15. AraabMUZIK: “Electronic Dream” (Duke)

Que nadie vea este álbum como un capricho, una boutade o una freakada anecdótica. Ni siquiera como una colección de remezclas o una ridiculización de las fuentes originales –aunque la comunidad pastillera se haya echado las manos a la cabeza ante tamaña profanación–. “Electronic Dream” es la resolución de una ecuación imposible en nuestra cara. El trance épico, el dance comercial, el hardcore poligonero y la cyberdelia seborreica no se crean ni se destruyen, se transforman… en hip hop oscuro, seboso y dañino. Sonidos inofensivos y ridiculizados hasta la saciedad son, en Araabmuzik, cócteles molotov con clavos envenenados. Y la enajenación nos depara obras maestras como “Free Spirit” –mi iPod la odia de tanto darle– o “Feelin So Hood”, brutal y satánica remodelación del “Feelin’ So High” de Starchaser. Me inclino. Óscar Broc
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14. Gang Gang Dance: “Eye Contact” (4AD)

Partiendo, como lo hacen, de improvisaciones, es impresionante que el resultado en “Eye Contact” tenga un aspecto tan pop, aunque solo sea en la superficie, ya que a pesar de los continuos ganchos melódicos, los temas de este disco escapan de la estructura tradicional de las canciones pop. Es evidente lo bien que se conocen los componentes actuales del grupo entre ellos, y esta es la causa directa de que cada uno de los temas, dentro de la flexibilidad de sus estructuras, parezca tener una irrefutable lógica interna. Así, lo más interesante del disco es comprobar cómo los temas fluyen y van creciendo en intensidad, cómo dialogan unos elementos con otros, y como estallan inevitablemente en deliciosos momentos de éxtasis. El ejemplo más obvio, claro, es el de “Glass Jar”, los once minutos con los que arranca el álbum desperezando al oyente y remitiendo a las excursiones cósmicas de los setenta. Iván Conte
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13. Kuedo: “Severant” (Planet Mu)

Al principio, encontré en la música de “Severant” una cualidad nostálgica, aunque esto es algo que se desprende más de la variedad de sonidos que dibuja Kuedo más que de una intención real por su parte. La música está construida, principalmente, a partir de bases de juke / footwork y rap sureño –patrones de percusión intensos, acelerones de hi-hat y síncopes que están entre lo maniático y lo estimulante– combinadas con melodías que utilizan sonidos envolventes de sintetizador que citan de una manera casi obvia a artistas como Vangelis. No es ninguna sorpresa, pues fue Vangelis quien compuso la banda sonora de “Blade Runner”. Son esos sonidos de sinte que encontramos en “Scissors” y “Truth Flood” tras múltiples escuchas repetidas, con su cualidad sonora intrínseca siempre evocadora de nostalgia, los que te ayudan a ver más allá de esas emociones obvias para llevarte a un paisaje mucho más “real” y bello. Laurent Fintoni
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12. Metronomy: “The English Riviera” (Because Music)

En “The English Rivera” abundan saxos, maracas, teclados que suenan como guitarras y viceversa, falsetes al borde de la horterada (“Trouble”) y destellos de funk blanco. Todos los temas son fantásticos e imaginativos, tan eclécticos como meticulosamente ensamblados. “We Broke Free”, que suena tras escuchar el rumor de las gaviotas y de un oleaje cercano, no sólo presenta el paisaje invitándonos a entrar en el disco sino que parece decirnos entre líneas que estamos ante un nuevo amanecer para la banda. “The Look” es contagiosa como una gripe y “The Bay” un hitazo a la altura de los mejores Hot Chip. “Loving Arm” parece The Cure jugando al Tetris, la juguetona “Corinne” también se vale de ruiditos de videojuego para escribir su extraño ADN y “Some Written” recuerda a unos Penélope y Carlo de bajona en un hostalito costero. Al final, tras la galáctica “Love Underlined”, uno se queda con ganas de más, atrapado sin remedio bajo el influjo de un disco insaciable y muy bien cuadrado que les ha quedado redondo. CR
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11. Oneohtrix Point Never: “Replica” (Software Records)

Con “Replica” Daniel Lopatin se sacude cualquier posibilidad de estancamiento en su propuesta y ofrece una reinvención de su sonido. La emoción apuntada en los breves dos minutos de “Ouroboros” del anterior disco se convierte aquí en omnipresente. Así, el disco arranca con la calidez ambient cercana a la new age de “Andro” y demostrando una vez más su capacidad para crear pasajes sonoros capaces de evocar con fuerza paisajes geográficos, en este caso glaciales, desolados, en una suerte de revisión hipnagógica del romanticismo. Sobre estas placas de sonido helado planean los sintes y otros sonidos que hemos aprendido a asociar con Oneohtrix Point Never. Tras la calma inicial, el fondo sonoro empieza a agitarse con ruidos de diversa procedencia, hasta desembocar en una amalgama de ruido y percusión que enlaza a la perfección con el punto en el que lo había dejado al final de “Returnal”. IC
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10. Clams Casino: “Instrumentals” (Type)

En los últimos meses se ha multiplicado de manera casi asfixiante la publicación de discos de beats abstractos –casi todos venidos de la colmena californiana; casi todos con la intención de aprovechar el camino abierto por FlyLo–, y esa cantidad ha ido en detrimento de la capacidad para sorprenderse y encontrar matices nuevos en una estética que sigue siendo a priori interesante, pero cada vez más fotocopiada. En cambio, Clams Casino activa los centros del placer instantáneamente, sus bases –sencillas en el fondo, con un delicado lecho de sintetizadores, leves cuerdas sintéticas y más melodía que caja de ritmo– son de las que inmediatamente ponen a circular las endorfinas al transportar, de una forma nada forzada, apuntes de dream pop, soundtracks, shoegaze y pop bucólico a sus tejidos oníricos. JB
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9. James Blake: “James Blake” (Atlas-A&M)

Si el primer álbum de James Blake funciona no es como un disco de dubstep. Más bien se presenta como un nuevo eslabón en esa tradición británica del soul blanco cruzado con la electrónica más inquieta del momento. Aunque la referencia más clara en este sentido es la del estadounidense Arthur Russell, debido al registro emocional sustentado en una voz inmediatamente reconocible, en la fisicidad del sonido y en los graves y silencios, también se pueden ver rastros de Robert Wyatt o Scritti Politti, ya que al igual que estos Blake ha salido de un contexto de exploración electrónica muy concreto –el sonido Canterbury y el post-punk, en los casos de Wyatt y Scritti Politti– para renovar las posibilidades del soul-pop desde una óptica más experimental. IC
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8. Bon Iver: “Bon Iver, Bon Iver” (4AD)

Si su debut es un disco de eminentes raíces folk, entroncado en la tradición de Neil Young y demás iconos del género, “Bon Iver, Bon Iver” es un álbum de banda que ya no tiene tan claras sus coordenadas estilísticas porque presenta una absorbente amplitud de miras que se resiste a la clasificación. Con la ayuda de un grupo en el que encontramos a personalidades como el saxofonista Colin Stetson o el guitarrista Greg Leisz, Justin Vernon echa mano de influencias del pop y del soft-rock de los 80, amplifica su paleta de recursos expresivos (instrumentos de viento, coros, algún arreglo electrónico, algún solo de guitarra, omnipresencia de teclados, producción cargada, intensidad percusiva, paisajes ambient), se desmarca con una secuenciación portentosa y da un giro irresistible a sus canciones. Cuando la opción cómoda, asequible, segura, pasaba por acogerse a los esquemas ya asimilados de su ópera prima, el de Wisconsin ha optado por el camino contrario, un sendero repleto de trampas y peligros, mucho más arriesgado, en algunos momentos incluso polémico –“Beth/Rest” no dejará indiferente, órdago de mucho cuidado–, que nos lleva a dos grandes conclusiones: hay mucha vida más allá de “For Emma, Forever Ago” y Justin Vernon no es un cantautor al uso. DB
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7. Tim Hecker: “Ravedeath, 1972” / “Dropped Pianos” (Kranky)
 
El sonido sale escupido de aquí como si fuera una bola de viento, nieve y fuego con infinitos matices, alturas y volúmenes, y golpea el oído –de hecho, todo el cuerpo– como si fuera un muñeco de trapo maltratado por un ejército de puños. No es un cañonazo, sino una ráfaga de ondas a presión propia de un arma del futuro. Esos sonidos son de todo tipo: están los característicos drones de ruido maligno propios de Tim Hecker –recordemos: antiguo aficionado al metal extremo–, están los paisajes gélidos de electrónica contemplativa y están los usos inadecuados de todo tipo de instrumentos convencionales. Guitarras, pianos, y sobre todo un órgano de iglesia: un juego de planos y contraplanos arrojados contra el cuerpo del oyente como si fuera una olla de sopa hirviendo, un alud de nieve o un haz de rayos láser. Otra obra mayor más en la producción de Tim Hecker, uno de los grandes talentos del ambient moderno. JB
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6. The Roots: “Undun” (Def Jam)

Si esto no es la banda sonora del gueto nada puede serlo ya. Y todo ello armado desde un prisma expresivo y creativo poco acomodaticio, una portentosa exhibición de talento sublimado al servicio de una idea: presentar con sencillez y naturalidad canciones extremamente complejas y elaboradas. “Undun” no sólo es el disco de hip hop más bello de 2011, también es un maravilloso acto de rebeldía, una anomalía sin parangón en el género en los tiempos que corren. En un momento en que se premia la inmediatez, las prisas y la explosividad del aquí y ahora, The Roots demuestran a todo el mundo que esto es un viaje de largo recorrido y que a veces necesitas haber grabado diez álbumes para dar con tu referencia más redonda y completa, sin un solo minuto de relleno o fuera de lugar, y con un dominio impecable y ejemplar de la emoción. Podemos interpretarlo como queramos –¿es un disco sobre la muerte o sobre la vida? ¿es una parábola sobre la actualidad social o sobre el estado del hip hop?–, pero sea cual sea nuestra lectura la conclusión debe ser exactamente la misma: agradecimiento eterno. DB
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5. Balam Acab: “Wander / Wonder” (Tri Angle)

El debut en LP de Balam Acab guarda algunas similitudes con Burial, o mejor dicho, con el efecto interior que sembraba Burial cuando se le escuchaba por primera vez y te dejaba el estómago hecho un ovillo y el corazón sobrecogido. Los parecidos son más espirituales que estéticos, abren una puerta a una dimensión parecida del sonido bello, aunque uno lo conseguía desde el dubstep y la larga tradición de la música rave inglesa y Balam Acab lo hace desde el R&B y el pop –eso sí, con un uso de las voces parecido y sin descuidar nunca el deslizamiento ambiental de los temas–. El signo distintivo de Balam Acab, el tipo de música que le hace único, se aprecia sobre todo en “Motion”, una fantasía soul –con generosos juegos malabares de cuerdas– inundada en ambient acuático por la que flotan trenzados vocales que antes encontrábamos en TLC o Aaliyah. Momentos así indican que en su educación musical debe haber muchas horas de radio escuchando las emisoras de hip hop y tomando nota de esas gargantas de azúcar y las bases de inclinación más futurista. Pero eso es sólo una parte del admirable conjunto que es “Wander / Wonder”, pues cualquier estilo o límite queda diluido entre una asombrosa inundación de texturas. JB
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4. PJ Harvey: “Let England Shake” (Island)

“Let England Shake” es un disco político, pero a la ‘Harvey manera’. En sus versos hay referencias a la Primera Guerra Mundial, a los nacionalismos, a los tiempos históricos de Entreguerras, al desastre de Galípoli de 1915 en Turquía, a Irak y Afganistán, a las pinturas negras de Goya y al simbolismo pictórico de la Guerra Civil de Salvador Dalí. El resultado: otro disco sobrecogedor, fantasmagórico, tétrico, absolutamente distinto y perfecto sobre el comportamiento cíclico de los humanos que les lleva a luchar y a estar en conflicto permanente. Desde el inicio del disco con la homónima “Let England Shake” PJ dibuja con imágenes ultraviolentas –“soldados que caen como cachos de carne”– cantadas con una voz tenebrosamente feliz un campo de batalla lleno de sangre y sumido en tinieblas eternas. PJ se convierte en una trovadora que entona las calamidades de la guerra, una juglar que iría trotando de ciudad en ciudad musicando historias atroces que son los doce cortes de su álbum. La música es etérea, la voz enérgica, los versos brutales: en ellos está toda la importancia, oscuridad trascendencia y grandeza de este disco. Marta Hurtado de Mendoza
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3. Rustie: “Glass Swords” (Warp)

La colección de ideas por minuto que ofrece “Glass Swords” es difícil de encontrar en cualquier otro disco que funcione en esas intersecciones entre (a escoger) el boogie, el hip hop, el post-dubstep, el sonido de videojuegos y/o la IDM. Hay álbumes muy buenos ahí fuera, pero el de Rustie los embute a todos en uno solo, en poco más de 40 minutos, con una voracidad implacable y sin parecer nunca apresurado. Eso es lo milagroso: las ideas se suceden con ansia bulímica, las engulle y las metaboliza sin haber podido reaccionar y tras un giro inesperado viene otro, pero nunca se tiene la sensación –como ocurría antes con sus propios beats– de estar siendo maltradado mentalmente, de estar sufriendo una violación a través del oído. Ahí está expuesto, al desnudo, todo su talento: sintes clintonianos –y clitoridianos– y melodías propias de Hall & Oates, beats selváticos, incursiones en el ghetto-tech con voces de ardilla y sintes rampantes, híbridos entre trance épico y boogie extra-brillante, crunk expresionista y así hasta llegar a “Crystal Echo”, donde todo, de una manera muy natural, y sin querer abusar más de la paciencia del oyente –que ha sido forzada hasta justo el límite que separa el placer del dolor–. JB
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