Santiago Lorenzo estudió teatro, vivió del cine, lo dejó todo y ahora se dedica a la novela. A la novela de humor, con mucho costumbrismo castizo, con un lenguaje vivaz e ideas tronchantes. Entre Galdós y Jardiel Poncela, el presente de la novela divertida lleva su nombre. Su nuevo título, “Los Huerfanitos”, lo publica Blackie Books.
De pequeño quería ser monje. Médico. Inventor. Dibujante. Bastaba con que alguien le enseñara una foto de cualquier cosa relacionada con un oficio en concreto para que a Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964) de repente le pareciera que no podía haber nada el mundo mejor que ser aquello de mayor. Pero ocurrió que creció y que, aunque ganó un premio (a los 15 años, en una época en la que quería ser dibujante) por la única historieta que ha dibujado en su vida, se convirtió en director. Primero de teatro y luego de cine. Empezó con cortos (vía su propia productora, que creó en 1992, El Lápiz de la Factoría), y llegó a ganar el Goya con uno de ellos (“Caracol, Col, Col”, en 1995). Tras el éxito del corto, llegaron los largos (“Mamá Es Boba” y “Un Buen Día Lo Tiene Cualquiera”). Entre medias, en 2001, montó un taller dedicado al diseño de decorados en el que se hizo, entre otras muchas cosas, la cárcel que sale en “Torrente”.
Pero harto de todo (en especial, del mundo del cine) decidió que no tenía por qué necesitar más que un bolígrafo y papel para contar sus historias, así que se puso manos a la obra y en 2010 le puso el punto y final a su primera novela, “Los Millones” (Mondo Brutto), la historia del bueno de Francisco García, un pobrísimo agente de los GRAPO al que le toca la Primitiva en 1986 (nada menos que 203 millones de pesetas) y no puede cobrar el boleto porque no tiene DNI. Delirante y profundamente castiza, “Los Millones” recupera el humor de Jardiel Poncela, ensombrecido por la fatalidad del Ramón Villaamil de Galdós, y lo catapulta a una nueva cima, que le debe mucho al absurdo de los genios pero también a su propia visión del mundo, que incluye un portentoso fresco de lo cotidiano. Dos años después de convertirse en lo que jamás sospechó que sería (escritor de novelas), Blackie Books publica “Los Huerfanitos”, su segundo asalto, la historia de tres hermanos, Argi, Barto y Crispo Susmozas, que heredan de su padre, al que odiaron profundamente, su teatro, el Pigalle, el centro de una vida de excesos que ellos creyeron capaz de sustentarse a sí misma. Pero cuando concurren, sin apenas saludarse, a la lectura del testamento, descubren que lo único que el viejo les ha dejado es la hipoteca intacta de la sala, nada menos que 360.000 euros. Lo que el Gran Damián, ex consejero de su padre, les aconseja es que se presenten a las subvenciones anuales que convoca el Ministerio de Cultura para producciones teatrales. Pero para ello tienen que montar una obra y estrenarla. Y los hermanos Susmozas odian el teatro. Pero no les queda otro remedio que ponerse manos a las obra. Y nunca mejor dicho.
"La novela sólo depende de ti. Estás tú solo, y luego está tu editor, claro, pero es diferente. Hay más libertad. Y no existe el concepto de productor. El productor es lo peor."
Sentado a la mesa de un bar barcelonés que nada tiene que envidiarle al sombrío CoyFer, el bar en el que busca chicles bajo la barra el protagonista de “Los Millones”, Santiago Lorenzo se toma un café con leche y recuerda que cuando iba a la barbería a cortarse el pelo de pequeño leía Mortadelos. Pero no cree que eso haya influido en nada de lo que hace.
¿En qué momento decide un director de cine que iba para director de teatro convertirse en escritor?
En el momento en que se cansa de las impertinencias del mundo del cine. Porque el mundo del cine es una absurdez. Acabé asado de todo eso. Tienes que estar dispuesto a escuchar cualquier cosa sobre tu obra. Tienes que oír a gente de todo tipo opinando sobre ella y muchas veces es gente que no tiene ni idea. La novela sólo depende de ti. Estás tú solo, y luego está tu editor, claro, pero es diferente. Hay más libertad. Y no existe el concepto de productor. El productor es lo peor. El caso es que supongo que no encajé. Es como cuando, de pequeño, no fui capaz de meter un gol en un partido oficial antes de dejar el colegio. Entonces no tenía otro remedio, pero ahora no tengo por qué perseguir a nadie si puedo hacerlo yo solo.
¿Entonces es cierto que “Los Millones” fue primero un guión y luego una novela?
Sí. Pero me cansé de ir por ahí tratando de ocultar que el protagonista era un tío del GRAPO. Los productores no querían oír hablar de un tío del GRAPO. Son demasiado básicos. Los productores quieren oír: “Es una película de amor”. Y cosas por el estilo. Así que el hecho de que el protagonista sea un terrorista, aunque sea un terrorista al que nunca le va a salir nada bien y que en realidad no sabe por qué hace lo que hace, no les gustaba nada. Recuerdo que una vez una irlandesa que se encargaba de evaluar proyectos para una ayuda europea me preguntó: “¿En serio cree que va a funcionar una película en la que el personaje positivo sea un terrorista”. Así son las cosas en el mundo del cine. Tendría que haber empezado con un “Es de amor” para luego añadir un “pero también es del GRAPO”.
El retrato de la España (o del Madrid) de 1986 que se hace en “Los Millones” es tan exacto que recuerda a las novelas costumbristas españolas de otra época, de las que ya no se escriben. Y lo mismo ocurre con “Los Huerfanitos”. ¿De dónde viene ese gusto por el detalle castizo?
[Se encoge de hombros] No lo sé. Supongo que me sale así. Es más fácil escribir sobre lo que tienes delante. Te ahorras mucho trabajo. En el caso de “Los Millones”, el bar al que Francisco va cada día, por ejemplo, era uno que me quedaba muy cerca del taller que monté en el centro de Madrid por esa época. Pero no era un bar del montón, como el de la novela, sino que era un bar de carteristas y era increíble ir y ver cómo todo el mundo estaba a nada cuando en realidad lo estaban controlando todo. Era la clase de bar en el que siempre que ibas al lavabo te encontrabas un par de carteras vacías. Y en el que todo el mundo disimulaba tomando un cortado. Como hace Francisco. Me interesa hablar del bar, de la vida cotidiana, pero no me interesa hablar de la época en sí. No quería hablar de La Movida, ni de Alaska, ni ahora me interesaba hablar de Esperanza Aguirre y la Eurocopa. No se dice nada de las elecciones generales, que las hubo en 1986, ni del mundial, que también hubo uno. Hablo de gente que vive de espaldas al mundo, y todo eso representa el mundo. Un mundo que no ven.
"Es también una novela
sobre la desmotivación y
la ignorancia, más que
la ignorancia, la nesciencia,
que se refiere a aquel que
no tiene conocimientos de
un ámbito del que en
realidad no se suponía
que debía tenerlos"
¿Y cómo empezaron “Los Huerfanitos”?
Pues casi puede decirse que partió de una deuda real muy similar a la de la novela. Sólo que no hubo ningún padre, ningún Ausías, que me la dejara en herencia, pero sí que me topé con ella de un día para otro. Fue haciendo una película. Cuando la acabé, me di cuenta de que tenía un montón de facturas a mi nombre. Había cometido el error de dejar las cuentas en manos de terceros y cuando acabé la película descubrí que debía más o menos lo que deben los protagonistas (360.000 euros). Fue como en el verano de 1997. Al final la cosa se arregló, gracias a una intervención divina, o casi, fue algo en realidad tan simple que en una novela no habría sido creíble, habría quedado fatal. Pero me fascinó la idea de poder hablar de una historia particular que se convirtiera en universal, es decir, que en 1997 yo viví mi propia crisis, esa que ahora están viviendo los bancos y de rebote estamos viviendo todos. Y a los protagonistas de la novela les pasa lo mismo. Heredan de su padre una crisis, que en el fondo es la crisis de todos. Porque existe la sensación de que esta crisis que estamos viviendo no ha sido culpa de la gente y yo cada vez más pienso que sí. Que la culpa no la tienen sólo los bancos.
¿Y por qué ambientarla en el mundo del teatro?
Yo estudié teatro. En realidad, quería ser director de teatro. Y lo he sido durante un buen tiempo. Así que es un mundo que conozco bien. Y además está el otro factor. Si la idea de la deuda fue una de las patas con las que armé la novela, la otra es toda la gente que he conocido durante toda mi vida que ha intentado montar algo pero no tenía talento para hacerlo. La novela es también una novela sobre la desmotivación y la ignorancia, más que la ignorancia, la nesciencia, que se refiere a aquel que no tiene conocimientos de un ámbito del que en realidad no se suponía que debía tenerlos. Los hermanos Susmozas no son ignorantes, porque no tenían por qué saber nada del mundo del teatro. Su padre les alejó de él haciendo que lo odiaran precisamente por haberles robado a su padre.
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