"Google crea productos fantásticos que parecen gratuitos, pero en realidad pagamos por ellos con algo más valioso e insustituible que el dinero: nuestra privacidad, nuestra intimidad, nuestra esencia"
Según Lanier, “la arquitectura de la red digital incuba monopolios de forma natural”. Habla, en concreto, de la imposibilidad de poder sacarle los cuartos a la publicidad en internet sin pasar por Google y su propio estándar impuesto hace años, un sistema digital que busca la forma de representar a las personas y los anuncios en internet y poder así relacionarlos para obtener beneficios. “Cualquiera que quiera poner un anuncio debe usarlo, o bien quedarse librado a la buena de Dios, relegado a una subcultura pequeña e intrascendente, del mismo modo que los músicos digitales deben usar MIDI si quieren trabajar de manera conjunta en la esfera digital”, escribe. Facebook lo ha intentado, incluso “ha cambiado la cultura con ánimo de obtener beneficios”, pero sin resultados, con escasos ingresos y ningún beneficio, al igual que la mayoría de los negocios 2.0. “Del mismo modo, sería extraordinariamente difícil empezar a competir con eBay o Craiglist”. Por si lo dudaban: “En el caso de Google, el monopolio es opaco y está patentado”. Otro libro editado hace pocos meses, “Desnudando A Google”, de Alejandro Suárez Sánchez-Ocaña, también subraya esta opacidad, además de poner sobre la mesa sus técnicas para pagar cantidades irrisorias en concepto de impuestos en Europa o la privacidad que perdemos cuando permitimos que filmen vía satélite o a pie de calle nuestras viviendas, lo que ha permitido que el gigante tecnológico se apoderase de datos personales, como contraseñas o e-mails a través de redes Wi-Fi abiertas con sus célebres coches de Google Street View. “Yo intenté que retiraran la foto de mi casa que exponía a los ladrones todas sus entradas y salidas. Y no logré más que perder horas en llamadas. ¿Por qué debe ver cualquiera por dónde saltar la valla de casa para entrar en mi habitación?”, decía hace poco el autor en una entrevista a La Vanguardia, en la que también opinaba que “Google no regala nada. Insisto en que los datos que recopilan de usted le sirven para segmentar la publicidad que cobra –y no sabemos para qué más, porque Google es opaco en su funcionamiento– y esa ingente información le confiere un poder inmenso. Google crea productos fantásticos que parecen gratuitos, pero en realidad pagamos por ellos con algo más valioso e insustituible que el dinero: nuestra privacidad, nuestra intimidad, nuestra esencia”.
"Si se accede a
los libros de la
nube a través
de interfaces
que alienten la
mezcolanza de
fragmentos que
difumine el
contexto y la
autoría de cada
fragmento, habrá
un solo libro"
Uno de los proyectos que más expectativas ha levantado en los últimos años ha sido la intención de Google de digitalizar gran parte de los fondos de bibliotecas en un servicio propio que, según se han encargado de vender, estará disponible para todos en una suerte de cultura libre y accesible y universal y tal y tal. Es lo que a muchos ha empujado a comparar Internet con la imprenta de Gutenberg, pero también lo que ha levantado sospechas en países como Francia, que en su día optó por su propio modelo de biblioteca virtual, viendo el riesgo que supone que tantos siglos de saber estén en manos de una empresa privada. Lanier apunta a algo que puede sonar a distopía… o no tanto: ¿Y si nos dirigimos hacia el Libro Único? Su tesis es esta: “El enfoque de la cultura digital que detesto sería capaz de convertir efectivamente todos los libros del mundo en uno solo, como propuso Kevin [Kelly, en 2006]. Puede que el proceso se inicie en la próxima década, aproximadamente. Google y otras empresas están escaneando los libros de las bibliotecas en el proyecto Manhattan de digitalización cultural, de escala masiva. Lo importante es lo que ocurrirá después. Si se accede a los libros de la nube a través de interfaces que alienten la mezcolanza de fragmentos que difumine el contexto y la autoría de cada fragmento, habrá un solo libro. Es lo que ocurre hoy en día con muchos contenidos; a menudo uno no sabe de dónde procede un fragmento citado en una noticia, quién ha escrito un comentario, o quién ha grabado un vídeo. La evolución de la tendencia actual nos hará semejantes a ciertos imperios religiosos de la Edad Media, o a Corea del Norte, una sociedad con un solo libro”. Es conocida por todo el mundo la antipatía que le tiene Lanier a lo que él llama maoísmo digital, es decir, la manera de trabajar colectiva y desinteresada, anónima y fragmentaria, y sus sospechas hacia lo que denomina el totalitarismo cibernético actual. Su ejemplo prototípico de este Libro Único es la Biblia, a la que compara con Wikipedia: “Al igual que Wikipedia, la autoría de la Biblia era compartida, en gran parte anónima y acumulativa, y la oscuridad de los autores individuales sirvió para otorgar al documento un aura digna de un oráculo, ‘la palabra literal de Dios’”.
Uno de los ecos más agridulces que me ha dejado la lectura de “Contra El Rebaño Digital” es la idea de que la representación de la realidad en internet viene impuesta por los programadores y las compañías y que no hay vuelta atrás a la hora de rediseñar alternativas. Hoy todos sabemos cómo es la red y sus páginas. Se podría decir incluso que hay un diseño propio de las páginas web: un mar de hipervínculos por el que navegar sin perderse, eminentemente visual (fotografías, iconos, pantallas desplegables, menús, submenús), de lectura horizontal más que vertical (a diferencia de libros y revistas, por ejemplo). Pero, ¿podría haber sido diferente? El sonido, por ejemplo, ¿podría haber tenido una presencia mayor, un protagonismo que hoy no tiene como elemento interactivo? ¿Podría internet haber tenido una navegación por voz en lugar de a través de un teclado? “El diseño de la red tal como la conocemos hoy día no era inevitable”, escribe Lanier en las primeras páginas. “A principios de los noventa había decenas de intentos creíbles en pos de un diseño capaz de presentar la información digital en red de una manera más popular. Compañías como General Magic y Xanadu diseñaron proyectos alternativos con cualidades fundamentalmente distintas que no llegaron a buen puerto. Una sola persona, Tim Berners-Lee, vino a crear el diseño particular de la red tal como la conocemos hoy”. Como se lamenta Lanier, “puesto que al crear tecnologías de la información inventamos muchas cosas de la nada, ¿cómo decidimos cuáles son mejores? La libertad radical que hallamos en los sistemas digitales plantea un reto moral desconcertante. Lo inventamos todo, entonces, ¿qué es lo que vamos a inventar?”. Y peor, habría que añadir: ¿Qué es lo que no vamos a inventar, eso que nunca veremos en funcionamiento? ¿Qué tal fantasear con una navegación por internet en primera persona, como la que vimos en películas o en la literatura ciberpunk, por ejemplo?
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