque el rapero congregó ahí una grandiosa multitud a pesar de la competencia que tenía con el gran reclamo de la velada, The Stone Roses. Sus seguidores son fieles y él bien lo sabe, por lo que se dispuso a manejarlos a su antojo, a llevarlos donde quería. Un auténtico agitador de masas, motivadísimo, locuaz y gamberro como el jueves lo fueron De La Soul. Ya hacía el final sonó un mashup deslumbrante, “You’ve Got The Dirtee Love” (ahondando aún más en la llaga de la cancelación de Florence + The Machine), y una colosal “Bonkers” que, haciendo gala de su título, volvió loco al personal y el escenario se vino abajo. Y aún quedaba el apocalipsis Crystal Castles.
El dúo canadiense se retrasó casi 20 minutos, pero cuando por fin salió al escenario lo hizo con la recortada cargada. Ya en la primera canción, “Baptism”, Alice Glass bajó al foso y se subió a la valla para darse sus habituales baños de multitudes, algo que repitió en diversas ocasiones. Fue entonces cuando pudimos verla bien, porque la iluminación era prácticamente inexistente salvo algún que otro estrobo (que fueron ganando presencia conforme avanzaba el directo). Rindió bien a nivel vocal y lució guapísima con ese pelo morado que ahora lleva. Entre las habituales canciones que tocan también colaron una pista nueva, que parece que se llama “Plauge”, con unas formas witch-house la mar de interesantes –aunque sin perder su característica esencia– que no hacen más que incrementar las ganas de ver qué nos tienen preparados de cara al tercer disco. Con un sonido impecable, que ya es mucho, y algunas variaciones (breaks en “Alice Practice” o unos sintes afilados en “Celestica”), ofrecieron un buen fin de fiesta al que sólo se le pudo reprochar unos parones algo largos entre tema y tema.
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