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Irvine Welsh: realismo sucio, cabezas huecas y marcianos

Una charla de pub sobre literatura, drogas, fútbol y (antes y después de) “Trainspotting”

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Anagrama edita “Col Recalentada”, la colección de las primeras historias de Irvine Welsh, lo que nos da pie a hablar con el escritor para que nos cuente más sobre sus orígenes, sus personajes, las drogas y la precuela de “Trainspotting” que ya ha empezado a circular.

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Cuando era niño quería ser astronauta. Cuando creció se convirtió en agente inmobiliario, creyendo que podía escapar de su barrio. Luego se dio cuenta de que la máquina de escribir le llamaba. Y se puso a escribir. En un puñado de rabiosas noches tecleó “Trainspotting”, aún hoy su obra cumbre, la historia de cómo Sick Boy, Renton y todos los demás vendieron su alma al Diablo (viéndose, como se veían, incapaces de escapar de la jaula que creyeron que era su vida) por un chute de heroína. Irvine Welsh (Edimburgo, 1958) es realismo sucio, sucísimo, escocés, cabezas huecas, fútbol y, desde ya, desde que han aterrizado por primera vez en librerías sus primeras historias, las que recoge el recién editado “Col Recalentada” (Anagrama, 2012), marcianos. Encerrado en lo que le gusta considerar su estudio de escritor (“desde que estuve en la Casa Museo de Hemingway en Key West, Florida, así es como llamo a mi oficina, porque sé que él la llamaba así”, admite), Welsh habla de cómo se gestaron los ocho relatos recién editados y de lo que piensa de “Skagboys”, la esperadísima precuela de “Trainspotting”, que acaba de llegar a librerías anglosajonas. “Es mi mejor trabajo hasta la fecha”, dice de ella. Pero no adelantemos acontecimientos. Con todos usted, desde Chicago, en riguroso diferido, Irvine Welsh.

"Me fascina hasta qué punto

podemos fastidiarlo todo.

Cómo tomamos una mala

decisión tras otra. Cómo

saboteamos nuestra propia

vida cuando parecía que

todo iba bien."

Todas las historias de “Col Recalentada” fueron publicadas en los 90s, en revistas y antologías hoy inencontrables, y constituyen los primeros disparos de tu carrera como escritor. ¿Cómo ha sido enfrentarse otra vez con todas ellas?

Ha estado bien. Me gustan mis primeras historias. Tengo la sensación de que jamás podré escribir con ese tono de monstruo psicópata adicto a las drogas, pero supongo que encontró su lugar en el gran canon y eso es lo que importa.

¿Crees que existe un hilo conductor en todas ellas? De hecho, todos los protagonistas, en realidad, todos tus protagonistas, son tipos atrapados, en muchos sentidos, parecen condenados por el lugar en el que nacieron y la clase de hombres (y mujeres) en los que se han convertido.

Sí, digamos que ese es el tema de todo lo que escribo. Me fascina hasta qué punto podemos fastidiarlo todo. Cómo tomamos una mala decisión tras otra. Cómo saboteamos nuestra propia vida cuando parecía que todo iba bien. Y cómo conseguimos empeorar las cosas cuando ya estaban lo suficientemente mal.

¿Vivir es fracasar? Al menos, personajes como Albert Black (el profesor que quiere decirle cuatro cosas a su ex alumno famoso) y psicópatas como Begbie sienten algo parecido...

Sí, el fracaso siempre está ahí. A veces hasta nos lo buscamos. Seamos conscientes o no de ello. Es como si lo estuviéramos buscando. En realidad, tratar de abrazar nuestro sistema político actual, de consumismo capitalista globalizado, es abrazar un sistema del fracaso. El caso es que cualquier sistema alternativo también está destinado, con toda probabilidad, al fracaso.

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Qué opinas de aquella cita de Samuel Beckett que dice: “Prueba otra vez, fracasa mejor”?

La conozco. Me gusta. Creo que hay un montón de interesantes posibilidades de fracaso que aún no conocemos. Sólo los aburridos continúan insistiendo en los mismos tipos de fracaso.

La historia del profesor de “Cola” que reaparece en “Miami Soy Yo” tiene mucho de eso. Black quiere cambiar el mundo, al menos, quiere crear oportunidades a sus alumnos, chicos y chicas destinados a ser albañiles y peluqueras, pero se da cuenta de que no importa lo que hagas, ellos continúan convirtiéndose en peluqueras y albañiles, así que se enfada con la única persona que ha logrado escapar a eso (Ewart). ¿Es algo de lo que tú, como escritor (o puede que como uno de estos chicos), eres consciente ahí fuera?

Sí. Todo tiene que ver con esa frase de “Working-Class Hero” de John Lennon: “They hate you if you’re clever and they despise a fool” (“Te odian si eres listo, desprecian al tonto”). Uno de los mitos que se perpetúan para mantener nuestro injusto sistema de clases es que a la burguesía le interesa que los pobres sean ricos. ¡Ni de coña! Lo que ellos quieren es mantener a los pobres bien abajo; que subieran sólo podría significar una cosa, que ellos perderían parte de lo que tienen.

La sensación de sentirse atrapado es algo que tu estilo incrementa, con esa primera persona angustiada de, por ejemplo, “Escoria”, pero en este caso, a menudo, la brutalidad se convierte en una suerte de tragicomedia (o comedia gore) que hace que te rías de cosas que son de lo más cruel ¿Es el humor una manera de desactivar la realidad o lo brutal de la vida diaria?

Sólo es una manera de hacer que la gente no lo pase tan mal en momentos realmente chungos. Crecí en un mundo en el que el humor era siempre muy negro. Como escritor, lo utilizo para que ciertas cosas que cuento no sean del todo intolerables. Es una manera de rebajar la tensión en todo momento. Y, por supuesto, de divertir.

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