Hugh Laurie, a quien conocerás como el televisivo Dr. House, apareció ayer en un escenario de Barcelona para tocar blues. Allí estuvimos de incógnito, para ver de primera mano un espectáculo entre la adoración del famoso y el amor a la música del Mississippi.
Si Hugh Laurie viene a tu ciudad a dar un concierto y decides pagar una entrada para verle, sólo hay dos opciones posibles.
Primera. Eres fan de “House”, has visto sus ocho temporadas sin perderte ni un solo capítulo, adoras a ese médico cascarrabias, adicto a los calmantes, hundido en su miseria y asocial que responde al nombre de Gregory y que cojea ostensiblemente por aquello que ya sabes que le sucede en su pierna derecha. Espectadores de este perfil había muchos anoche en la sala Arteria Paral·lel de Barcelona, los mismos que le gritaban “guapo”, “I love you” y cosas por el estilo. Ninguno le pedía una canción, sólo matrimonio. Lo que busca esta parte del público, por tanto, es tener al ídolo cerca, a muy pocos metros, y no precisamente Hugh Laurie, sino Gregory House. Pero aquel no era House, era otro.
Segunda. Te gusta el blues, el jazz de Nueva Orleans y toda esa música añeja del delta del Mississippi de la que Hugh Laurie es un apasionado –o mucho más que un apasionado: un ‘nerd’, en sus propias palabras, capaz de recordar si una canción fue popularizada por Louis Armstrong en 1928 (se refería a “St. James”) o el nombre de viejos músicos, tan viejos que nunca llegaron a dejar nada grabado para la posterioridad–. Si respondes a este perfil, fuiste lógicamente con la intención de escuchar viejas canciones de taberna, remotos estandards y unas interpretaciones soberbias de la Copper Bottom Band, el conjunto de siete músicos que acompañan a Laurie y que tocan como la seda.
Si eres del primer grupo de fans, lo más seguro es que anoche te sobraran cerca de hora y media de concierto, exactamente la parte en la que Hugh Laurie se dedicó a cantar –esforzado y correcto–, a tocar el piano –resultón– y la guitarra –discreto– cerca de 20 canciones de su repertorio de favoritas, pero seguramente disfrutaste de sus monólogos, sus muecas, su mirada batracia y sus bromas privadas con sus músicos entre chupitos de whisky –que él llamaba, eufemísticamente, “zumo de manzana”–, aunque te quedaste con las ganas de que hablara de House, o hablara COMO House (al contrario, nos brindó su verdadero acento, el de un caballero británico), porque al entrar cojeando, en claro homenaje a su criatura, todo apuntaba a que sería una conexión íntima entre los fans y el personaje. Pero Hugh Laurie se toma su carrera como músico muy en serio –es una de las razones por las que ha finiquitado la serie, para tener más tiempo para tocar–, y había venido a presentar el álbum “Let Them Talk”, del que tocó casi todo, desde “You Don’t Know My Mind” a “Battle Of Jericho”. Disfrutarías con ciertos momentos, le hiciste fotos, te asombraste de su carisma, pero en el fondo te aburriste porque el blues, asumámoslo, no es lo tuyo.
"Si no fuera Gregory House en la ficción, en vez de tocar para varios cientos de personas en teatros lo estaría haciendo para no más de diez en cualquier pub"
Si eres del segundo grupo de fans, fuiste sobre todo por la banda: vientos, teclados, un batería fino y preciso, un bajo tenso, una corista eficaz, pero no por Hugh Laurie. Laurie es un enorme conocedor de su área de interés, un gran coleccionista, eso es indudable, pero no es un músico de primer nivel. Si no fuera Gregory House en la ficción, en vez de tocar para varios cientos de personas en teatros lo estaría haciendo para no más de diez en cualquier pub. Se ha rodeado de un grupo de amigos con los que fuma, bebe y ríe, y escuchan discos de piedra, pero como él admitió en su discurso introductorio, son ellos los que le salvan el pellejo cuando mete la pata. No es que cometiera muchos errores, y si los hizo no se notó: pero no es un virtuoso, le falta mojo.
¿Qué conclusión se puede extraer del concierto de Laurie (y que podrás ver hoy en Madrid, en el Teatro Circo Price, y el domingo en Marbella, en el Auditorio de la localidad malagueña)? Primero, que tiene muchos fans que le han visto por la tele y a los que les da igual el blues. Segundo, que no atrae a los fans del blues, ni a los del rhythm’n’blues, ni a los del jazz, que se quedaron en casa esperando una ocasión mejor (y más barata). Tercero, que su camisa roja es muy fea, le queda fatal, pero con el carisma que tiene parece que vista como dios. Una noche de risas (unas cuantas) y bostezos (también unos cuantos), pero que valió la pena sólo para poder decir, dentro de un tiempo, ‘yo vi al Dr. House en persona’. Lo que conocemos como fetichismo. De eso hubo todo el rato.
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