Lynne Ramsay es una directora que se prodiga poco, pero cuando lo hace nos obsequia con cine emocionalmente impactante, sin dobleces ni trucos. Su nueva película es la adaptación de la polémica novela “Tenemos Que Hablar De Kevin”, y se estrena hoy.
Nunca escribo en primera persona. Me da muchísima vergüenza meterme en mis textos. Pero esta vez, y mira que le he intentado evitarlo, soy incapaz de arrancar un artículo sobre “Tenemos Que Hablar De Kevin” sin confesarme fan incondicional de su directora, la escocesa Lynne Ramsay. La admiro porque arriesga, porque tiene voz y porque no parece tener ni prisa ni miedo. También por cómo usa la música en sus películas, por cómo elige y coloca las canciones.
No dirige compulsivamente: ya han pasado diez años desde “Morvern Callar” (2002), su anterior película. Y aunque no le seducen las historias convencionales, no persigue lo insólito, lo inesperado o lo raro mediante mecanismos efectistas o agresivos: no es el suyo un cine de impacto. Sus películas hablan de universos enrarecidos (personales o colectivos), de relaciones humanas que escapan a lo que se supone, se da por hecho o está bien visto (en el cine de Ramsay, los padres no tienen por qué querer a sus hijos y una mujer enamorada es capaz de descuartizar a su novio), de personas con cabezas complicadísimas y brotes de algo parecido a la locura o, sí, de locura. Pero su manera de hablar de todo eso es radicalmente opuesta a la de otros autores europeos como Gaspar Noé y Bruno Dumont, también excelentes, que transitan terrenos parecidos pero buscan al espectador mediante el impacto. Pues bien, la cineasta huye constantemente de la provocación, el artificio y el efectismo. Muestra con contundencia pero sin pirotecnia. Filtra con disimulo y constancia la desolación, la rabia y el profundo dolor de sus personajes, hace que las historias que cuenta nos duelan poco a poco. Para ello, recurre a una narración ajustada, que nunca da vueltas o se bifurca, a una contención emocional que genera tensión y amenaza (el silencio y los procesos interiores del que se sabe que no está bien dan muchísimo miedo) y, de vez en cuando, tira de recursos inesperados como el brote fantástico, la abstracción y el simbolismo.
En su espléndido corto “Gasman” (1998), historia de niños que podría ser vista como el reverso amargo de las que cuela Miranda July en sus películas, Ramsay convertía un paseo de vuelta a casa, caminando sobre unas vías de tren, en una metáfora perfecta de la pérdida de la inocencia y del trayecto precoz hacia el mundo de los adultos. En “Ratcatcher” (1999), una magnífica ópera prima en la que siempre me ha parecido ver una versión libre e inconfesa de “Barrio Lejano” de Jiro Taniguchi, huía esporádicamente a una abstracción de aire fantástico para visualizar la pureza y el deseo de libertad en la infancia y el miedo a tener que decirle adiós. Y en “Morvern Callar”, su adaptación del libro homónimo de Alan Warner, road movie imprevisible, arisca y magnéticamente esquiva (el único contra es lo mal documentada que está la ruta por el sur de España de las protagonistas), el ajetreado viaje físico de esas dos amigas es sólo el tímido reflejo de sus aún más ajetreados procesos mentales, de sus miedos, del estrés que genera saber que ni has hecho lo que querías hacer ni tienes la más remota idea de qué hacer a partir de ahora.
Ramsay ni juega a sentenciar, ni cierra reflexiones por su cuenta, ni busca la complicidad con recursos llamativos. Muestra con delicadeza pero sin filtros. No subraya el drama, aunque sí utiliza recursos formales para matizarlo y darle fuerza (en “Tenemos Que Hablar De Kevin”, la utilización simbólica del color, sobre todo del rojo, tensa las cuerdas del relato), pero tampoco lo relativiza ni, mucho menos, lo esconde. Y esa manera de abordar las historias es perfecta para adaptar una novela tan compleja y delicada como “Tenemos Que Hablar De Kevin”, de la estadounidense Lionel Shriver (aquí editada por Anagrama), sin cargar las tintas.
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