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“Take Shelter”, las jugadas de la cabeza

Apocalipsis y paranoia en la nueva película de Jeff Nichols

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Hace unas semanas se estrenaba –y hablábamos de ella aquí– Tenemos Que Hablar De Kevin (2011), personalísima adaptación de Lynne Ramsay del libro del mismo título de Lionel Shriver. Pues bien, aun con historias muy distintas en el corazón, y cada una imbuida por el universo único e intransferible de su director, la película de Ramsay y “Take Shelter” (2011), la propuesta de Jeff Nichols que ahora nos ocupa, tienen muchas cosas en común. Las dos bosquejan una mente que se ha quebrado. En “Tenemos Que Hablar De Kevin”, la de una madre (Tilda Swinton) que ya no sabe si la maldad de su hijo es real o resultado de su paranoia. En el filme Nichols, la de un padre (Michael Shannon) que es consciente de que las pesadillas y visiones que le machacan pueden bloquear su cabeza y herir a su familia. Ambas coinciden también en la imprevisible, alucinada y alucinante forma de hibridar que tienen sus autores, en su extraña manera de romper la frontera entre géneros. Y, sobre todo, “Tenemos Que Hablar De Kevin” y “Take Shelter” comparten una extraordinaria comunión entre fondo y forma: no hay en ellas ni imagen ni decisión narrativa que camine en paralelo al personaje principal. Veámoslo con atención.

Uno. Sobre las jugadas de la mente

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No pretende “Take Shelter” ser el sólido retrato de una mente enferma. Como sugiere en sus entrevistas, Nichols no ejerce en su película ni de psicólogo ni de psiquiatra, no se propone describir con precisión los mecanismos mentales del protagonista, ese padre de familia, magníficamente interpretado por Shannon, que sospecha que sus pesadillas y visiones anuncian tragedia y malos tiempos. La película podría ir sobre un esquizofrénico: el protagonista, consciente en todo momento de lo que le sucede, sospecha que podría haber sido vencido por esa enfermedad, la misma que quebró la cabeza de su madre (interna en una institución mental) cuando era muy joven. Pero también, como confirma la sobrecogedora escena final, podría contar la historia de un visionario, hasta de un profeta. ¿Son adivinatorios los malos sueños del protagonista? ¿Avanzan algo sus delirios o alertan sobre tragedias futuras? Las dos interpretaciones resultarían igual de válidas y, en cualquier caso, serían dos de las muchas lecturas posibles de una obra que –sin ser confusa o críptica– exige al espectador el truco final, el prestigio final.

Todas las posibles interpretaciones, sin embargo, comparten algo: tanto si es vista desde una perspectiva realista como si es interpretada en clave alegórica o fantástica, “Take Shelter” comparte con películas recientes como “Melancolía” (2011), de Lars Von Trier, y la monumental “El Árbol De La Vida” (2011) de Terrence Malick, autor con el que Nichols ha sido comparado en varias ocasiones, su recreación de la desesperación del hombre ante un mundo que se quiebra ante sus ojos y parece abocado a un Apocalipsis inmediato.

Dos. La hibridación para reproducir el desconcierto

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Igual que Ramsay en “Tenemos Que Hablar De Kevin” y, por extensión, como muchos otros autores contemporáneos empeñados en mostrar la reacción del ser humano ante un mundo que se pierde y desmorona, Nichols reproduce ese desconcierto y esa confusión mediante la mezcla de géneros. En lugar de enfocar el malestar del personaje, preocupado por la enfermedad de su hija (Tova Stewart) y un entorno laboral precario que le impide garantizar la estabilidad de su familia, desde una perspectiva analítica o sólo dramática, el cineasta se abre a otros géneros para dar cuerpo a su desesperación, su miedo y su ansiedad (esta ansiedad ante un presente desquiciante era también la base de “Shotgun Stories”, de 2007, primer largometraje de Nichols). En ese sentido, “Take Shelter” es un melodrama familiar bien articulado, pero también otras cosas. Los personajes, de sencillez sólo aparente, están escritos con suma precisión. El dibujo del mundo que habitan es sólido y contundente: una ciudad de la América profunda alzada sobre la autosuficiencia y cuarteada por la ignorancia, la intransigencia y el desprecio. Y los lazos entre personajes, con la relación entre el protagonista y su esposa (Jessica Chastain), dispuesta a seguirle en el descenso e intentar silenciosamente que resurja de sus cenizas (ojo al texto de ella en la soberbia escena del búnker), son sólidos, no tienen fisuras. Pero no es exclusivamente un melodrama: “Take Shelter” muta en película de terror y fantasía apocalíptica según crecen el malestar y la angustia del protagonista.

Tres. La mutación en película de terror

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Nichols visualiza las pesadillas, las visiones y, de forma más abstracta –mediante el ritmo narrativo y la atmósfera–, el temor, la sensación de amenaza y la progresiva paranoia del protagonista. Para ello, con el as de la ambigüedad en la manga (es tal su habilidad para establecer un lazo directo entre la percepción del protagonista y la del espectador, que la separación entre lo real y lo imaginado se desvanece), no teme amoldarse ni a la fantasía descocada ni al terror más expresionista. En “Take Shelter”, los cielos se enturbian como la mente del protagonista, se desgajan casi literalmente. Y sus pesadillas y visiones, con el hitchcockiano ataque de los pájaros como súmmum (no es spoiler, pues está hasta en varios pósters del filme), están recreadas con tal intensidad y de una manera tan vívida –son a la vez violentas y extrañamente poéticas– que el espectador conecta de inmediato con la angustia y el miedo atroz de ese hombre que, sea un esquizofrénico, un profeta o tan sólo una persona desbordada por las circunstancias, ha empezado a recibir sin filtros, a bocajarro, una realidad que le asusta y sin visos de ir a mejor.

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