Cuando en septiembre de 1988 Salman Rushdie publicó “Los Versos Satánicos”, el mundo musulmán se le echó al cuello, creyendo que la novela trataba de forma “irreverente” la figura del profeta Mahoma. ¿El resultado? La India prohibió el libro el 5 de octubre de ese mismo año y Sudáfrica el 24 de noviembre. Al cabo de varias semanas, se le sumaron Pakistán, Arabia Saudita, Egipto, Somalia, Bangladés, Sudán, Malasia, Indonesia y Qatar. Oh, y no sólo eso. En febrero de 1989, cinco personas fueron abatidas por la policía durante una protesta contra el libro en Islamabad. Ese mismo mes, el ayatolá Ruhollah Jomeini, líder religioso de Irán, leyó en directo Radio Teherán un edicto religioso (una fatwa) que ponía precio a la cabeza de Rushdie. El edicto acusaba al libro de “blasfemo contra el Islam”. Jomeini ofrecía una recompensa de tres millones de dólares estadounidenses a quien le trajera el cadáver del escritor. Rushdie tenía que morir, y los editores que se atrevieran a publicar aquello, también.
“Joseph Anton” es la manera en que Rushdie vivió esos días, escondido. Una suerte de diario personal de su experiencia como refugiado político de Gran Bretaña, viendo como ahí afuera se quemaban ejemplares de su novela (llegaron a quemarse delante de las embajadas británicas, porque, obviamente todo el mundo sabía que eran los británicos quienes estaban escondiendo al culpable). Rushdie recuerda lo que sintió cuando se enteró de que el traductor al japonés de la novela había sido asesinado en Tokio, y de que el italiano había sido apuñalado en Milán. Lo peor fue cuando intentaron acabar con la vida del traductor al turco, que por el camino, los manifestantes quemaron a las 37 personas que en aquel momento se encontraban en el hotel Sivas. Oh, y el editor noruego de Rushdie fue también tiroteado frente a su casa, en Oslo. Por fin ha llegado el momento de saber qué pensó el escritor cuando el mismísimo Cat Stevens (en realidad Yusuf Islam) aseguró apoyar la fatwa de Jomeini. Aunque luego se arrepintiera de haberlo hecho.
Los cuatro relatos que se incluyen en “Goethe Se Muere” aparecieron en distintas publicaciones y no en un único libro, como quiso en su momento el huraño Bernhard. Pero su deseo se cumple al fin. Y el de sus muchos fans, también. Porque de los cuatro sólo el primero (“Goethe Se Muere”) se había publicado anteriormente en castellano. Es decir, tres relatos inéditos del genio que siguió los pasos de Glenn Gould y consideró a Austria un zapato maloliente y cruel. ¿Sus títulos? “Montaigne. Un Relato”, “Reencuentro” y “Ardía”. No pienso añadir nada más. Bernhard es Bernhard. Divertido, cáustico, tristísimo, musicalmente brillante (sus textos parecen auténticas sinfonías de lo macabro, urdidas con una perfección apabullante). Un clásico.
Y hablando de clásicos. Si con “El Mapa Y El Territorio”, su última y brillantísima novela (sin duda, la mejor que ha escrito hasta la fecha) era capaz de despedazarse y ofrecerse como alimento a artistas que se tenían a sí mismos por creadores de mapas (y guías Michelín), ¿qué no hará a través del verso? Llega Houllebecq condensado, en su versión más certero puñetazo, por fin. Él, que no deja de hablar de tipos que se llaman Michel y que a menudo escriben poesía, por fin frente a frente (y en español) con su otro yo, y, por supuesto, ante el lector. Sólo apto para aquellos a los que les fascina su obsesión por el sexo y los embutidos. Su obsesión por la vida, y el lento y desagradable y triste descenso hacia la muerte.
Cambiando de tercio y aprovechando el reciente estreno de “Prometheus” (ya no tan reciente, pero aún en cartelera), Diábolo Ediciones ha decidido reeditar por primera vez en 30 años la primitiva novela gráfica que encargaron a Walter Simonson y Archie Goodwin tras el estreno de la primera entrega de “Alien”, “Alien. El Octavo Pasajero”, del gran Ridley Scott. Vuelven Lambert, Dallas, Ash, Parker y, por supuesto, la teniente Ripley, los tripulantes del Nostromo, la nave que aterriza en un planeta desconocido por culpa de una señal de socorro y acaba perdida en el espacio tras el ataque de un gelatinoso y negro ser de cabeza con aspecto de calabacín. Goodwin y Simonson supieron trasladar a la perfección el opresivo mundo de Nostromo al papel. ¿Una curiosidad? El álbum se publica, de momento, sólo en España. Y el propio Simonson se ha encargado de revisar que todo esté como es debido.
La madre de Alison Bedchel, la flamante autora de “Fun Home. Una familia tragicómica”, no puede vivir sin sus libros ni sin sus discos, y aunque su marido nunca le ha hecho demasiado caso (es gay y no quiere admitirlo), jamás ha dejado de creer que algún día será una estrella. Una estrella de lo que sea. Y por fin ha llegado el momento. Aunque quizá no tenga nada que ver con lo que esperaba. Porque el éxito le ha llegado de la mano de su hija, que la ha convertido en la protagonista de la novela gráfica con mayor tirada de la historia (nada menos que 100.000 ejemplares en su primera edición). Para no perdérsela.
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