Segunda parte de nuestra extensa conversación con Simon Reynolds a propósito de “Retromanía”, finalmente traducido al español por la editorial argentina Caja Negra. Una reflexión lúcida sobre el estado actual del pop.
Como ya habréis podido comprobar en la primera parte de esta entrevista, en “Retromanía. La Adicción Del Pop A Su Propio Pasado” (Caja Negra Editora, 2012) el crítico inglés Simon Reynolds explora a conciencia muchos aspectos que han influido en la actual predilección por explorar el pasado musical y sus consecuencias tanto para los músicos como para los medios, la industria y los oyentes. En esta segunda parte de nuestra entrevista continuamos la conversación hablando de la influencia de las redes sociales y los blogs en nuestra percepción de la música y en la labor de críticos y prensa musical, el pastiche como herramienta recurrente, la xenomanía (un concepto también acuñado por Reynolds, y hermano de la retromanía), e incluso de músicas que pueden ofrecer un atisbo del futuro, como el juke o el moombahton.
Como fan de la literatura de ciencia ficción, ¿cómo conectas la superabundancia de nuevos medios de información con cómo escritores como J. G. Ballard o William Gibson imaginaron el futuro?
Esta es una pregunta demasiado grande para que yo la conteste. La visión del ciberespacio de William Gibson no tiene nada que ver con cómo resultó ser la realidad – en sus libros era siniestra y peligrosa y también bastante romántica, podían ocurrirte aventuras dentro. La realidad ahora es un espacio mucho más trivial y abarrotado, lleno de cotilleos, porno, parodias en YouTube, y por supuesto la vanidad y el vacío de la mayoría de los medios sociales.
"Creo que
la alteración
drástica del
tempo musical,
acelerando o
decelerando las
voces, parece
ser un área en
el que están
ocurriendo cosas
interesantes"
¿Qué opinas sobre el juke o el moombahton? Son ejemplos de música electrónica que proponen nuevas ideas pero que al mismo tiempo están fuertemente asociadas a ubicaciones geográficas muy específicas, lo que parece limitar su impacto de alguna manera.
Me gusta el juke, o mejor dicho el footwork, que es como creo que se le llama ahora, las cosas que salen en las recopilaciones “Bangs & Works”. Algunas son alucinantes. Está relacionado con el electro de los 80s, pero es una extensión radical del mismo. Pero como dices, es muy marginal desde una perspectiva más amplia. No creo que explote más allá de su contexto local, aunque es posible que alguno de los grandes productores de rap tome prestadas ideas, del mismo modo en que Diplo hizo canciones influidas por el dubstep y se las dio a Kanye West y Jay-Z.
El moombahton es definitivamente divertido, lleno de sabor y energía. Me parece un híbrido de elementos ya existentes, no algo rompedor del modo en que sí lo fue el jungle.
Se ha prestado mucha atención recientemente a música basada en jugar con el tempo, ralentizándolo. ¿Te parece que es una forma plausible de tratar con el pasado musical sin caer en la retromanía?
Creo que la alteración drástica del tempo musical, acelerando o decelerando las voces, parece ser un área en el que están ocurriendo cosas interesantes. El footwork hace ambas cosas a la vez, en ocasiones.
Lil B
¿Han cambiado medios nuevos como YouTube o las redes sociales el modo en el que percibimos la música? Pienso por ejemplo en Lil B, que parece destacar principalmente por su presencia online –y también, por descontado, por colaborar con productores como Clams Casino–: sus discos ofrecen una representación incompleta de quién es él, hasta el punto de que convierte el concepto de álbum en algo casi superado. ¿Crees que veremos más ejemplos similares en el futuro?
La cultura digital ha cambiado la forma de las carreras musicales, y también la concepción del conjunto de la obra. En vez de emerger gradualmente y convertirse después en estrellas, la gente (y los géneros también) parecen quedarse atascados en un determinado nivel. Arcade Fire a estas alturas deberían ser tan grandes como U2, están en el equivalente a “The Joshua Tree” en su trayectoria, pero no ha ocurrido. No son un nombre conocido. En cuanto a Lil B, no creo que se pase al mainstream, pero podría mantenerse como una figura de culto durante un período de tiempo realmente largo. No tiene lanzamientos propiamente dichos sino una producción continuada, y ser fan implica mucho trabajo y escuchar mucha música. Me gustaría que estos artistas ahorrasen toda su energía para trabajos realmente importantes, y que aprendiesen a editarse a ellos mismos. Hay muy pocos artistas que me gusten tanto como para querer escuchar cosas suyas cada mes.
¿No te parece paradójico que haya habido tantos microgéneros en la pasada década? ¿Por qué crees que lo han tenido tan difícil para tener un impacto sobre un público más amplio?
Tiene que ver con la propia naturaleza de la cultura digital, que lleva a la dispersión – una tendencia centrífuga, que nos conduce a todos a alejarnos cada vez más los unos de los otros. El consenso es difícil de conseguir porque ¡no hay capital cultural que se pueda extraer de estar de acuerdo con otra gente! Por este motivo he estado pidiendo –no totalmente en serio pero un poco sí– más pensamiento colectivo. De modo que los microgéneros evolucionan y la gente reacciona en contra de ellos, iniciando el contragolpe. O ves cosas como el black metal, que ha estado activo desde siempre, unos veinte años: se convirtió en algo realmente trendy entre gente de fuera del género en el 2006, y después desapareció durante un tiempo. Ahora está de moda de nuevo con Liturgy y Wolves In The Throne Room. En el siglo XXI estos géneros pequeños nunca parece que despeguen o tomen el mando. Nunca más habrá otro grunge porque ya no vivimos en una monocultura.
En relación con el pastiche, que es una de las herramientas básicas del post-modernismo: ¿cómo de prevalente crees que es en la música contemporánea? ¿Es algo que los músicos hacen conscientemente con un propósito en mente, por ejemplo, ideológico?
De nuevo, es una pregunta demasiado grande –hay pastiches con un propósito y pastiches vacíos–. No veo demasiados ejemplos de pastiche ideológico, de todos modos. Es una operación fundamental del post-modernismo, y la cuestión es si alguna vez va a haber un post- que venga tras el post-modernismo, un post-post-modernismo. Varios teóricos han propuesto cómo será, o como ya es –la digicultura, según Alan Kirby, o el altermodernismo, según Nicolas Bourriaud–. Pero no creo que nos hayamos salido del post-modernismo todavía, ¡las cosas aún tienen que decaer un poco más!
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