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Modernillos de Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, Miedo y asco en San Miguel Primavera Sound

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Modernillos de Mierda | PlayGround | Articulos Musica

Modernillos de Mierda ha vueltro tras tres jornadas infernales en el Fòrum, desgranando pastilla a pastilla y porro a porro lo que ha dado de sí el Primavera Sound más canalla. Shorts imposibles, gorros de paja, montañas de nieve, Christina Rosenvinge, espejos rotos. Entra y tiembla.

San Miguel Primavera Sound. Mi festival favorito. Sangre, sudor y la Grimes. Ha sido un viaje pedregoso, no voy a esconderlo, tres días de despertares psicóticos en el sofá con la ropa del día anterior y alucinaciones paranoides en la parada de metro de Fòrum a causa de la mixtura de nieve, pirulas, cerveza y speed, un combo asesino cuyos excedentes, mucho me temo, siguen palpitando en los rincones más profundos de mi organismo, evitando ser secretados en forma de sudor farlopero o, como le pasa a Sven Väth, en forma de quistes que parecen manzanas cósmicas de altísima toxicidad. Sabed, amigos de la canallesca, que este manuscrito, enésimo capítulo del Necronomicón conocido como MDM, se está forjando a empellones, sin un resquicio de energía en este vil cuerpecillo que tanto castigo ha recibido. En estos momentos, vuestro siervo se halla flotando en una nube de marihuana en pos de la creatividad, el único asidero al que encomendarse para servir esta columna a tiempo, después de encarar la recta final de una boda gitana (tres días por lo bajini) donde se han producido fenómenos paranormales que dejarían patidifuso al doctor Cabrera y obligarían a Iker Jiménez a dedicarse al estudio del aparato excretor de los moluscos bivalvos.

Ha habido mucho dolor. Ha habido espejos voladores. Apariciones fantasmales de falsos guardias civiles. Tipos que le jodieron la noche a Christina Rosenvinge y luego le expusieron su sentimiento de culpa a Jordi Évole. Ha sido la polla.

1. La Primavera Araab: indumentarias en el campo de batalla

"Si en Sónar

es más fácil

identificar un

prototipo más

o menos definido

de adepto, en

el Primavera

Sound el trabajo

de generalizar

resulta imposible."

Pero dejemos las digresiones porreras para otro momento y vayamos al grano, a eso que se ha dado a conocer como crónica de ambiente y que Modernillos de Mierda ha convertido en poco menos que un género proscrito. Si en Sónar es más fácil identificar un prototipo más o menos definido de adepto, en el Primavera Sound el trabajo de generalizar resulta imposible. La variedad musical de este festival deriva en un ecosistema de looks mucho más rico, disparatado y extremo. Góticos, palomos cojos estilo David Delfín, ravers, crusties, puretas, lesbianas del rollo duro, pijas, nerds, skaters, punks, rockeros, indies, rappers, heavies, gays del mal rollo. Hasta me comunicaron fuentes muy fiables que se vio en los conciertos de Arc de Triomf, e incluso la noche del sábado en el Fòrum, a la señora Teresa, una venerable anciana de 74 años que regenta uno de los mejores restaurantes de cuchara y cinto de Barcelona.

No obstante, si tuviera que empezar con una palabra, esta sería… shorts. Mozas luciendo ancas y depilaciones láser. Jambas al viento. Cecina de la buena. Incluso algún asomo inesperado, aunque siempre bien recibido, de nalga en la parte inferior de tan pequeña prenda. Shorts. Tejanos. De algodón. Cortados. De colores. Jamás había visto tanta mujer y tan poco pantalón. Es lo que tiene el Primavera Sound, que empieza justo cuando a las chicas les da por enseñar todo el embutido que han ido curando durante la operación bikini y, demonios, este año el gancho ha sido este aplique minúsculo que, bajo el pretexto de la comodidad y el aireo potorril, las recias festivaleras usan a discreción para asegurarse una propagación rápida y mortal de feromonas entre la parroquia de futuribles fecundadores indies.

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Sé mejor que nadie que el short es un arma de doble filo para el voyeur, no nos envalentonemos, nadie dijo que mirar culitos y piernacas iba a ser un camino de rosas, pues el pervertido full time puede encontrarse de vez en cuando con alguna estampa pesadillesca protagonizada por muslos jamoneros con revestimiento celulítico, tobillos inflados como peces globo por culpa de la retención de líquidos, y lo más doloroso, esos morados que horadan las cachas blanquecinas de las féminas y hacen acto de presencia, sobre todo, el último día de festival, después de que la susodicha se haya revolcado por el césped, haya ejecutado alguna croqueta o se haya lesionado imprudentemente las rótulas contra la gravilla después de chupársela a un guitarrista detrás de los matorrales.

Pero los sentidos del depredador festivalero, los inputs que le llegan en tromba al recogecadáveres, no se quedan en un simple tejano cortado a línea de ingle. Me he visto empujado a recurrir a la peor farmacopea imaginable para soportar como un hombre los incontables vestiditos cortos que han desafiado, noche sí noche también, mi capacidad de retención testicular. Son estos vestidos minúsculos de tirantes, armas arrojadizas más propias de la sacerdotisas romanas que de una chica de hoy en día, a menudo combinados con cintas de pelo que nos retrotraen de nuevo a los días más perversos del reinado de Calígula.

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He apreciado también entre la fauna PS un incremento palmario e inexplicable del look lesbiana de la vieja escuela, mezclado con aromas ochenteros y algún que otro brochazo rave. Sí, joder, estas chicarronas con peinado garçon, gafas de sol redondas, tatuajes chungos, pantalón de pinza y mirada de mala hostia. No se queda ahí el desfile, también he confirmado lo que me olía desde hace un par de años: los papis modernillos existen, son un hecho, están ahí fuera, recorriendo el festival con sus brazos tatuados, sus camisetas de Animal Collective, sus peinados new romantic y un biberón adornado con una pegatina de Sub Pop. Habitualmente, el ejemplar femenino de los papis modernillos lleva entre manos un extraño objeto con ruedas que responde al nombre de carrito para bebés. No os asustéis. No tengáis miedo. Lo que va dentro del mamotreto en cuestión se llama niño, se llama hijo, se llama responsabilidad. Como si os hablara en chino, ¿no?

A mí, las que me gustan son las inglesas. Los ingleses no: son demasiado bobalicones, llevan el pelo demasiado sucio, no se enteran de nada. Pero ellas, ah, ellas me producen una admiración incondicional. Las inglesas no vienen al Primavera a perder el tiempo. Lo dan todo, bailan como si les acuciara una cistitis aguda, visten ligeritas, van hechas un desastre, pero tienen el encanto del peligro. Estuve con un grupo de encantadoras británicas en la tercera fila de AraabMUZIK y juro por la piel muerta de los carrillos de Robert Smith que nunca he visto nada igual. Las que llevaban vestido se lo arremangaban hasta el mismo chocho para poder bailar rap como Dios manda. Te interpelaban. Te buscaban. Se ponían cachondas con el Apocalipsis Sampládelico que se estaba desatando en el escenario. Saben liarla y saben llevar con mucha dignidad el ciego, haciendo gala de él sin hipocresías, pero sin tocar los huevos del personal; a diferencia de muchas españolas beodas, las inglesas le dan la vuelta al concepto globo, elevando la temperatura y llevando el peso de la fiesta incluso en un show tan masculino y atronador como el del puto Araab. Mis respetos para ellas.

2. La paja y el ojo ajeno: looks inventados sobre la marcha

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Paja. Mucha paja. No me refiero a mis prácticas compulsivas con PornTube de fondo al volver cada puta mañana del festival. No hablo de esas pajas. La paja a la que me refiero es el clásico tallo reseco de los cereales de caña, ese material aparentemente miserable del que se fabrican muchas cosas, entre otras los sombreros. Así es. El sombrero de paja se convirtió, de golpe y pollazo, en la prenda fetiche del festival. El modelo Panamá, ese que utilizaban los hombres de negocios en el Caribe, fue una de las visiones más recurrentes del evento.

Tengo que aplaudir la maravillosa jugada promocional de Smint. Mi marca de chicles favorita (los de tres sabores son demenciales) repartió entre los feligreses montones de estos sombreros que, vive Dios, fueron aprovechados por los ejemplares masculinos hasta la extenuación. Normal que se vieran durante la canícula de la tarde, pero la estampa adquirió tintes surrealistas cuando, sumidos en noche cerrada, todavía quedaban incontables mancebos con el dichoso gorrito puesto. O iban demasiado ciegos para recordar que a las seis de la tarde se habían calzado un sombrero de paja con propaganda de Smint o sencillamente alguien tuvo la brillante idea de considerarlo cool y ahí se quedaron. Sería obligado pedir a los perpetradores de tamaña sinrazón que cuando se ponga el sol lancen el sombrero al viento, que es gratis, y dejen que el cuero cabelludo transpire: la acumulación de sudor de coca y pastis en la cocorota puede derivar en seborrea aguda, alopecia festivalera y hasta piojera technoide.

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