Hemos estado en el infierno y hemos vuelto para contarlo: las fiestas de modernos, los pajareos, los wáteres cubiertos de nieve, los fotógrafos cool. Un horror inenarrable que sirve a Óscar Broc para diseccionar en la nueva entrega de Modernillos de Mierda cómo es el hábitat de su espécimen de estudio.
El pene de Rasputín cobra vida y se retuerce cual congrio en su prisión de formol y cristal. 666 matemáticos albinos se han arrancado los ojos con cucharas de té desoyendo los gritos de horror de sus familias. Alguien le ha puesto una gorra del Real Madrid a la cabeza cercenada de San Juan Bautista. Stephen Hawking escupe el sensor bucal de su silla, se levanta súbitamente y comienza a imitar, con una erección de palmo, los bailes de Cesc contra el Levante. ‘Modernillos de Mierda’ es el mantra que algunos espeleólogos llevan oyendo durante días en las profundidades de la Cueva de los Tayos. Escuchad. La caja de música de Hello Kitty ha cambiado su dulce melodía por el llanto de un lechón deforme. Los cuervos han dejado de graznar. No son pocos los aborígenes australianos que han encontrado un camino de heces sanguinolentas y pelo de carnero en el Tiempo del Sueño. MDM está aquí. Lo sabéis. Se abre paso rasgando la placenta de la realidad, en busca de alimento. Llueven fetos en Rumanía. Ballenas varadas se pudren en Costa Esqueletos. Arpas negras. Colonoscopias con sierras eléctricas. Balberoth aplaude y Josep Pedrerol se levanta convertido en una cucaracha gigante.
Ahhh, qué placer ver cómo huyen despavoridas. Las ovejas de la modernidad se esconden en la Ciudad de Plata, al amparo de la Hueste Celestial. Pero ni siquiera en el mismísimo Firmamento sus tupés seborreicos y sus tatuajes podrán librarse de la garra ponzoñosa de tan maléfica presencia. Se precipitan los acontecimientos. En Caldes de Malavella ha dejado de manar agua carbónica, sólo hay ríos de Jägermeister. Pero no es el fin de todas las cosa, nah. Sólo MDM. Las convulsiones de un titán enfurecido que siempre renace con dolor y asola el mundo de los hombres vomitando su cólera sobre el modernillo. Es un mal cíclico, peor que la muerte, un vórtice de vileza, inquina y abyección que dobla el tejido espacio-tiempo y esta vez apunta hacia una de las grandes pantomimas del mundo del coolness, esto es, los rituales de comportamiento de los modernos en sus hábitat favorito: las fiestas para gente chupi, otrora conocidas como guateques.
"Deliciosa ironía
la del photo call
con cámaras
figurantes, qué
original forma
de exponer al
crudo sol las
ansias de fama
y vanidad del
moderno"
No hace mucho anduve beodo y dopado por una fiesta de una conocida marca de moda. Inolvidable velada, por cierto. Tuvo lugar en mi ciudad, Barcelona, en las alturas de Montjuïc. Insisto, evento idílico con aires primaverales, decoración barroca exquisita, bañera llena de botellas de cava (o champán, quién sabe), actores, presentadores y otros animalillos de la farándula catalana sueltos por ahí, buenos mojitos, música cojonuda. Ninguna queja. Al contrario. De hecho, había en la fiesta un elemento que me dejó fascinado y me condujo a una reflexión, pese a la nube de alcohol y química que llevé en permanente flotación sobre mi coronilla hasta que bajaron la persiana. El golpe de efecto se produjo en la misma entrada. La organización dispuso una alfombra roja con un photo call de lo más tramposo. Según me contaron a posteriori, los fotógrafos que allí había, un grupo de tipos enfervorecidos que disparaban a discreción y gritaban el nombre de los pollos que allí posaban, estaba formado por figurantes. Hombres de paja. “Qué bella jugarreta”, pensé. Acaso energizado por la excitación de afrontar una noche de alcohol, pastillas y yeyo con mis colegas, una noche acumulando notas mentales con la lista de famosos que entraban repetidamente en los servicios para ejercitar tabique, me dejé asombrar como un niño ante el engaño. Cuántos incautos cayeron en la trampa del photo call de postín, cuántos pobres diablos saborearon las mieles de sentirse famosos mientras los flashes rugían y los fotógrafos les vitoreaban como si fueran celebridades. Por suerte, mi organismo todavía no había asimilado el tutti frutti psicotrópico de la noche y pude hacer uso de la sensatez y el aplomo suficientes para alejarme de aquella maliciosa emboscada. Quizás no podría decir lo mismo si me hubiera arrastrado hasta allí colocado hasta les cejas desde un buen principio, pero uno es previsor y no suele echar mano del bolsillo pequeño de los tejanos hasta media hora después de llegar a los eventos. Deliciosa ironía la del photo call con cámaras figurantes, qué original forma de exponer al crudo sol las ansias de fama y vanidad del moderno, qué inteligente ridiculizar la vanidad de los wannabes del coolness desde dentro. Había huevos en esa iniciativa, autoparodia, humor. Algo que suele escasear alarmantemente en la cultura de la moda y sobre todo entre la parroquia modernilla.
Tenía que sacar un texto de esa epifanía. Posiblemente, en algún momento llegué a tomar notas, quién sabe, quizás esas notas terminaron enroscadas sobre sí mismas en alguna letrina, lo cierto es que las drogas no tardaron en surtir efecto y el brainstormingse fue al garete. Pero la semilla estaba sembrada. Sólo me quedaba observar las evoluciones del personal dulcemente embriagado y comerme la noche como Carmina, a bocados. Qué demonios, Cruyff tenía razón: “salid y disfrutad”. Pues eso. El trabajo sucio para las páginas de MDM, el medio ideal para recapitular con serenidad, sin prisas. “Correr es de cobardes”, esta la dijo Rexach, y la guerra se desató. Y salí y disfruté. Y corrí poco: lo justo para ir a la barra.
Si Félix Rodríguez de la Fuente no se hubiera convertido en pulpa años ha, no sólo nos habría ahorrado la canción “Mi Amigo Félix” de Enrique y Ana, que ya es mucho, sino que ahora estaría rodando documentales sobre la fauna de los modernos, sobre sus rituales de socialización y/o apareamiento. Al Warhol de los hipsters ibéricos, animales inferiores tales como rebecos, pollinos, abejarucos, cormoranes, sus otrora ídolos, le parecerían demasiado aburridos y previsibles. Diablos, el viejo Félix compraría calzoncillos verdes en Urban Outfitters, habría salido del armario en un concierto de Javiera Mena y seguramente formaría parte del círculo de amigos de David Delfín y Bimba Bosé. “El Hipster y La Tierra” sería el programa estrella de Antena 3, porque, créame el lector de este panfleto luciferino, no hay mamífero más enigmático en La Creación que el moderno.
Ser moderno no es fácil. Es un trabajo estajanovista que hay que ejercer con una dediación monacal. No hay respiro para la gente cool. El moderno es como Pep Guardiola, vive su profesión las 24 horas del día, desde que se levanta hasta que se desmaya en casa de algún ilustrador a las ocho de la mañana. Porque el chaval no se comporta como el vulgo. Es un espécimen que necesita reafirmarse constantemente viviendo en la exclusividad. No hay domingos para él, pero nada le complace más que saberse ajeno y superior a la masa, por eso ha convertido los guateques en uno de sus fortines más apreciados. La cool people tiene la obligación de demostrar al resto del mundo lo que vale un peine y las fiestas son a todas luces un escaparate inmejorable.
Porque a una fiesta guay no va cualquier hijo de vecino, no puedes comprar entrada, no te puedes colar disfrazado de hipster porque sí. A una fiesta guay vas porque desde las cumbres alguien decide que tu percha mola, joder, que eres alguien. Y qué bien sienta eso. A lo mejor te han puesto allí por sorteo, quizás el organizador quiere cepillarse a tu novia y no le queda más remedio que invitarte… Seguramente es eso, sí, tu novia está demasiado buena, pero da igual, estás en la lista, te sientes especial y ves a los demás como hormiguitas. Es La Invitación. Etapa reina superada. Siguiente fase: meter el tema en conversaciones con calzador y restregar el notición por la cara de amigos no invitados hasta el mismo día de la fiesta. Hay que saborearlo.
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